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04 abr El cine religioso y las siete iglesias

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Desde que tenía seis años, y hasta cuando era un adolescente, tenía dos costumbres que compartía con mi mamá cuando llegaba la Semana Santa: visitar siete iglesias y ver películas religiosas en las salas de los hoy desaparecidos cines de barrio.

La dinámica era abordar un autobús en la Calle 12, San Felipe, donde residíamos desde que tenía un día de nacido, y bajarnos en Calidonia, donde comenzaba el periplo.

Íbamos primero a la Iglesia de Don Bosco, después pasábamos a la de San Miguel, le seguía la de Santa Ana, más tarde a La Merced, seguíamos a la San José, luego a la Catedral y terminábamos en la de San Francisco de Asís, porque fue en esa iglesia donde me bautizaron.

En cada iglesia le pedíamos a Dios los mismos deseos, con la fe de que estos iban a materializar, y en cada una depositábamos una moneda de cinco centavos.

Era emotivo ver cuántos creyentes hacían un recorrido parecido cada Jueves Santo, quizás modificaban el orden de las iglesias a visitar; unos lo hacían por la mañana y otros por la tarde (como era nuestro caso), pero cada quien buscaba lo mismo: el apoyo y la protección de Nuestro Señor.

La otra tradición durante la Semana Santa era ir al cine a consumir películas de índole religioso.

Entre el Jueves Santo y el Miércoles de Ceniza íbamos a El Dorado, el Variedades, el Central, el Presidente y el Tropical a ver lo mejor del Hollywood de finales de las décadas de 1940 y de 1950, épocas que fueron las más gloriosas del cine sonoro de corte espiritual hecho en la Meca del Cine.

Para los que conocen de oferta fílmica de la época sabrán que el Presidente y el Tropical eran especializados en producciones pornográficas, pero durante la Semana Mayor su cartelera cambiaba drásticamente y era cuando asistíamos a estos espacios dedicados a la entretención para adultos.

En las décadas de 1970 y de 1980 la programación de celuloide durante Semana Santa era bastante fija en los cines de mi infancia, pero eso no era motivo para quedarse en casa porque consumir séptimo arte era otra forma de manifestar el amor y respeto por Dios, ya que sus personajes eran hombres y mujeres que luchaban contra sus propios demonios, que caían, que se levantaban y volvían a comer polvo, o sea, seres humanos.

Lo interesante es que ningún título era un estreno, pero la audiencia era tan fiel que las veía una y otra vez sin ningún problema.

Vi con mi mamá una docena de veces clásicos de Hollywood como Los Diez Mandamientos (1956), de Cecil B. DeMille ; Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray; Quo Vadis? (1951), de Mervyn LeRoy; Sansón y Dalila (1949), de Cecil B. DeMille; Salomé (1949), de Cecil B. DeMille; David y Betsabé (1951), de Henry King; El Manto Sagrado (1953), de Henry Koster, y Ben Hur (1959), de William Wyler.

Del resto de los mercados, había dos fijas que nunca faltaban: la española Marcelino pan y vino y la italiana Barrabás (1961), de Richard Fleischer.

¿Tienes algún recuerdo o vivencia relacionada con cine o la Semana Santa?

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