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05 sep 'Baby Driver': la importancia de la música en el cine

La música es esencial en el cine desde los albores de este arte. Su relación con el séptimo arte queda patente en la comedia criminal ‘Baby Driver’.

"Baby Driver’ es una película policíaca dulce y alocada con la que puedes bailar”: John DeFore, ‘The Hollywood Reporter’.

"Baby Driver’ es una película policíaca dulce y alocada con la que puedes bailar”: John DeFore, ‘The Hollywood Reporter’. Foto por: Cortesía

"Baby Driver’ es un giro fresco y divertido a las películas de atracos clásicas”: Jane Mulkerrins, 'Telegraph'.

"Baby Driver’ es un giro fresco y divertido a las películas de atracos clásicas”: Jane Mulkerrins, 'Telegraph'. Foto por: Cortesía

"Una obra cinematográfica asombrosa, tierna, divertida y totalmente original": Terri White, de 'Empire'.

"Una obra cinematográfica asombrosa, tierna, divertida y totalmente original": Terri White, de 'Empire'. Foto por: Cortesía

Desde el año 1927, cuando Alan Crosland estrenó El cantante de jazz, las películas están compuestas de palabras que se escuchan, así como de ritmos musicales, más efectos y edición sonora.

Sin olvidar que el séptimo arte nunca fue mudo por completo.

Para ayudar a su narrativa se usaban parlamentos que eran leídos por la audiencia como ahora cuando usted ve una película en un idioma ajeno al suyo.

También, en el amanecer del cine, era habitual tener en sala un trío o una orquesta, de acuerdo al presupuesto disponible, que tocaba en directo durante la proyección para recrear para la platea los golpes de una espada, las campanas de una iglesia o para darle más dramatismo o melancolía a una secuencia determinada.

La comedia criminal ‘Baby Drive’, con sus maleantes y armas de fuego, le permite al director Edgar Wright explorar los mitos de la libertad y el amor permanente.

También hay producciones que ponen especial interés en la música, para que sea la principal ayuda al momento de crear el carácter de una producción. 

Darle semejante importancia ocurre con frecuencia en los musicales, donde sus personajes cantan y bailan casi todo el tiempo. Se trata de productos en los que las canciones ayudan a entender una escena, un conflicto o colaboran para que la trama avance. 

Así ocurre en Baby Driver (2017), por más que sea una comedia criminal y no un musical, pues su protagonista, un hábil conductor de autos que ayuda a

escapar a ladrones de bancos, encuentra en las melodías una manera de conectarse con su pasado, con su presente, con la vida y con el resto de la humanidad.

La propuesta de su director, Edgar Wright, no es utilizar compositores de música cinematográfica como es lo habitual en colegas suyos tan diversos como J.J.

Abrams, Steven Spielberg o Todd Haynes.

Por eso, en vez de usar o emular piezas de Ennio Morricone, Max Steiner o Maurice Jarre para darle la personalidad precisa a su recomendable filme, Wright echa mano de un repertorio integrado por canciones de la cultura pop como las de T-Rex, The Jon Spencer Blues Explosion, Beck, Carla Thomas, Barbara Lewis, Simon y Garfunkel, más un largo etc.

La presencia de la música es tan necesaria en Baby Driver, que se podría pensar que su argumento se escribió a partir de su completa, divertida y variada banda sonora, ya que las canciones que escucha Ansel Elgort mientras espera que los malhechores hagan de las suyas o aquellas que requiere para poder escapar de la policía, son parte intrínseca para entender su trepidante trama.

Baby Driver’ (Reino Unido) es la primera producción que ha rodado Edgar Wright en Estados Unidos.

Si al espectador más realista le incomoda o le molestan las enormes habilidades como conductor que tiene Baby, el personaje encarnado por Ansel Elgort en el entretenido y solvente largometraje Baby Driver, quiere decir que no ha visto lo suficiente la filmografía del director, guionista, y ocasional actor Edgar Wright.

