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08 sep De ‘Yo quiero a Lucy’ a la ‘Familia Adams’

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La oferta que ofrecía la televisión que me tocó de niño la recuerdo con mucho cariño. No es que toda la programación que brindaba la pantalla chica de aquel entonces fuera envidiable, pero sí había algunos programas que eran realmente estupendos.

De los que tengo buenos recuerdos se estrenaron en su lugar de producción, Estados Unidos, principalmente entre mediados de la década de 1950 y finales de los años de 1970. 

Algunos de esos programas llegaron con cierta demora a Panamá, pero la emoción no pierde vigencia porque cuando uno los vuelve a ver hoy día se mantiene intacta la emoción que sintió en el pasado, ya que sus personajes siguen logrando algo que es esencial en todo producto imaginativo, ya sea de cine, televisión o literatura: que esos personajes se conviertan en un miembro más de nuestro entorno de amistades.

Comencemos por Bonanza, que la cadena NBC proyectó en Estados Unidos entre 1959 y 1973, sobre la noble familia Cartwright, creada por David Dortort y Fred Hamilton, y mostraba la versión más light, sana y acogedora del viejo oeste estadounidense, que yo recuerde.

¿Quién puede olvidar a una de las más encantadoras y traviesas amas de casa de la pantalla chica y a su esposo, un neurótico músico cubano? Sí, es Yo amo a Lucy (1951-1957) con Lucille Ball y Desiderio ‘Desi’ Arnaz, quienes estaban casados por partida doble: en la vida real y en la ficción.

Esa relación tan especial incluyó en varios de los capítulos a sus propios hijos, que obviamente hacían las veces de sus retoños en los capítulos que uno devoraba cada semana porque deseaba ver en qué líos se metía Lucy.  Ah, sin olvidar a sus peculiares vecinos Ethel (Vivian Vance) y Fred Mertz (William Frawley).

Por su parte, la Warner Brothers siempre ha sentido una fascinación por el continente africano, donde ocurrieron varias de sus grandes películas (desde la serie de Tarzán hasta Mogambo), aunque los rodajes se hicieran en sitios de la ciudad de Los Ángeles (EU). 

Por eso no debe sorprender que en esa parte del mundo se desarrollara la serie ideada por Art Arthur e Ivan Tors para la Warner: Daktari (1966-1969), en torno a un veterinario que defendía como nadie a los animales salvajes de las regiones de Zaire y Kenia. Además de otros seres humanos que le daban la mano en esta justa batalla, había otros que le daban literalmente sus patas para colaborar con la protección de la fauna africana: la chimpancé Judy(le dieron un Emmy simbólico por su labor) y el león Clarence.

Entre 1964 y 1972 uno de los productos más queridos para muchas familias fue Mi mujer es hechicera, creada por Sol Saks, sobre una inquieta hechicera que se enamora de un torpe mortal. Aunque la verdad, el personaje más delicioso de todos era la suegra, que no solo era bruja, sino que además era astuta, necia y simpática (fue encarnada por la genial Agnes Moorehead). En 2005 se hizo una desafortunada versión cinematográfica con Nicole Kidman a la cabeza. 

Hablando de clanes, ninguno tan encantador y políticamente incorrecto como La Familia Adams, que si bien solo estuvo en el aire en Estados Unidos entre 1964 y 1966, sí recibió nuevas versiones en la televisión en los años de 1980, y en la década de 1990 se hicieron dos propuestas fílmicas de lo más divertidas.

De esta serie original de la ABC, me encantaba ver esa tierna y retorcida relación que había entre el padre y la madre de los Adams, interpretados por unos estupendos John Astin y Carolyn Jones, así como su forma de criticar el comportamiento social de la clase media con chistes agudos. 

Otros que eran fascinantes en su mundo cínico y lleno de sátira social eran los integrantes de  La Familia Munster (1964-1966), surgida de las mentes de Norm Liebmann y Al Burns (entre otros) y fue la respuesta de la CBS a los Adams.

Sobresalía Fred Gwynne como esa dulzura gigante que era Herman Munster (y eso que el proceso de maquillaje le tomaba más de tres horas al paciente de Fred), la no menos estimada Lily (una bella Yvonne De Carlo) y el vivaracho e inventor abuelo (un meritorio Al Lewis). 

A quien le gustaba la acción criminal, entonces, el producto predilecto era Los Intocables (1959-1963), en torno a un grupo de valientes detectives que luchaban contra los mafiosos durante la década de 1930 con la depresión económica y la Guerra Seca como telón de fondo. Inolvidable Robert Stack como el incorruptible Eliot Ness, igualito que ciertos representantes de la ley y el orden de este país.

