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19 sep Leopoldo Brizuela, el tiempo del testigo

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Desde hacía mucho tiempo, el argentino Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) deseaba escribir una novela cuyo protagonista rememorara una misma escena dramática, una y otra vez, aunque en cada ocasión recordara todo de forma distinta.

Esta meta la logró al redactar Una misma noche, en la que Leopoldo Diego Bazán recuerda un suceso violento acaecido en la Argentina democrática de 2010, que a su vez lo llevó a recordar otro momento similar ocurrido en 1976 cuando su país estaba bajo una dictadura militar.

Terminar su texto, además de la satisfacción del deber cumplido, le dio un boleto gratis a la fama: Una misma noche obtuvo este año el Premio Alfaguara de Novela.

Al mandar su manuscrito a un certamen literario, solo pensó en el Alfaguara. “Me tentaba su prestigio literario y, por supuesto, los beneficios que brinda a cualquier escritor -que, ahora me doy cuenta- no imaginaba sino en parte. También me vino bien la fecha de cierre de recepción de los trabajos, que me obligó a dejar de corregir. De otro modo, todavía estaría trabajando sobre ella”, explica desde Managua.

Una misma noche recibió el mismo ritual que el resto de sus anteriores proyectos narrativos: hizo una versión de la historia a la velocidad de la luz, no importando que estuviera incompleta, porque lo suyo es “tener clara la estructura de la novela. Después, pasé año y medio rellenando el armazón y corrigiendo”.

EJERCICIO DE MEMORIA

Originalmente el título de Una misma noche (Premio Alfaguara de Novela 2012), de Leopoldo Brizuela, era La repetición.

Esta primera propuesta de nombre aludía a los elementos de esa escena de 1976 que se repiten  en 2010: un hijo, una madre y un padre son testigos de cómo unos intrusos ingresan por la fuerza a una vivienda.

La repetición también le servía para resaltar “la manera en que aprendemos a comportarnos ante ciertas situaciones, repitiéndolas  hasta olvidar que alguna vez las aprendimos, hasta creer que estamos actuando de manera natural”.

¿Los jóvenes argentinos conocen el informe sobre Derechos Humanos ‘Nunca Más’ y lo ocurrido durante la dictadura militar en su país entre 1976 y 1983?

Si se exceptúa a mi generación, que pasó toda su adolescencia en dictadura, la generación que hoy tiene entre 12 y 18 años es la más consciente de aquel horror. Los sucesivos gobiernos, desde  2003 a hoy día, han hecho mucho para que así sea, con su política de Derechos Humanos, y su revalorización de la militancia juvenil.

¿El tema de la dictadura argentina está presente entre tu generación de escritores?

La literatura no está obligada a tocar ni este ni ningún otro tema. La dictadura ha aparecido porque ciertos escritores lo han creído necesario, y esa necesidad me parece sagrada, pero no soy quién para juzgar al que no la siente.

El tema de la seguridad está permanente en la vida de sus personajes, ¿siente que vive en un mundo inseguro?

Interesante planteamiento. Porque en general se habla de la inseguridad con relación al delito y la manera en que un gobierno la combate. Lo que me preocupa mostrar en mi novela es cómo lo que pone inseguro a los personajes es la idea de que el mundo ya no es lo que era, y que deberán cambiar si quieren sobrevivir.

¿Y la reacción del personaje en torno a lo ocurrido en 1976 y  2010?

El narrador se pregunta cómo ha sido posible que, durante más de 30 años, haya sido igualmente incapaz de reaccionar ante esos atropellos, aunque más no fuera advirtiéndolos en toda su dimensión, o recordándolos.

¿Cómo reaccionaron tus familiares al leer sobre situaciones basadas en lo real?

Se conmovieron. Si es doloroso expresar una verdad callada durante tantos años, también lo es escucharla de boca de alguien querido. Pero el final de un secreto siempre se agradece.

¿Cómo sientes que ha sido recibida tu novela en  Argentina al hablar sobre torturas y desaparecidos?

Hubo una palabra que se repitió mucho. Es una novela incómoda. Cosa que me complace profundamente. El mejor elogio que te pueden hacer de tu novela no tiene que ver con su belleza, sino con la capacidad de hacerte pensar y escribir, aunque sea para contradecirla.

Un personaje habla del miedo al miedo, ¿lo has sentido alguna vez?

Siempre lo he sentido. Siempre he querido escribir las cosas que, desde chico, sabía que era conveniente callar. Por eso me callé muchísimo tiempo, o escribí en una forma, digamos, muy cifrada. Viví con el miedo de que el miedo me impidiera decir las cosas claramente, y que esa mudez acarreara frustración  a mi vida.

Otro de los temas de la novela son las casas como refugios o cárceles o fortalezas.

No sé si la casa, pero sí significa mucho el lugar donde viví toda mi vida. El paisaje urbano de una capital de provincia como La Plata, que además es muy particular. Fue pensada en su totalidad mucho antes de que se construyera una sola de sus casas. En un tablero, hacia 1880 y de acuerdo con las concepciones de esa época. Una ciudad dividida en perfectos cuadraditos todos iguales, con una plaza cada seis calles, un árbol cada seis metros, etc. La ciudad perfecta tal como la pensaban entonces, que 100 años después se ha vuelto toda ella una prisión.

El personaje central se dice a sí mismo que “solo contar la historia me hará saber cómo somos”. ¿Se siente así?

El narrador se refiere estrictamente a su familia. Ya que al presentar a los personajes en un relato, muchas veces podemos representarlos con mucha más complejidad que con cualquier calificativo usual. Creo en eso. Por eso sí es verdad que ahora veo esa época de manera distinta, pero no quisiera calificarla. Mi modo de ver está reflejado en esa novela.

¿Háblame del protagonista y su proceder con su padre?

Esa noche de 1976 el protagonista de mi novela no se lleva ninguna sorpresa: él sabe, desde chico, que su padre es  violento. Lo que le revela esa noche es que esa violencia que creía estrictamente familiar y privada se relaciona con la violencia de la época y de la sociedad.

¿Hubo algún proceso de investigación?

Salvo en el caso de dos o tres libros de historia o testimonio citados no hubo investigación. Mi trabajo fue explorar, mayormente, en la propia memoria. Después de décadas de leer libros sobre aquellos tiempos, ver películas, escuchar testimonios de sobrevivientes, asistir a juicios, me pregunté: ‘a ver, ¿de qué me acuerdo yo?’ Y me acordaba de sensaciones que yo había percibido -de historias y anécdotas que oí. Con eso hice la novela.

¿Tienes algún referente o alguna referencia de Panamá?

Panamá para mi es el escenario del relato de mi padre, que cruzó el Canal muchas veces en los barcos petroleros de YPF, donde trabajaba como maquinista de abordo. Y desde hace muchos años, sobre todo, la maravillosa obra fotográfica de Sandra Eleta.

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