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17 feb Un don Juan amante de la pornografía

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En Un atrevido Don Juan (Don Jon), su debut como director y guionista de un largometraje, el actor estadounidense Joseph Gordon-Levitt le pregunta al espectador en qué medida la pornografía, en particular la que se consume on line, es una rebeldía, una obsesión, un lastre, una perversión o una liberación.

El apego de su personaje por el sexo virtual (un joven sin educación, buen mozo, mujeriego y juerguero), modifica su vínculo con sus fugaces relaciones amorosas y su alienada familia.

Este gusto temático, de alguna forma, lo marca en medio de una sociedad que por igual promueve y condena el sexo, y lo señala con el dedo acusador una religión que siempre restringe el sexo, aunque vaya ironía, varios de sus miembros lo han practicado bajo cuerda y en ese practicar han cometido verdaderas barbaridades contra niños y niñas inocentes.

Si bien el guion de Gordon-Levitt no está en la cima de los estudios sobre el consumo del sexo en esta época de acceso gratuito a los pecados de la carne audiovisual, y aunque esta película no tiene la profundidad de los sesudos textos firmados por Houellebecq sobre la materia, sí funciona para enfrentarnos al hecho de que hoy en internet se puede encontrar de todo, incluido una variada oferta de cuerpos desnudos disfrutando (¿actuando? ¿exagerando?) mientras intercambian fluidos de toda clase.

Hoy a la pornografía no se le condena tan abiertamente como en la Edad Media, tampoco es propiedad de marginales salas especializadas donde cualquier situación se podía dar, las que eran sinónimo de perdición urbana como pasaba en las décadas de 1970 y 1980.

Poco a poco está a la luz de todos, pues de candentes imágenes fotográficas pasó a la oscuridad de los llamados cines X, luego a las salas de las casas con la televisión (primero el video y luego el dvd).

Cuando se perdió el miedo apareció escondido en los anuncios publicitarios que se proyectan en horarios familiares y en los cientos de miles de páginas en la internet que sin costo alguno puede encontrar ese tentador contenido con tan solo escribir en la computadora las cuatro polémicas letras: sexo.

Hoy también se puede conseguir a través de cualquier dispositivo electrónico de valía.

Si le repugna la pornografía cinematográfica, atacada con la justa base de que le falta contenido, puede optar por la música y ver los incendiarios videos de Miley Cyrus, Rihanna, Shakira...

O pueden adentrarse en la literatura erótica moderna de 50 sombras de Grey o si son apegados a las películas de arte, pueden ver los largometrajes firmados por consumados realizadores como Paul Thomas Anderson con su Boogie Nights, Lars von Trier con Nymphomaniac, Travis Mathew con Interior Leather Bar, Rob Epstein con Lovelace, Michael Winterbottom con 9 Songs y The look of love o Abdellatif Kechiche con La vida de Adele.

Los actuales consumidores de pornografía ya no son perseguidos hasta la muerte lenta y dolorosa por la Santa Inquisición, ni son llevados a un manicomio como el marqués de Sade, ni las historias audiovisuales que devoran están maniatadas por el Código Hays de Hollywood, pero sus seguidores aún son señalados, juzgados y criticados por tener estos gustos, como le pasa al personaje de Don Jon.

Más allá de sus puntos flojos, el guion y la mirada de esta comedia muestran que la pornografía es una forma para enfrentar el orden político, social y religioso.

La ironía es que la Meca del cine todavía sigue con los ojos abiertos, pues Don Jon, cuyo estreno mundial fue en el Festival de Cine de Sundance, tuvo que sufrir una severa autocensura de su propio realizador, quien tuvo que cortar varias escenas de sexo para alcanzar en Norteamérica la calificación de apta para menores de 17 acompañados de adultos.

Eso sí, si algún espectador nacional se rompe las vestiduras y sale airado del cine por Don Jon, le ruego que por favor no se le ocurra ver ni siquiera 15 minutos de Nymphomaniac, de Lars von Trier, pues es candidato a que se le suba la presión hasta el Everest, o lo que es peor, puede ser candidato a un ataque de corazón fulminante.

¿Es válido censurar la pornografía online? ¿Esta clase de cine tiene algún valor?

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