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20 mar Mamá, solo hay una

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Una forma sensata y lógica de ser un director de cine es comenzar ganando experiencias firmando cortometrajes.

Pocos casos hay en la historia del séptimo arte mundial de realizadores que, sin haber hecho nada previo, logran construir algo extraordinario en materia audiovisual. Ejemplos como los de Orson Wells y su Ciudadano Kane (1941) son más que escasos.

Por eso, más de un futuro gran cineasta ha comenzado su bregar con cortometrajes o haciéndose cargo de capítulos de series de televisión.

Una muestra reciente de lo útil que es primero contar historias breves y después narrar argumentos extensos es Andrés Muschietti, quien en octubre de 2008 estrenó su cortometraje Mamá y en enero de 2013 lleva a cabo un largometraje con el mismo título y con idéntica premisa: la enfermiza protección de los padres de familia a sus pequeños.

Ahora un eje transversal. El séptimo arte reciente también ha presentado otra constante vinculada a lo que estoy compartiendo con ustedes hoy.

El patrón de comportamiento es el siguiente: un director con fama ganada observa un corto de un colega novato y decide financiarle el proyecto.

Así lo hizo Quentin Tarantino con la comedia criminal Curdled (1996), de Reb Braddock.

Tim Burton lo hizo también con el corto animado 9, de Shane Acker, y con el empujón correspondiente el segundo hizo su película post apocalíptica en 2009.

Y volvemos a Muschietti. El mexicano Guillermo del Toro observó el corto Mamá y quedó tan entusiasmado, que colaboró con el amigo argentino, radicado en Barcelona (España), en su producción.

La propuesta de Muschietti se alimenta tanto de los tenebrosos cuentos de los hermanos Grimm como del cine de terror japonés de la década de 1990 (homenajes a The Ring, 1998), más el tono de las cintas de miedo de Roman Polanski (en especial de El bebé de Rosemary de 1968) y de Guillermo del Toro (en particular El espinazo del diablo, 2001).

Aunque Mamá (Canadá, 2013) pierde fuelle en el nudo y tiende a recorrer los mismos caminos narrativos más de una vez, los mensajes que ofrece por encima de sus escenas escabrosas hacen que valga la pena verla.

Sin dejar de lado que la actriz Jessica Chastain, definitivamente, es la generación de relevo de la inmensa Meryl Streep, pues no hay personaje diminuto para ella y Chastain es capaz de salir con notas sobresalientes en cualquier género cinematográfico. En Mamá brilla en su papel de señora buena gente.

Reitero, como pasa con las películas de terror que son interesantes, Mamá es mucho más que asustarnos por ese bicho materno sobrenatural que no se cansa de ayudar.

Mamá es sobre cómo sobrevivir en un mundo hostil que nos obliga a ser lo que no queremos, en el que los chicos reciben más gritos que comprensión de parte de sus adultos, donde es un lío pasar de la niñez a la adolescencia porque el entorno es malsano.

Es, además, acerca de lo complicado que es seguir las normas de lo supuestamente correcto, más cuando los adultos olvidaron que una vez fueron pequeños, más ese fenómeno de vida que señala que los muchachos solo comprenderán a plenitud las decisiones de sus padres cuando tengan sus propios hijos.

Mamá nos recuerda el mecanismo de los niños de crear universos paralelos para no terminar de enloquecer con una realidad que puede estar contaminada con odios, rencores, amarguras y traumas.

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