Otra serie conocida, pero de acción criminal, era Misión Imposible (1966-1973). Bruce Geller echó mano de la fiebre por el espionaje que despertó entre los espectadores el comienzo de la saga de James Bond (Dr. No se estrenó en 1962) y se enfocaron en un grupo de élite especializado en combatir peligrosas organizaciones terroristas. Entre su elenco sobresalían actores como Martin Landau y Peter Graves. Después Tom Cruise, como intérprete y productor, llevó el germen del programa al cine con bastante tino.

En una línea parecida, aunque algo torcida, estaba esa deliciosa parodia que fue El Súper Agente 86 (1965-1970). Insuperable Don Adams como el atolondrado Maxwell Smart, Barbara Feldon como la paciente Agente 99 y Edward Platt como el particular jefe de ambos. 

Hace unos tres años se hizo una especie de remake para el cine de la idea de Mel Brooks y Buck Henry de burlarse de la Guerra Fría, aunque sin mucho mérito si lo comparábamos con la producción de los años de 1960.

Larry Cohen se aprovechó precisamente de la psicosis de la Guerra Fría (la eterna lucha entre Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética por ver quién se quedaba con el control geopolítico del planeta) y de la posibilidad del fin del mundo por culpa de alguna bomba atómica suelta por allí, la combinó con algo de drama y mucho de ciencia ficción. El resultado fue la interesante Los Invasores (1967-1968), de la cadena ABC. 

Una visión más humorística, sin tanta gravedad, pero sí con mucho sentido familiar y de ciencia ficción urbana era Mi marciano favorito (1963-1966). Recuerdo gratamente a Ray Walston como el peculiar tío Martin, quien tenía una galería de habilidades como desaparecer a su antojo y hablar con cuanto animal se topara.

A mediados de los años de 1990 se intentó revivir este programa sobre la convivencia de personas de distintas partes, creado por John L. Greene, con un largometraje que no cumplió con las exigencias del caso. 

Otro que utilizó elementos de la ciencia ficción y el amor por la carrera espacial fue Irwin Allen cuando se le ocurrió Perdidos en el espacio (1965-1968). Lo simpático es que el argumento en torno a la familia Robinson (más el doctor Smith y su robot) se desarrollaba a finales de la década de 1990 y es curioso cómo veían ese futuro, que para nosotros es ya pasado, y observaban los aspectos que no se cumplieron y los que sí.

Por esos años, el cine animado para adultos comenzaba a dar sus primeros pasos con la mítica Los Picapiedras (1959-1966). El dúo dinámico de Joseph Barbera y Ralph Goodman mostraba a través de la cadena ABC los retos de la clase media estadounidense en la prehistoria, pero simplemente usaban el ayer para hablarnos del presente. 

A la ABC le gustó mucho eso de conocer la sociedad del momento a través de dibujos parlantes. Por eso aceptaron el proyecto ideado por Chuck Couch y Evelyn Gabai: Los Supersónicos, quienes apoyados por la experiencia de Hanna y Barbera nos propusieron cómo iba a ser el mañana con robots que eran desde mayordomos hasta profesores.

El futuro también era el hogar de una franquicia sin igual: Star Trek (1966-1969). La NBC nos permitió estar en contacto con seres inolvidables como el honesto capitán Kirk (William Sharner) y el racional Sr. Spock (Leonard Nimoy), quienes defendían el universo de los malvados de turno. Ambos eran líderes increíbles, dueños de tantos valores morales y éticos, igualitos que los políticos terrícolas nacidos en Panamá. 

Termino aquí porque la lista es interminable, y tampoco debo abusar del espacio de este blog semanal. Esto solo es el principio, más adelante vendrán más títulos emitidos en la pantalla chica. Espero que este corto viaje haya sido grato para aquellos que vivieron esa época gloriosa de la televisión, y para los que no han tenido la oportunidad de ver estos programas que he citado, les comento que hay canales por cable que actualmente proyectan muchas de estas series y con alguna frecuencia. A los más jóvenes les prometo que en un futuro cercano hablaré de lo mejor de la televisión actual, que también tiene muchas joyas por comentar.

Para no quedarme solo con mis recuerdos, ¿recuerdas algunas de estas series televisivas clásicas? ¿Cuál programa de televisión te gustaba cuando eras chico?

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