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21 jul Más imaginación para planificar un mejor Panamá

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Un bus, conocido popularmente como 'Diablo Rojo'. Un bus, conocido popularmente como 'Diablo Rojo'.

Un bus, conocido popularmente como 'Diablo Rojo'. Foto por: LA PRENSA/Archivo

2006. Usuarios del transporte público se apiñan dentro de un diablo rojo de la ruta Río Abajo Veranillo. 2006. Usuarios del transporte público se apiñan dentro de un diablo rojo de la ruta Río Abajo Veranillo.

2006. Usuarios del transporte público se apiñan dentro de un diablo rojo de la ruta Río Abajo Veranillo. Foto por: LA PRENSA/Archivo

Con motivo de la crisis del agua tuvimos el usual desfile de funcionarios y expertos por los medios de comunicación. Varios de estos entrevistados indicaron que lo sucedido en la planta de Mendoza era "inimaginable" y, por lo tanto, el Estado tuvo que improvisar la respuesta para atender a los ciudadanos.

¿Inimaginable? En los últimos años tuvimos el colapso de la planta de Chilibre. Repetimos ese colapso con plantas potabilizadoras de agua en todo el interior, incluyendo Darién. Con la estación seca prolongada (El Niño, más el cambio climático) era previsible que la sequía y la escasez de agua por el bajo nivel del lago y ríos saltara por alguna parte.

Aquí deberíamos de insertar una canción de John Lennon llamada “Imagine”. Esa canción era una invitación a pensar en un mundo lleno de amor y libre de guerras.  La versión panameña sería acerca de un mundo en que los servicios públicos funcionen y los políticos no asalten las arcas del Estado.

Sin embargo, el tema de la cultura de lo inimaginable va más allá de la escasez de agua. En medio de la bacanal neoliberal en la década de 1990, se le dio un golpe mortal al corazón del Estado por cortesía del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, (en realidad, debía llamarse de subdesarrollo). Se eliminó al MIPE, el legendario Ministerio de Planificación y Política Económica. Los talibanes del neoliberalismo repiten como mantra que el desarrollo económico de un país ocurre sin planificación. Que la mano invisible del sector privado se sustenta en las ventajas competitivas de los países y, que por arte de magia, usted pasa de ser Ruanda y se transforma en Corea del Sur, o algo por el estilo.

Lo cierto es que únicamente los países que planifican se desarrollan. La planificación no significa necesariamente que toda la economía debe ser de propiedad del Estado o que el gobierno administre todos los negocios. Para enfrentar el gran vacío que la eliminación del MIPE ha causado en el Estado Panameño, empezaron a aparecer los mini-MIPEs. Es decir, se fueron creando sucesivamente las secretarías del Gabinete Social, la Secretaría de Ciencia y Tecnología, la Secretaría de Innovación Gubernamental y una curiosa entidad llamada Secretaría de Metas. Esta última no es más que la torre de control que desde la presidencia de la República vigila que los grandes proyectos del Estado, es decir, los denominados “imperdonables” de los políticos de turno se cumplan. En la práctica esto ha transformado al gobierno en una oficina de licitaciones y no en un generador de bienes públicos y creador de capacidades comunitarias y ciudadanas.

Panamá tuvo una gran tradición planificadora. Empezando por el gran planificador Belisario Porras y llegando hasta Omar Torrijos. El liderazgo político panameño tenía claro que gobernar es planificar. No fue un accidente que algunos de los grandes planificadores como Jorge Riba, David Samudio, Edwin Fábrega y Raúl Rolando Rodríguez fueran arquitectos profesionales dedicados a planificar.

Nos hace falta recuperar el MIPE. Esta colcha de retazos que llamamos Estado panameño no tiene capacidad de prever las tendencias demográficas sociales y económicas que afectan y marcan a nuestro país. ¿De qué nos enfermamos los panameños?, ¿Cuánto será nuestra población en el año 2040 y donde vivirá?, ¿De dónde sacamos agua para las ciudades cuando la Autoridad del Canal nos informe que debemos escoger entre pasar barcos o llenar las piscinas de los condominios?

Esos y miles de otros cuestionamientos son los que los planificadores deben tomar en cuenta. Es  muy difícil creer que se construyen hospitales que no tienen tanques de reserva de agua ni plantas de eléctricas para emergencias, como sí los tiene cualquier centro comercial. Este virus parece haber contagiado a la empresa privada también. Tenemos promotores inmobiliarios que aparentemente no saben que si tumban manglares, y rellenan los bancos de los ríos, pueden provocar serias inundaciones a sus vecinos. La ausencia de planificación nos muerde a todos y es en gran parte la culpable de que nuestra calidad de vida sea cada vez menor, que las cosas cuesten más y que el esfuerzo para superarnos, con ahorros con estudios y algún emprendimiento, sea sumamente difícil.

Los partidos políticos, todos, deberían seleccionar unos 100 jóvenes por colectivo, y a costa de todos nosotros (y muy gustosos), los becaríamos para que estudien Administración Pública, Relaciones Internacionales, Ciencias Políticas, Demografía, Planificación Urbana, Ordenamiento Territorial y otras carreras afines. Esta sería la mejor forma de utilizar el subsidio electoral: enviar a nuestros mejores jóvenes líderes políticos a estudiar a la UNAM, a la Complutense, a la Sorbona y, porque no, incluso a Harvard, para que nuestra próxima generación de gobernantes tenga imaginación.

Eso se hizo antes. Fue lo que sucedió al fundarse la República. Fue con lo que el Partido Liberal en la primera mitad del siglo XX, el Partido Revolucionario Democrático, en las décadas de 1970 y 1980 y la Democracia Cristiana hicieron para formar sus cuadros. En gran parte fueron esos mismos cuadros los que para bien o para mal, imaginaron un país soberano e imaginaron que podíamos administrar un canal. Necesitamos volver a imaginar, necesitamos al Ministerio de Planificación y Política Económica.   

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