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30 jul El día que fui otro

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Eso de los disfraces le viene a los seres humanos desde tiempos ancestrales, ya sea por motivos religiosos o teatrales. En la actualidad, muchos cambian sus ropajes normales por otros distintos cuando llega el Carnaval, Halloween, cuando van a una fiesta temática (infantil o adulta) o, simplemente, porque les encanta llamar la atención de los demás.

Yo, que siempre he tenido poca capacidad al ridículo, razón por la cual soy un actor de quinta categoría, recuerdo vívidamente dos veces que me disfracé. Seguro han sido más, pero en mi memoria, curiosa y selectiva, tengo poco registro de otros hechos.

Una fue en kínder, estábamos el grupo de nerviosos estudiantes en un salón de la primaria Nicolás Pacheco y cada quien era un hombre de la mar, cantando una pieza sobre las aventuras en el océano. Si hubiera tenido la pinta del tosco capitán interpretado por Humphrey Bogart en 'La reina del África' (1951) hasta tendría la imagen enmarcada; pero no, la maestra decidió que usáramos el tradicional gorro blanco y camisa y pantalón azul oscuro. Ni modo.

La segunda experiencia fue voluntaria. Ocurrió a mediados del año de 1981 y lo hice por amor. Por mucho tiempo estuve enamorado de la actriz Brooke Shields, a quien había visto en cintas que daban pena ajena como 'El rostro de la muerte' (1976) y 'Estirpe indomable' (1978), pero le perdonaba todo a la dueña de mis ilusiones, porque seguramente era su mánager (su madre, que tenía fama de mandona) quien le conseguía semejantes bodrios fílmicos.

A la Brooke de 'Amor sin fin' (1981), de Franco Zeffirelli, tuve que conformarme con verla mucho tiempo después en una tanda nocturna de un canal de televisión a escondidas de la supervisión de un adulto.

En la sala del hoy desaparecido cine Central, ubicado en lo que ahora es la peatonal de la Avenida Central, se proyectaba 'La Laguna Azul', de Randal Kleis. Era una nueva oportunidad de ver en pantalla grande a la dueña de mi corazón (no sean severos conmigo, por favor, recuerden que soñar es gratis y no hay límite de compra). Tenía, entonces, la ocasión de reivindicarme con mi amada (sé que suena patético, qué le vamos a hacer, era preadolescente con las hormonas enloquecidas).

Tenía en la pared de mi habitación fotos de Brooke en su faceta de modelo, imágenes que me vendía una compañera de salón que se dedicaba al negocio de comprar revistas de moda y venderlas por página a tipos desesperados como yo.

Todo iba bien, salvo cuando leía en la cartelera de un periódico que para ver a mi Brooke, en casi todo su esplendor, debía tener 14 años y yo tenía 13 otoños. ¿Qué hacer? ¿Fallarle como lo hice con 'Amor sin fin'? ¿Quedarme en mi hogar soportando que mis vecinas de piso, de entre 17 y 19 años, me dijeran que ya la habían visto? No.

Me puse una camisa oscura y una corbata de un primo (préstamos que él nunca supo que ocurrieron, hasta ahora) y un pantalón de tela (quien me conoce sabe que soy un incondicional del blue jeans y huyo de las corbatas), puse mi mejor cara de hombre curtido por los avatares de la vida, a lo Bogart, y me encaminé hacia la sala.

Cuando llegué al Central, había que subir una larga escalera que te conducía a la taquilla, donde me esperaba una dama de unos 50 años, de lentes grandes y cabello corto.

Pedí mi tiquete con la voz más ronca que pude, pero la señora, que de tonta nada, me preguntó qué edad tenía y respondí que estaba por cumplir los 14. Por tres o cuatro eternos segundos me miró, en silencio, de arriba a abajo. Me recordó que la película era para mayores de 14 años y yo le prometí que sería juicioso y que no causaría problema alguno. Otro mutismo arrollador. Después, bajito, me dijo que me daría un chance, que ingresara rápido a la sala para que nadie me viera, en especial el dueño del establecimiento.

Así lo hice y disfruté a mi Brooke perdida en una isla, nadando y corriendo como si fuera la primera Eva del celuloide (sé que no lo era, recuerden que estaba enamorado). Toda belleza ella, una versión femenina de Robinson Crusoe, con sus cabellos largos, su mirada dulce y su vestimenta de cortes irregulares y divinamente breves.

Claro, detesté con toda mi alma al zopenco de Christopher Atkins por estar en esa parte del mundo con la mujer de mi vida. Con los años me alegré (perdonen la sinceridad de hombre envidioso) que al actor en mención le fuera de patada posteriormente en el cine.

Sí, ya crecí. Sé que 'La Laguna Azul', vista con una mirada objetiva, es una cinta menor, pero ojo, no tan menor si se le compara con 'Return to the Blue Laggon', que en 1991 realizó William H. Graham con la también guapa Milla Jovovich en el papel que hizo mi querida Brooke.

Visto en el presente. La forma de burlar a la censura, es más fácil para los muchachos de ahora. Hoy, gracias a la piratería y una computadora funcional, pueden ver casi cualquier película, no importa para qué público esté destinada.

Como los sentimientos van cambiando de piel, mi adoración por Brooke Shields se fue apagando cuando descubrí que su capacidad interpretativa era de corta distancia. Así fue como la traicioné y decidí que el objeto de mis afectos sería Michelle Pfeiffer desde que participó en 'Cara Cortada' (1983, Brian De Palma), a la que se le unió Winona Ryder desde que apareció en 'Lucas' (1986, David Seltzer) y Julianne Moore cuando formó parte de 'Benny & Joon' (1993, Jeremiah Chechik).

Lo que no ha cambiado, y nunca cambiará, es que uno como espectador termina enamorándose, en alguna medida, de esos intérpretes que pueblan la pantalla grande.

¿Cómo hiciste cuando la censura es un obstáculo para disfrutar de una película anhelada? Por otro lado, ¿qué actores o actrices has querido desde tu butaca de cine? Ya compartí mis juveniles penurias. Ahora te toca a ti.

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