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18 dic Revolución y amores en La reina infiel

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A Royal Affair, cuyo título en español es La reina infiel.

Es la primera vez que en una pantalla grande de  este país se presenta una película de Nikolaj Arcel.

Estamos ante un director que ha tenido una carrera que es difícil de clasificar, lo que lo hace interesante y arriesgado.

Lo suyo va del thriller político El juego del rey (2004), su debut tras las cámaras, a las aventuras con raigambre fantástica para toda la familia de La isla de las almas perdidas (2007) hasta la comedia dramática La verdad sobre el hombre (2010).

Aunque este trío de títulos fue dejando claro la evolución de un cineasta que tenía potencial de ofrecer mucho arte fílmico, ninguno había tenido tal repercusión como La reina infiel, su producción más exitosa en cuanto a la aprobación de los críticos y de la audiencia.

Este drama histórico fue nominado en el aparte de mejor película no inglesa (o extranjera como se le conoce popularmente), tanto para el premio Oscar como para el Globo de Oro.

Además, se dio el lujo de estar no solo en el Festival de Cine de Toronto (Canadá), sino también en el de Berlín (Alemania) y recibir nominaciones a los César (el Oscar francés) y a los Premios del Cine Europeo.

¿Por qué con tantas oportunidades de ganar se fue casi en blanco en la contienda de distinciones?

No fue porque esta cinta sobre un rey de comportamiento absurdo fuera mediocre, sino porque fue uno de los tantos largometrajes que pocos decidieron resaltar gracias a que se estrenó el mismo año que Amour.

Sin confusiones, el drama romántico, inmensamente humano de Michael Haneke, es una obra maestra sin cuestionamiento, solo que se llevó más de 45 premios mundiales para su casa y dejó casi fuera de posibilidades a otros productos igualmente valiosos como La reina infiel.

Digamos que Amour fue el Titanic de las cintas independientes de 2012.

HISTÓRICO Y DE AUTOR

Nikolaj Arcel mantiene por todos los costados de La reina infiel su sello de cine de autor en esta producción de época, que tuvo un presupuesto de siete millones de dólares.

Su intención era crear paralelismo entre la Europa temerosa de observar el horizonte progresista que ofrecía la Ilustración (representada por su Dinamarca natal) y ese otro continente europeo que deseaba borrar enseguida lo antiguo que ya no funcionaba por lo moderno que invitaba a la esperanza, y a la par contar un momento histórico clave de su país, que no necesariamente era muy conocido fuera de sus fronteras.

TRAS LOS REINOS

El séptimo arte se ha declarado un enamorado de las biografías dramáticas históricas sobre la realeza.

Esto lo prueban películas recomendadas como La reina Margot (1994), de Patrice Chereau; Lady Jane (1986), de Trevor Nunn; las dos entregas de Elizabeth (1998 y 2007), ambas de Shekhar Kapur; La joven Victoria (2009), de Jean-Marc Vallee; y La Duquesa (2008), de Saul Dibb, entre otras.

Cuando el cine muestra la monarquía desde la experiencia de las reinas o las aspirantes a la corona, salvo excepciones, presenta los sacrificios de esas mujeres por seguir a flote en medio de un hostil ambiente machista y deja ver las luchas crueles que deben afrontar con los otros que desean el poder tanto o más que ellas.

En La reina infiel, como también se desarrolla en los ejemplos arriba mencionados, es la ocasión para comprobar que los de sangre azul tienen los mismos sentimientos de odio, amor, venganza, ambición, locura y placer que cualquier plebeyo de sangre roja.

Nikolaj Arcel, a partir de la novela Prinsesse af blodet de Bodil Steensen-Leth, estudia a dos personajes de monarquía no tan reconocidos por estos lares, como lo fueron Caroline Mathilde de Inglaterra (encarnada por una Alicia Vikander atractiva y talentosa) y Christian VII de Dinamarca (brillante Mikkel Boe Følsgaard, increíble que esta sea su primera intervención en un largometraje).

La boda de ambos, como era de esperarse por las reglas de aquellos tiempos, fue arreglada para beneficio económico, social y estratégico de ambos reinos.

Más allá que Christian era un enfermo mental sin remedio, un hombre sin personalidad envidiable, más un chiquillo que un adulto responsable (nombró a su perro integrante del Consejo de Estado), y fuera del amor y la dependencia física y emocional que aparece en el corazón y el resto del cuerpo de Caroline por el  doctor Johann Struensee (un inolvidable Mads Mikkelsen), en lo que más se enfoca Arcel en

La reina infiel es cómo las sociedades van hacia adelante o en franco retroceso de acuerdo al gobernante que le ha tocado como líder, presidente, tirano, dictador o autócrata.

Christian simboliza lo tradicional, lo anacrónico, el pasado, las viejas costumbres criticables. Mientras que Struensee es lo puesto, al señalar cuál puede ser  el mañana, la renovación, la investigación, la intelectualidad, en últimas, un deseo de cambiar paradigmas y darle cuerda a un  reloj que se había detenido desde la Edad Media en la Europa que retrata La reina infiel.

De igual forma, Nikolaj  Arcel, hijo del movimiento cinematográfico Dogma (no por menos el maestro Lars Von Trier colaboró en parte del guion y en la edición de esta película), invita a reflexionar sobre quiénes aconsejan a los que están en la cima de la pirámide y cómo esa relación puede colaborar o no al avance de un país, ya que los vínculos del rey con el médico pasan por el encuentro, la influencia, la amistad y el desprecio.

Donde hay política se encuentran rápido las alianzas, las  hipocresías, las conveniencias, las traiciones, las intrigas, las presiones de toda clase, la corrupción y la censura, ya sea en una película como la excepcional La reina infiel o en la Dinamarca del siglo XVIII donde ocurren los hechos verdaderos o en la Panamá del siglo XXI.

¿Qué películas sobre reyes y reinas les llamó más la atención? ¿Hay mucha diferencia entre los mecanismos políticos del siglo XVIII con los que se ponen en práctica en el siglo XXI?

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