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15 may Adiós a los cines de barrio

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En Panamá ya no hay cines de barrio, esas salas de precios módicos que estaban ubicadas en los corregimientos y que no aspiraban a ser de primera categoría, aunque algunas de ellas en sus inicios sí lo fueron.

En mis tiempos mozos, por allá en la década de 1980, había muchas salas de barrio que tenían como público cautivo a los habitantes de las comunidades donde estaban ubicadas.

Por esos días era impensable que cualquier sala, popular o de lujo, estuviera dentro de los centros comerciales, como pasa ahora al 100% en este país.

Por asuntos de estricto índole financiero (los boletos eran mucho más baratos) y por una cuestión básica de seguridad y distancia (estaban a cuadras y no a kilómetros de tu casa) la gente asistía con fidelidad a estos espacios de entretenimiento fílmico.

Estos lugares tenían funciones de matiné los fines de semana (abrían a las 11:00 a.m.) y todos los días su última función terminaba pasadas las 11:00 p.m.

El dinero era bien aprovechado por los espectadores, pues les proyectaban dos largometrajes, avances de películas, unos cuantos dibujos animados y un par de documentales (en especial los de la serie “El Mundo al instante” del canal alemán Transtel).

Eran tiempos en que la pantalla grande combinaba la ficción con la veracidad informativa.

Esa combinación permitía a la audiencia viajar a otros puntos del planeta, en una época en que era impensable un invento tan revolucionario como la internet.

EL AYER

Toda mi infancia y juventud la pasé en San Felipe, el mejor sitio del país si eras un cinéfilo como yo, pues entre este corregimiento y Santa Ana estaban salas de barrio como El Dorado, Variedades, Edison, Amador y el Central.

Todas han desaparecido sin dejar rastro, ya que ahora son licorerías, almacenes de ropa o sedes de colectivos religiosos.

Es más, ya no hay un solo corregimiento de la ciudad capital que tenga uno de esos lugares donde uno podía ver películas a precios realmente accesibles.

En los años de 1980 el tiquete para adultos tenía un valor entre un dólar y 60 centavos, y entre 50 y 35 centavos para los menores de edad, a diferencia de los elevados costosos de las entradas de los cine del presente.

Las salas de barrio tenían sus limitaciones. Ni modo.

Como era de esperarse, las producciones de Hollywood pasaban primero por los cines opulentos de aquel entonces como el Plaza, Ópera, los Obarrio, Bella Vista, Astor, Universal y México.

En la década de 1980 las entradas en esos lugares era para los mayores de $2.50 y $1.25 para los chicos.

Por eso, había que esperar semanas y hasta meses para que esas mismas cintas llegaran al Roosevelt, El Dorado, Variedades, Savoy, etc., en copias que en ocasiones estaban deterioradas por las tantas vueltas que daban durante sus existencias de celuloide.

IBEROAMÉRICA

¿Cómo está la situación en Iberoamérica?

Aproveché el acceso con personalidades que participaron del pasado Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF Panamá) y les pregunté por este tema.

La respuesta, casi unánime, fue que ya no quedan cines de barrios en América Latina y España.

El realizador Daniel Vega, que trajo al IFF Panamá su drama social Octubre, afirma que en Perú solo existen multisalas en los centros comerciales, llamados comúnmente malls.

Lo que sí hay, indica Vega, “son personas que hacen una especie de cine itinerante y muestran películas en lugares donde ni siquiera hay salas de cine, principalmente en las provincias. Eso es muy interesante”.

En Guatemala ya no las hay de acuerdo con el cineasta Julio Hernández, responsable de Marimbas del infierno.

Mientras que en Uruguay quedan muy pocas, según relató el realizador Federico Veiroj, quien ofreció en el istmo Una vida útil.

En Argentina, plantea Sebastián Borensztein, director de la comedia Un cuento chino, la mayoría de los espacios fílmicos son grandes cadenas que están dentro de los centros comerciales.

En Buenos Aires, donde reside Borensztein, las salas de barrio “son muy pocas, aunque existen intentos de recuperar salas emblemáticas en distintos puntos de la ciudad y algunas de ellas, pocas, volvieron a funcionar”.

En Santiago de Chile ha sobrevivido un par, aunque se cuentan con los dedos de una mano, pero no todas son necesariamente de barrio, sino más bien salas de cine de arte y ensayo (lo que era el hoy cerrado Cine Universitario en Panamá), indica el cineasta Julio Jorquera (Mi último round).

El chileno Diego Noguera, uno de los protagonistas del drama juvenil Bonsái, agrega que su patria en materia de salas “está totalmente tomada por los centros comerciales”.

Resalta que hay dos cines pequeños en Santiago, el Normandía y el Alameda, pero es “muy difícil luchar contra los monstruos de los malls que traen películas de Estados Unidos con un aparataje de prensa inigualable, contra lo que no se puede hacer nada”.

Fernando Trueba, responsable de la cinta animada Chico y Rita, comenta que en España “no hay tanta cultura del mall como en Latinoamérica, gracias Dios, aunque también las hay”.

Agrega que siguen habiendo cines de barrio y salas de arte y ensayo en España. “Yo, si un cine o una tienda está en un mall, no voy. Estoy en contra de los mall por definición. Va contra mi concepto de la vida, de la economía, del urbanismo. Me gustan las ciudades a la antigua, a la europea, como Manhattan”, resalta.

COSTUMBRES

El problema de que no hayan muchas salas alternativas es uno de los tantos escollos de la distribución y exhibición de las películas en Iberoamérica.

En ocasiones, las salas de barrio eran una oportunidad de ver películas distintas a la oferta brindada por la comercial Hollywood.

En mi infancia recuerdo haber visto películas mexicanas y argentinas en cines de Santa Ana como el Ancón y Panamá.

Kenya Márquez, directora de la comedia negra Fecha de caducidad, destaca que en México la presencia de los filmes de bajo presupuesto es escasa, ya que “actualmente solo existen complejos de salas, los cuales no permiten mucho acceso al cine mexicano. Tenemos que esperar espacios que dejen la cinematografía norteamericana, y las películas nacionales solo duran de una a dos semanas en cartelera por el número de espectadores, lo que provoca poca asistencia por la poca publicidad que el productor y distribuidor puede contratar por los altos costos que tiene”.

Por su parte, el realizador mexicano Arturo Ripstein (Las razones del corazón) señala que al quedar las salas dentro de los centro comerciales llevó a que el espectador cambiara su relación con el séptimo arte.

Ripstein recuerda que de chico “no se comía mientras veías una película porque las películas no pretenden ser un pasatiempo. La gente ahora va al cine no a ver largometrajes, sino a lo que sea. Porque tienes dos horas y vas a pasar el tiempo”.

“Llegará un momento, resalta Ripstein, en el que habrá una costumbre de que al cine se le ponga cierta atención. Uno cuando lee a William Faulkner no lo hace comiendo nachos. El cine requiere, pretende y quiere acceder a la misma atención”.

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