En su hoja audiovisual se comprueba que tiene una fuerte pasión por presentar personajes que tengan poderes increíbles o escapen de zombis hambrientos o tengan la tarea de salvar a la humanidad. Deben ver sus anteriores producciones  The World’s End Focus, Scott Pilgrim vs. the World, Hot Fuzz Rog y Shaun of the Dead.

O sea, que un muchacho silencioso y observador entienda la vida a través de las canciones que escucha siempre con sus audífonos como le pasa al introvertido Baby, pasa a ser lo más congruente que alguien como Wright puede crear.

Visto así, superar las leyes de la física abordo de un vehículo en alta velocidad, colaborar al robo de bancos y no ser atrapados por la policía como plantea el argumento de Baby Driver, parece entonces que estamos ante el título de sentimientos más maduros que ha firmado Wright en su carrera en la pantalla grande y chica.

Quizás sea la exageración el acto de rebeldía de Wright para irse en contra de la realidad más pragmática.

Ese mundo de Baby Driver, integrado por villanos que no terminan de morir, de maleantes que son el retorcido reemplazo del padre que Baby perdió de niño o

que casi siempre él logre evadir a la autoridad mediante su dominio del volante, sea la respuesta de Wright a un planeta que se cree de lo más lógico y coherente, aunque en el fondo sea absurdo e incomprensible.

El plan de trabajo era incorporar el ritmo de las escenas de la película con las melodías que se escuchan en los momentos de acción.

MÁS QUE OBJETOS

Baby Driver no anda por el sendero de las películas de oropel de la saga de Rápido y furioso, que son anuncios descarados de las últimas novedades dentro de la industria automovilística.

Edgar Wright prefiere convertir al automóvil en un personaje con responsabilidades más allá de ser objetos veloces, decorativos y tentadores.

Su propuesta del vehículo como metáfora del hombre por escapar de los problemas y como símbolo de la libertad que no siempre se puede obtener, 

sigue la línea de otros largometrajes que es posible marcaron a este cineasta inglés mientras pensaba en la estética, el ritmo y los mensajes 

de Baby Driver, cuyo presupuesto fue de 34 millones de dólares y que ha recaudado a nivel mundial más de 210 millones de dólares.

Cito filmes que deberían ver si les gusta el tema del automovilismo bien conducido: el thriller policíaco Le Samouraï (1967), de Jean-Pierre Melville y la acción criminal de Bullitt (1968), de Peter Yates; The  French Connection (1971), de William Friedkin; The  Driver (1978), de Walter Hill, y Drive (2011), de Nicolás  Winding Refn.

LIGEREZA

Baby Driver parece ligera, aunque encierra un discurso sobre el valor de la familia, la lealtad, la justicia y el amor como queda de manifiesto en la relación de Baby con su padre adoptivo Joe (C.J. Jones) y con su enamorada Debora (Lily James), una camarera cuya voz y presencia le recuerdan a una madre que perdió de manera prematura y trágica.

Esa ligereza de Baby Driver existe porque Wright no quiere sentar cátedra ni que el espectador sufra por la dura existencia de Baby. Él quiere que la audiencia,

dentro de todas las balas y los duelos, la pase bien, y si puede, se quede con un par de canciones pegajosas más una que otra enseñanza.

ARQUETIPOS

Edgar Wright, con toda la intención del caso, también utiliza estereotipos de las películas de robos y atracos para contar el lado violento de su historia.

Para ello toma como punto de partida la estética de clásicos del ramo como The Killing (1956), de Stanley Kubrick; The Italian Job (1969), de Peter Collinson; The Getaway (1972), de Walter Hill y Heat (1995), de Michael Mann.

Estos arquetipos se desarrollan, dentro de algo parecido a la parodia, en el comportamiento, la vestimenta y en las expresiones de los ladrones ( Jamie Foxx,

Jon Hamm y Eiza González) a los que Baby lleva seguro de vuelta a la guarida donde los espera el estratega de todas las actividades delictivas: Doc ( Kevin Spacey).

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