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15 feb [Videoblog] 'Los Miserables': un clásico desnivelado

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Víctor Hugo (1802-1885), como también hicieron colegas suyos como Honoré de Balzac (1799-1850) y Charles Dickens (1812-1870), supo hacer denuncia social sin dobleces y con palabras poderosas.

Este trío de autores europeos colaboró con el periodismo al darle forma a lo que luego se conocería como el reportaje y la crónica. Balzac contribuyó con piezas como Eugenia Grandet y Papá Goriot; Dickens hizo lo propio con Canción de Navidad, David Copperfield y Grandes Esperanzas y Hugo con las novelas Nuestra Señora de París y Los Miserables.

Al unir verdad e imaginación posible, las obras de estos genios tienen una vigencia permanente, al tratar temas que nunca desaparecerán: problemas económicos, discriminación,  falta de educación, violencia y políticos y empresarios deshonestos.

De allí que el negocio del entretenimiento haya acogido sus libros con entusiasmo desde los días en que el séptimo arte andaba gateando. De acuerdo con datos del sitio web imbd.com, se han llevado a cabo 335 proyectos inspirados en las historias de Dickens, 170 producciones en torno a los textos de Balzac y 193 productos construidos a partir de las narraciones de Hugo.

Nos concentramos hoy en Víctor Hugo, ya que en la cartelera nacional hay una nueva adaptación de Los Miserables del director Tom Hooper.

 Con Los Miserables, Hugo elabora un estudio del París de 1830 (toma la rebelión de junio como telón de fondo) con toda la sinceridad que lo hace una persona que sufre con lo que ve: ausencia de ideales, una burguesía desvergonzada y una monarquía a la deriva, en últimas, una sociedad en la que la ley arrinconaba a los de abajo y era refugio para los poderosos.

Su descarnada estampa del siglo XIX, con mujeres que se prostituyen para salvar a sus hijos y hombres que pasan 19 años por robar un pedazo de pan, ha permanecido en la memoria colectiva, porque ese 1830 no es distinto al presente, donde los pobres apenas sobreviven y los multimillonarios nunca tendrán días suficientes para derrochar sus cuentas bancarias.

Los Miserables de Tom Hooper ofrece una puesta en escena, una fotografía y un vestuario que nos recuerda a las pinturas de los franceses Dominique Ingres (1980-1867) y Eugène Delacroix (1798-1863), así como las del español Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828).

Su decadente París es sucia, sombría y rapaz como el corazón de varios de los seres humanos que habitan en este musical que, de alguna manera, se inspira en la novela de Víctor Hugo. 

Los Miserables está nominada a ocho premios Oscar: película, actor principal (Hugh Jackman), actriz de reparto   (Anne Hathaway), canción   (Claude-Michel Schönberg, Herbert Kretzmer y Alain Boublil), dirección artística   (Eve Stewart y Anna Lynch-Robinson), vestuario   (Paco Delgado), maquillaje   (Lisa Westcott y Julie Dartnell)   y  sonido   (Andy Nelson, Mark Paterson y Simon Hayes).

TRASPASO

Uno siempre se queja de que el cine suprime, por razones obvias, partes sustanciales de obras capitales, como en este  caso sucede con Los Miserables. También cabe la preocupación de que temas vitales se vuelvan triviales en un filme industrial.

¿Qué hacer? Concentrarse en aspectos específicos y los demás obviarlos o pasarlos a ojo de pájaro. ¿Qué hizo Hooper? Nos enfrentó a 158 minutos de metraje que a la larga agobian.

Cuando un realizador como Hooper se enfrenta a Los Miserables debe hacerse una pregunta básica: ¿qué ofreceré de nuevo? Hay dos aspectos: decidió grabar canciones a la par que rodaba las escenas y hay un tema nuevo, Suddenly, a cargo de Hugh Jackman.

Hablamos de una novela que ha estado presente desde hace rato en la historia del séptimo arte, una pieza que ya ha sido traducida a imágenes por cineastas como el polaco Richard Boleslawski en 1935, el estadounidense Lewis Milestone en 1952, el francés Claude Lelouch en 1995 y el danés Bille August en 1998, etc.

Algo más juega en contra de Hooper. Estamos ante uno de los musicales de Broadway más populares. Se calcula que se ha presentado en 42 países, y ha sido visto por más de 60 millones de espectadores.

SENTIMIENTOS

Esta vuelta del clásico de la literatura universal a la pantalla grande conmueve y emociona, pero no tanto por la habilidad de Hooper (su mérito, si la palabra cabe, es que la transformó en un melodrama cuando la novela es drama social), sino porque el realismo crítico de la trama de Víctor Hugo y las canciones de Claude-Michel Shönberg y Alain Boublil (de la propuesta de Broadway) ofrecen los ingredientes necesarios para que la platea llore por la desgracia de los personajes.

