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07 oct De miedos primitivos

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Tomaré como pretexto que en octubre se celebra en Estados Unidos, y en otros puntos influenciados por el imperio, la festividad de Halloween, para estructurar una serie concentrada en hablar del terror, un género que tanto en el plano cinematográfico como en el literario ha adquirido en los últimos lustros un notable reconocimiento por parte del público y de un sector de la crítica.

En futuras entregas hablaré de los monstruos clásicos, de los asesinos en serie, del cine gore y de las mejores películas de terror. Pero antes quiero que esta semana nos concentremos en los orígenes del miedo como tal.

Quizás ese resurgir se deba a que esta es una época de incertidumbre, fruto de amenazas de una tercera guerra mundial cuando todas las potencias se muestran entre sí los dientes y sus bombas; cuando la crisis financiera desespera a todos porque cierra puertas y empleos; cuando los terroristas de todos los colores y procedencias nos dominan a partir de sus ataques, y en especial desde sus amenazas.

Uno paga su boleto de cine o compra una obra para que literalmente lo asusten, y uno lo disfruta. Sí será masoquista, ¿no?  Igual, no hay mejor cuento en una noche sin estrellas cuando es de misterio, de suspenso o algo más allá de nuestro control y comprensión, como son los fantasmas, los vampiros, los psicópatas o cualquier otra criatura incomprendida, violenta, malvada y asustada.

Estos seres rompen con el modelo idílico de la belleza exterior, para mostrar esa podredumbre que más de una persona carga encima y trata de ocultar con su mejorada apariencia física o con su chequera o con su apellido supuestamente rimbombante.

Es atractiva esa posibilidad de ir más allá del plano material y de la razón, y dar cuerda a la imaginación y a la paranoia que despiertan los tenebrosos y seductores amos de la oscuridad. Ya lo dijo el maestro Lovecraft: “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

O si nos queremos poner más formales, podemos citar las palabras de Freud: “Lo siniestro en las vivencias se da cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación”.

El cine de terror, precisamente, echa a andar esas incertidumbres infantiles, y los gritos y el desasosiego de los que somos víctimas en las salas de proyección son toda una catarsis, una extraña forma de liberación de estrés. Dime qué te asusta y te diré quién eres en el plano cotidiano; cómo eres a lo interno de tus deseos inconscientes y sabré cuáles son tus frustraciones sociales más prohibidas.

La literatura y el cine nos han alimentado la imaginación con terroríficos relatos protagonizados por otra clase de seres humanos, unos estilizados como el conde Drácula (metáfora de una sociedad que se alimenta de sus miembros más frágiles) o grotescos como la criatura creada por el doctor Frankestein cuando quiso jugar a ser Dios por medio de sus conocimientos científicos.

El primer susto de la historia del séptimo arte no tuvo que ver con hombres lobo enloquecidos ni con zombis hambrientos, sino que fue por culpa de una máquina en movimiento.

Cuando los hermanos Lumiere mostraron por primera vez públicamente el cinematógrafo (luego de presentarlo a fotógrafos e industriales) en un café de París en diciembre de 1885, mostraron una veintena de cortometrajes, pero fue uno el inolvidable por su capacidad de intranquilizar al espectador.

Se trataba de La llegada del tren, y cuentan que cuando la audiencia vio ese tren que avanzaba irremediablemente, pensaron que se saldría de la pantalla e iría a parar adonde estaban ellos, y unos saltaron de sus sillas; otros se desmayaron; unos más salieron huyendo. Sin querer, inventaron las bases del género cinematográfico del terror.

Que yo recuerde, la primera película de terror que vi en el cine y que me puso a temblar de pies a cabeza, a desesperarme en la butaca como nunca antes, y que no me permitió dormir en paz (tuve que hacerlo con las luces encendidas por más que protestó mi mamá) fue La noche de Halloween (1978) del maestro John Carpenter.

Se trataba del tercer filme de Carpenter, que rodó con eficacia en apenas tres semanas y con un presupuesto ínfimo. La vi un domingo en la tarde en el hoy desaparecido Teatro Variedades, ubicado al frente del parque de Santa Ana. No recuerdo cuál fue la otra película que dieron (lo normal en los cines de barrio era que te ofrecieran dos producciones por el precio de una), lo que tengo claro es la sensación de intranquilidad que generó en mí cuando ese hombre, que no sabemos al principio quién es, toma un cuchillo y rebana a una pareja que estaba en la emoción de los besos y los abrazos más apasionados.

Ese tipo, Michael, era un monstruo moderno, un amante de la sangre, un tipo reprimido en lo sexual y en lo afectivo, un especialista sádico, sin moral y sin emoción, que pasa entonces a convertirse en uno de los primeros psycho-killer de la pantalla grande.

Cuando salí del Variedades eran como las 7:00 p.m. El camino a mi casa representaba transitar por 12 calles del barrio de San Felipe. Acababa de encontrarme en el cine con un nuevo ser maligno, que esta vez no tenía colmillos ni orejas puntiagudas ni se le podía intimidar con una cruz.

Ahora el malévolo personaje podía ser cualquier persona que pasara a mi lado y que sus valores sociales estuvieran lo suficientemente trastocados como para dejarme en pedacitos de carne fresca regados por las calles estrechas del barrio. Más que andar, casi trotaba para llegar lo más rápido posible a la Calle Primera. Viaje largo aquel. Siempre había alguna esquina con algún foco dañado y entonces imaginaba que de ese zaguán saldría un Michael versión istmeña.

Cuando estuve en mi cuadra sudaba a borbotones y sentía un frío cortante por las venas. Subí corriendo las escaleras de ese edificio de cuatro plantas, sin ascensor, abrí apresurado la puerta del apartamento en el último piso, y en penumbras porque mi mamá estaba donde una vecina.

Comencé a encender todas las luces del cuarto por si Michael estaba por allí, agazapado. Luego fui directo a mi habitación y no pude quedarme quieto, por más que puse un programa de comedia en la televisión, mucho menos pensar en dormir porque escucha los lamentos del personaje encarnado por Jamie Lee Curtis.

Cuando llegó mamá me trató con mucha ternura, me dio un lindo discurso de adulto de que aquello era pura ficción y que esa clase de villanos no existían de verdad, pero mientras ella hablaba y me acariciaba mi cabello ensortijado, yo me sentía indefenso al recordar claramente la sangre y las vísceras de las víctimas de Michael, ese muchacho marginado que de niño eliminó a sus padres sin mayor asco, y que cuando escapó de un psiquiátrico agredió y asesinó a cuanta persona encontró en un pueblo que lo avasalló.

¿Recuerdas cuál fue la primera película de terror que viste en una sala de cine o en tu casa? ¿Con cuál diste ese primer grito que no has podido olvidar?

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