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27 sep Álvaro Mutis, viajero sin tiempo

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Si Juan Carlos Onetti (Uruguay) y Gabriel García Márquez (Colombia) fueron los fundadores de dos pueblos ficticios tan reales como Santa María y Macondo, respectivamente, Mutis deja como herencia el haber creado a uno de los personajes más interesantes de la literatura en castellano del siglo XX: Maqroll, un hombre, entre Caribe y mediterráneo, cuyo hogar es el océano.

Mientras que Mutis abre los ojos el 25 de agosto de 1923, su álter ego apareció en su tercer poema Oración de Maqroll el Gaviero (1953).

La piedra fundamental de su obra es la nostalgia y la desesperanza, que “sin ser amarga no se hace muchas ilusiones ni canta con felicidad ciertos momentos de la vida. Más bien lamenta el destino del hombre sobre la tierra; entonces, pensé que esto debía decirlo alguien con mucha más experiencia que la que tenía yo, y por eso nació Maqroll”, dijo en una ocasión.

Una postura existencial que lo une a Maqroll, quien en el relato La nieve del almirante recomienda: “Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla”.

De Maqroll el Gaviero, Álvaro Mutis aprendió a ser “partidario de los vencidos”. 

Por andar tanto tiempo con ese marino sin rumbo fijo, Mutis se volvió “un escéptico muy grande sobre la existencia de los supuestos vencedores. El vencido es quien en verdad aprendió: al quedar vencido sabe”.

Era de los que pensaba que “el mundo de hoy no nos da lugar a una rendija de optimismo. Vivimos una época terrible, cruel, sangrienta e insensata. Fallamos como especie”.

A ninguno de los dos les gustaba juzgar a nadie y eran felices con ser reservados. 

Por eso, el narrador no era una persona mediática ni dentro ni fuera de los linderos de las letras.

No se involucró mucho en giras promocionales de sus libros, ni era tan asiduo a las ferias del libro, ni le encantaba dar con frecuencia su opinión sobre la política regional o mundial.

En ese aspecto, era un ave rara si se le compara con sus colegas, el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vargas Llosa y el mexicano Carlos Fuentes.

Su personalidad se parecía a la del mexicano Juan Rulfo, a quien consideraba el más grande escritor latinoamericano del siglo pasado, y a quien seguían en talento, de acuerdo con su parecer, el argentino Jorge Luis Borges, el chileno Pablo Neruda y García Márquez.

BUSCARSE EL PAN

Maqroll y Mutis, ambos amantes de los whiskies y los cigarros, tuvieron que ejercer varios oficios para sobrevivir.

El primero laboró en posadas, fue marino en barcos ajenos y participó en más de un negocio turbio. Mientras que Mutis fue locutor, después director de una estación de radio y dobló la voz del narrador del programa televisivo Los Intocables.

Su faena más estable fue ser jefe de Publicidad y Relacionista Público de empresas petroleras, de compañías de seguros, de casas cerveceras y gerente de división de la filial televisiva de los estudios Fox y Columbia.

Desde esos oficios apoyó a la cultura, ofreciendo anuncios a medios de comunicación vinculados al arte o creando él revistas y pagando por adelantado artículos a escritores en apuros.

CHICO EUROPEO

Álvaro Mutis nació en Bogotá. Cuando tenía dos años su familia se mudó a Bruselas, ya que su padre Santiago Mutis Dávila obtuvo un cargo diplomático en aquella parte del planeta.

A los 9 años (otros que a los 11), regresa a la patria y vive entre la fría ciudad de Bogotá y Tolima, en una hacienda de café y caña de su abuelo. No terminó la secundaria. Fue un estudiante regular más aplicado a la lectura de los clásicos y al billar que en aprender matemáticas o educación física.

Por problemas judiciales decidió cambiar su residencia de Colombia a México, tema del que no le agradaba conversar, aunque aseguraba que la situación daba como trama para una novela.

El que se definía gibelino, monárquico y legitimista recordaba con cariño esas travesías infantiles cuando viajaba desde Europa hasta el Canal de Panamá para llegar luego al puerto colombiano de Buenaventura.

De esos días viene su placer por los ríos, mares, naves y tesoros. En sus periplos comenzó a diseñar a su amigo Maqroll, que también surge “de mis lecturas de Conrad, de Melville, sobre todo de Moby Dick. Es el tipo que está allá arriba, en la gavia, que me parece el trabajo más bello que puede haber en un barco, allá entre las gaviotas, frente a la inmensidad y en la soledad más absoluta”, explicó.

DE LECTOR A CREADOR

La afición por escribir no es una herencia familiar, aunque en su hogar sus papás eran lectores voraces.

De niño entraba a la biblioteca de su padre a leer en francés (lo aprendió antes que el español) y a devorar los libros de Taine, Verne, Salgari y Dumas.

Su primera influencia fue escribir a lo Baudelaire, Rimbaud y Lamartine, hasta que consiguió su propia voz.

Confesó varias veces que la obra que lo llevó a ser escritor fue Gaspar de la nuit, de Aloysis Bertrand.

Su primer poemario fue La Balanza en 1948, que comenzó a escribirlo en 1941.

Ejerció la novela con piezas como Diario de Lecumberri (1959); La mansión de Araucaima (1973); La verdadera historia del flautista de Hammelin (1982); Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que dio pie a La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del tramp steamer (1989), Amirbar (1990), Abdur Bashur, soñador de navíos (1990) y Tríptico de mar y tierra (1993).

Poemarios suyos son: Los elementos del desastre (1953), Reseña de los hospitales de ultramar (1958), Los trabajos perdidos (1964), Summa de Maqroll el Gaviero (1973), Caravansary (1981), Los emisarios (1984), Crónica regia y alabanza del reino (1985) y Un homenaje y siete nocturnos (1987).

Para Álvaro Mutis, escribir era una tortura que le daba vida, y se puede agregar que le ha dado un boleto seguro a la inmortalidad.

“Trabajo con mucha dificultad, soy un autocrítico que se tortura muchísimo, principalmente en el estilo. El resultado final no es que me agrade inmensamente, que me satisface, pero me hace sentir que he cumplido con mí mismo”, comentó en una ocasión.

Por su labor consiguió distinciones como el premio Xavier Villaurrutia (1998), el Cervantes (2001), el Príncipe de Asturias a las Letras (1997) y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1997), entre otros.

Álvaro Mutis falleció el domingo pasado en México D.F., según su esposa Carmen Miracle, de un problema cardiorrespiratorio en el Instituto Nacional de Cardiología.

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