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03 nov Los inicios del cine en Panamá

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Una manera de hacer patria es ver los orígenes del séptimo arte en el istmo y observar cómo ha ido evolucionando ese arte que nació de la tecnología y de la imaginación.

La primera vez que los istmeños vieron una imagen en movimiento fue el 14 de abril de 1897 en la ciudad de Colón. O sea, un año y meses después de que el séptimo arte se dio a conocer al público en general en un café de París por los hermanos Lumiere.

El responsable de que se conociera el invento en el istmo fue el prestidigitador Balabrega. Sí, al inicio, el séptimo arte era más hijo del circo y mucho menos del arte.

En aquella función histórica se ofrecieron cortometrajes hechos por la compañía de Thomas Alva Edison, de acuerdo con una investigación hecha por Leila El’Gazi Durán, quien es citada por César del Vasto y Edgar Soberón Torchía en su libro Breve historia del cine panameño 1895-2003.

Un reportero del periódico en inglés The Colon Telegram describió esa proyección en la ciudad portuaria de la siguiente manera: “en una inmensa pantalla son proyectadas las vistas de tamaño natural, las cuales presentan los movimientos de los actores. El efecto es sumamente realista y da prueba de los avances hechos por la ciencia en nuestros días”.

En la ciudad capital lo del cine ocurrió a finales de abril de 1897, cuando se ofrecieron cortometrajes a través el vitascopio, proyector de cine inventado por Charles Francis Jenkins y Thomas Armat.

Por entonces, los productos mudos y en blanco y negro se proyectaban con frecuencia en carpas, y en menor medida en residencias privadas, en clubes sociales y en colegios como el Instituto Nacional, pues no estaba del todo claro el concepto de una sala de cine como tal, ni aquí ni en el resto del planeta.

Según lo encontrado por César del Vasto y Edgar Soberón Torchía, el primer espacio fijo donde se presentaban películas con regularidad en Panamá fue en La Aurora, que abrió sus puertas en 1909.

Al año siguiente, fue el turno de una sala más formal, más cercana al concepto que hoy se conoce, y se llamó Sara Bernard en honor de la famosa actriz francesa.

La principal sala del país se inauguraría en junio de 1913: El Dorado, ubicado al frente de la plaza Santa Ana. Comenzó su faena con una de las versiones fílmicas de Los Miserables, de Víctor Hugo.

Qué terrible puede ser el tiempo en ocasiones, pues con los años El Dorado perdió su brillo hasta convertirse en un cine de barrio de tercera línea y en su última etapa se dedicó a pasar el peor cine pornográfico.

Otro grande de inicios de siglo fue el Teatro Cecilia, que inició su andar en 1914, y como el resto de sus espacios hermanos, proyectaba cortometrajes mudos provenientes de Estados Unidos e Italia.

En tanto, la primera sala en el interior del país se localizó en Chitré, provincia de Herrera, y fue bautizada como Amalia, propiedad de José Mercedes Márquez, quien le puso el nombre de su esposa al establecimiento de entretenimiento.

A inicios del siglo XX, los cines más lujosos, como El Dorado, el Variedades y eEl Amador, todos ubicados entre los barrios de San Felipe y Santa Ana, entre proyecciones ofrecían intermedios musicales con tríos, cuartetos y hasta orquestas que ofrecían su ritmo en directo en tandas vespertinas y nocturnas. El programa estaba a cargo de maestros como Luis Russell, Ricardo Fábrega y Lucho Azcárraga. Ahora debemos conformarnos con anuncios publicitarios despreciables.

Las primeras películas habladas en el istmo fueron presentadas en 1929. Una fue en el Teatro Cecilia: The Singing Fool (1928), un drama musical dirigido por Lloyd Bacon y protagonizada por Al Jolson y el Strand de Colón hizo lo propio con la comedia The Home Towners (1928), del cineasta Bryan Foy y estelarizada por Richard Bennett.

Entre las décadas de 1930 y 1940 aparecen nuevas salas, en especial en Panamá y Colón, como el Roxy, Panamá, Roosevelt, Central, Victoria, Hispano, Edén, Trixie y Excélsior.

Seguiremos informando.

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