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28 feb Ese gesto de amor que es ‘Hugo’

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Hace cuatro años, el director estadounidense Martín Scorsese leyó la novela Hugo, de Brian Selznick, por una recomendación de su hija menor, que ahora tiene 12 años.

Le gustó tanto la historia del niño huérfano que sobrevive en una estación de tren, que decidió llevarla a la pantalla grande. Bueno, para ser sinceros, existe otra poderosa razón que lo impulsó a rodarla. Es que su pequeña le preguntó cuándo iba a hacer una producción que ella pudiera ver en una sala de cine, y fue entonces que Scorsese reparó que una parte de su filmografía no era apta para menores de 14 años.

Como buen padre, Scorsese se enfrascó en la búsqueda de los 100 millones de dólares que costó Hugo, uno de los presupuestos más grandes que ha manejado en su vida artística. La recaudación en todo el mundo de esta aventura es de 116 millones de dólares y sus mejores mercados han sido Estados Unidos, Francia y Reino Unido.

La adaptación de la obra de Selznick se la pidió al guionista John Logan, con quien ya había trabajado con Scorsese en El Aviador (2004).

Hugo habla sobre la soledad que nos aísla del mundo, de cómo la creatividad abre ventanas, como diría Julio Cortázar, y lo urgente que es ayudar a los demás.

Sería genial que cada quien pueda decir que ha salvado, por lo menos, una persona en su vida. Salvar en cualquiera de los sentidos de la palabra. Salvar a alguien porque se estaba ahogando o tenderle la mano a una persona cuando estaba hasta el cuello en preocupaciones. Lo que sea, lo esencial es la posibilidad de hacer un acto de humanidad con un semejante como hizo en Hugo un niño al rescatar del olvido a un genio marginado.

Hugo, ese chico ingenioso, puede sentirse orgulloso, salvó a alguien que estaba perdido en su amargura y decepción. A quien rescató a ese genio que fue al francés George Méliès, el que en términos de historia del cine es el tatarabuelo de realizadores del presente como James Cameron, Peter Jackson o Steven Spielberg. Un realizador, actor y productor que colaboró a que el cine fuera un acto de magia permanente.

El domingo pasado, Hugo reinó en las categorías técnicas del premio Oscar: dirección de arte, cinematografía, mezcla de sonido, edición de sonido y efectos especiales.

Martin Scorsese deja el realismo sucio de Casino o Uno de los nuestros por el realismo mágico made in Hollywood, herramienta que le permite regalarnos una cinta familiar, inteligente, ocurrente y sana.

Como si fuera poco, Hugo es una lección sobre los orígenes de la historia del cine mundial, de Charlie Chaplin a Edwin Porter, de Harold Lloyd a los hermanos Lumiere. Es una forma entretenida de contarle al que no es un experto cómo fue creciendo ese arte llamado cine y quiénes fueron sus precursores.

Hugo también es sobre el destino de algunos creadores y de sus producciones. No por menos uno de los diálogos más valiosos de esta película dice lo siguiente: "El tiempo no trata bien a las películas antiguas". Y es cierto. ¿Cuánta gente no ve una película porque es muda o fue rodada en blanco y negro o no fue estrenada en los últimos 20 años o porque está protagonizada por actores desconocidos? ¿Cuántos no acceden a tal género cinematográfico o a tal filmografía de tal país o director porque lo consideran irrelevante o demasiado elevado o aburrido?

Hugo, además, es un acto posmoderno. Evoca lo valioso del ayer cinematográfico y utiliza un medio popular del presente para esto, la tercera dimensión. De esa manera acerca el pasado con el presente. Qué oportuna película.

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