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15 mar [Videoblog] Silver linings playbook o ser diferente al resto

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En toda familia hay por lo menos uno. Es el hermano, el papá, la mamá, el abuelo, la sobrina o eres tú mismo.

Es el diferente. El que parece que todo le sale al revés. El que le cuesta seguir adelante, porque lleva una piedra enorme en la espalda, mientras que el resto del planeta parece que camina sobre nubes esponjosas.

La solución es calificarlo, ponerle una etiqueta como una letra escarlata hecha de prejuicios. Lo mejor es diagnosticarle algún trastorno y luego aparecen los fantasmas de la incomprensión, la falta de confianza y la ausencia de oportunidades.

Pueden ser difíciles de agradar, pueden ser, incluso, insoportables en su trato, pero son lo que son y punto. Es cuestión de quererlos por sus particularidades, y no por lo que deberían ser.

Los otros, llamados sanos, también tienen sus limitaciones y frustraciones. ¿O no? Nadie se salva, pues eso de la normalidad es posible y relativa, ya que va y viene como la marea.

Esta clase de reflexiones se lleva uno a casa luego de ver la altamente recomendable Los juegos del destino (Silver linings playbook). Una comedia dramática sobre seres con corazones hechos jirones, almas autodestructivas que no saben cómo convivir consigo mismas y con los demás.

David O. Russell dirige y adapta para la pantalla grande un libro de Matthew Quick, un proyecto protagonizado por los admirables Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro y Jacki Weaver, quienes encarnan a una familia tan disfuncional como tantas, y  que edifican una estructura que les permita estar unidos hasta en la adversidad.

LA VIDA

Hay toneladas de consejos que sean una guía para lidiar con el amor, la felicidad y la soledad, pero a la larga estás solo con las cartas que el destino decidió darte en la jugada de la vida.

¿Estás atrapado? No, la decisión de qué jugada hacer depende de cada quien. Ese tipo de verdades nos brinda la meritoria película Los juegos del destino (Silver linings playbook).

Esta producción nos acerca a Tiffany (Jennifer Lawrence) y Pat (Bradley Cooper), dos personas volátiles, de esas que son sinceras hasta convertirse en molestas y que, constantemente, cambian de humor y de ánimos.

Esta pareja se complementa a partir de sus dolencias, gritos, traumas, acusaciones, secretos y necesidades. Tiffany es una joven viuda que ha sido despedida de su trabajo por un comportamiento impropio con sus compañeros de labores, y Pat terminó en un psiquiátrico porque le dio una paliza a un hombre.

Ambos creen poco en la vida, porque las cartas repartidas no han sido las esperadas; pero, por lo general, la existencia está llena de segundas oportunidades. Hay casos en que ni siquiera hay un chance de vencer, pero igual se debe hacer el intento.

Eso nos enseñan esos románticos retorcidos de esta producción de David O. Russell, esa pareja de baile que se enamora sin admitirlo, que es torpe en ese proceso de entregarse a la persona querida, pero que tiene derecho a que sus corazones se reconstruyan.

Ellos saben que todo se puede ir al traste en el momento menos pensado, pero se tienen el uno al otro y eso es mucho, aunque parezca poco ante los ojos de los que se definen normales. ¿Qué significa ser normal? ¿Acatar las leyes de tránsito porque el policía puede estar escondido detrás de esa valla publicitaria? ¿Decir buenos días más por orden social  que por honestidad?

EL ESTILO RUSSELL

Por otro lado,  David O. Russell ha sabido manejar en Los juegos del destino dos géneros cinematográficos que parecen antagónicos: el drama humano y la comedia romántica.

Con mano maestra ha moldeado personajes que están en el subsuelo en su lado psicológico y que desean darle un nuevo giro a sus  deterioradas existencias, y esa transformación la hace Russell desde la ternura, aunque al final cae en algo cercano  a lo cursi.

Claro, también le colaboraron las cuatro estrellas que sustentan su largometraje: los estupendos Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Jacki Weaver y Robert De 

Niro.

El propio Russell se ha vuelto un especialista en explorar la clase media trabajadora de Estados Unidos que reside en los suburbios.

Ya lo hizo con excelencia en The Fighter (2010), sobre una familia de Massachusetts en la década de 1980 que busca en el talento de dos hermanos en el boxeo su boleto al éxito.

Mientras que en Los juegos del destino es un clan de  Filadelfia del siglo XXI, que trata de estar unido en medio de sus diferencias.

En ambos largometrajes presenta seres conflictivos, que desean salir a flote y gracias al amor logran en alguna medida la redención.

En The Fighter era un deportista adicto a las drogas y a infringir la ley, y en Los juegos del destino es un hijo bipolar, un padre  supersticioso, una madre que ejerce de árbitro y una candidata a novia que es depresiva.

CUIDADO, EL FINAL

Ahora les hablaré del final de Los juegos del destino. Ustedes deciden si desean seguir leyendo, pero sí es necesario hablar del desenlace para ver cómo el punto final de una historia puede quitarle puntos a una película.

No tengo nada en contra de los finales felices, si bien en términos dramáticos tienen menos fuerza que un cierre abierto o aquel donde los hechos lógicos se toman el escenario.

Resumiré mi reacción en dos partes. La primera es de decepción cuando analicé la conclusión desde la razón, y la otra de aprobación por las emociones que me embargó este the end.

Las leyes de mercadotecnia pueden ser un dolor de estómago para el riesgo creativo, y en el negocio del cine puede hacer la diferencia entre un fracaso de taquilla y un desempeño óptimo en la boletería global.

Es probable que su final romántico, más la ayuda de las estrategias de los productores Bob y Harvey Weinstein, hiciera que Los juegos del destino fuera una de las películas independientes norteñas más lucrativas del período 2012-2013, con una inversión de 21 millones de dólares y una recaudación de 202.3 millones de dólares.

Este giro lleva a que el título de David O. Russell se parta en dos en cuanto al tono se refiere. La primera parte es un drama agudo y asfixiante, y la segunda, una comedia romántica llevadera, pero predecible y obvia.

Y sí, uno sale contento de la sala. Con ganas de encontrarle un color diferente al cielo. No importa si a los minutos el peso de la realidad te doblega, ya que por 120 minutos fuiste invencible. Eso basta, y  esa es una de las bondades que brinda el cine.

¿Qué les pareció The Fighter? ¿Vieron Silver linings playbook?

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