Los Miserables es un reto que le quedó grande a Hooper. El ganador inmerecido del premio Oscar a la mejor película y director por El discurso del rey (nunca será más grande que La Red Social) deja en evidencia cierta incapacidad funcional al no aprovechar al máximo  lo planteado por Hugo.

A eso agregarle que, salvo los momentos iniciales y el cierre de su película, hay contados instantes en que se respire el sentido épico que la novela exige. Le falta ese épico tipo la Cleopatra (1934) de Cecil B. DeMille, el Ben Hur (1959) de William Wyler, el Doctor Zhivago (1965) de David Lean o el Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola.

Por otro lado, Hooper no se toma el trabajo de explicarnos por qué debemos odiar a la monarquía y a la burguesía, ni siquiera les da espacio para que comprendamos sus actos (más allá si estamos de acuerdo o no con sus decisiones). Solo observamos los sufrimientos de los explotados, pero vemos poco a los responsables de sus dolores.

El realismo sucio planteado por Hugo es un recurso que, en manos de directores como Bill Wilder, Fritz Lang o Tim Burton,  da un elemento para golpear contundentemente a una sociedad caprichosa, consumista e individualista como la pasada y la de hoy, un conglomerado que permite la trágica existencia de seres que sobreviven en un callejón sin salida, como pasa en Los Miserables. Este fue un recurso desaprovechado por Hooper.

DOBLECES

El musical es antinatural en su esencia,  una fortaleza y  un riesgo de este género fílmico. Es interesante porque logra que el baile y el canto armonicen con la dramaturgia, pero puede caer en lo absurdo si no se sabe manejar su capacidad de romper intencionalmente con la realidad (nadie se la pasa cantando en cada acto de su cotidiano respirar, como pasa en Rent y en Chicago).

Sus actores son admirables, pues no solo deben ser solventes en su capacidad interpretativa, sino que además deben saber moverse con ritmo y cantar. Una habilidad que era más normal entre el nacimiento del sonido en el cine (a finales de los años de 1920), y hasta avanzada la década de 1970, y no tanto en la actualidad.

Razón por la cual quizás hay tanto desnivel en la cinta Los Miserables, en la que encontramos un Hugh Jackman, que está soberbio en su atribulado Jean Valjean (está magnífico en las piezas Look Down y Suddenly); a una Anne Hathaway (espectacular en su I Dreamed a Dream), maravillosa como la desdichada Fantine; y Samantha Barks,  la inolvidable  noble Épopine. Mientras que son un verdadero desastre el Javert de Rusell Crowe y la Cosette de Amanda

Seyfried.

Sí es admirable que Tom Hooper haya decidido que el sonido se grabara en directo y no en grabaciones previas, como es lo usual en el musical norteño.

El problema es que obliga a los actores a darlo todo (canto, baile y actuación) en cada toma, y si al realizador se le antoja que el asunto quedó admirable en la toma décima, estás conduciendo al intérprete a niveles peligrosos porque debe hacer todo hasta el final, más si son poco dotados de talento musical como Crowe y Seyfried.

Los Miserables es una película cantada, pues casi no hay parlamentos hablados. Innovar es positivo; si no quería diálogos convencionales, excelente, el punto es que casi no hay números musicales que la sustenten, salvo ciertas escenas de los enfrentamientos ocurridos durante la rebelión de junio de 1830 y cuando aparecen los Thénardier, una pareja de divertidos y patéticos sinvergüenzas, encarnados por Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter.

PROPUESTAS

Tom Hooper se inspira en una variedad de corrientes, lo que es saludable, en principio. El asunto se vuelve una enfermedad cuando vemos de cerca que la escena de las putas parece sacada de una barroca ópera alemana, que los patéticos seres que dan piel Cohen y Carter parecen un remedo del Sweeney Todd de Tim Burton. O sea, es terremoto con derrumbe en el que Hooper aporta poco de su propio caudal.

Lo que es peor, Hooper tiene muchas cámaras a su disposición, pero no sabe dónde ubicarlas.

Las cámaras son los ojos del espectador, que ve esa mirada que propone el director para darle énfasis a lo que desea contar. Pero Hooper se obsesiona con los primeros planos de sus actores (a veces de forma innecesaria), o bien se inclina por excesivas tomas generales, y la avalancha es aún peor cuando usa equivocadamente la cámara al hombro, como si se tratara de un documental rodado a la ligera.

¿Les ha llamado la atención anteriores versiones fílmicas de Los Miserables? ¿Ya vieron Los Miserables de Hooper? ¿Les gustó más El discurso del Rey que La Red Social?

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