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01 jul El universo teatral de Agustín Del Rosario

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Es una aventura por los procesos, las esperas y todo lo que conlleva hacerlo posible.

Es un acto de fe, porque se trata de un ser humano que se dedica por días, semanas y años a pensar, a crear, a imaginar, siempre en solitario, y todo ese caudal acumulado lo lleva luego a la palabra impresa y lo comparte con un lector, muchas veces anónimo, con la ilusión de entablar una comunicación con otro ser humano.

La obra Agustín del Rosario: Teatro, además del halo de aventura y de entrega de conocimiento y emociones que contiene, es un homenaje y un reconocimiento a un amigo.

Eso fue lo que hizo el arquitecto Jorge Horna, quien se convirtió en un buscador incansable de las historias escénicas del profesor Del Rosario.

De igual manera, es la ocasión perfecta para felicitar a la Universidad de Panamá por hacer posible esta obra, que será no solo leída por teatristas y espectadores, sino también por investigadores, críticos de arte, historiadores y los lectores de Agustín, quien fue uno de los más importantes periodistas culturales de este país, a quien tuve el honor de conocer como estudiante de Periodismo en la Facultad de Comunicación Social y después como colega de un oficio que lo apasionó tanto como escribir teatro y poesía.

Son escasas las obras que rescatan la labor de nuestros autores. Por eso, celebro tanto que tengamos reunidos los textos del profesor Agustín, ya que él pertenece a una pequeña cofradía de dramaturgos relevantes de Panamá.

El teatro es la Cenicienta sin príncipe azul de las letras nacionales. Una prueba es que la sección teatro es la que mayor cantidad de desiertos ha tenido en el devenir del concurso Ricardo Miró.

Son apenas un puñado los escritores que han sabido volcar sus preocupaciones y sus esperanzas en las tablas. Algunos miembros de ese reducido colectivo son Rogelio Sinán, José de Jesús Chuchú Martínez, Raúl Leis, Rosa María Britton, Jarl Ricardo Babot, Roberto Mckay, Edgar Soberón Torchía, Roberto Quintero y, por supuesto, Agustín Del Rosario.

Aunque hemos avanzado algo, todavía tenemos otra materia pendiente en este país. Que los directores y los productores de teatro se animen a llevar más piezas de nuestros dramaturgos a escena, que se cuenten historias que tengan que ver con Panamá y su gente, sin dejar de lado las creaciones de otras latitudes.

Sería genial que la comunidad teatral se anime ahora a realizar montajes de El alto y el bajo, A veces esa palabra libertad,   El juego de todos los juegos y tantas otras piezas de Agustín que se recogen en el libro que ahora nos ocupa.

El teatro de Del Rosario presenta personajes marcados por el desarraigo, envueltos en atmósferas sobrecogedoras cuando su autor le escribe a los adultos o se desarrolla la realidad ficticia en ambientes tiernos e inocentes cuando piensa sus textos para los niños.

Leer sus obras, llenas de ironía y tensión dramática, es apostar por esa literatura que ofrece palabras y hechos poderosos y orgánicos, que nos hace indignarnos, que nos lleva a reflexionar, a reír y a llorar, un vehículo para llevarlo a uno un poco más allá: a desear cambiar el mundo.

Otro motivo que hace recomendable el teatro del profesor Del Rosario es que sus páginas lo ayudan a uno a no olvidar los males que han atacado a este país y al planeta desde hace buen rato: la explotación de los más desprotegidos económicamente a manos de un puñado de sinvergüenzas; la impunidad de una clase política que le roba a un pueblo y casi nunca le pasa nada; los miles de personas que viven en este istmo hipotecado con la ilusión incumplida de tener un hogar decente, con calles pavimentadas, con escuelas seguras, y unos padres y madres que por más que se esfuercen no siempre le pueden brindar un futuro digno a sus hijos y nietos.

Su teatro se concentra en viajar por ese universo argumental, que tristemente no ha dejado de ocurrir en Panamá, ni siquiera tras el regreso de la democracia: el de los pobres que duermen con la esperanza de un mañana justo que no llega por completo; el de los estudiantes que esperan vivir en un país sin presidentes prepotentes y egoístas, de trabajadores que laboran hasta el cansancio sin mejorar su situación laboral, de una sociedad que prefiere lo superficial a lo natural, de gobiernos que abusan de los suyos y se les ríe en la cara como se plantea en A veces esa palabra libertad, El alto y el bajo y El juego de todos los juegos.

Hoy, varios aspectos de los dramas de este autor tienen un halo de nostalgia por el tiempo perdido, pues ya en nuestras calles no hay tantos vendedores ambulantes que te ofrezcan flores frescas o te intercambien naranjas por botellas como sí aparece en sus obras, escritas con rigor y estilo, de forma luminosa y provocadora, aunque con cierto sabor al desencanto.

En esta endemoniada ciudad caótica también se va perdiendo el sentido de barrio y de solidaridad con el otro, ese ambiente que todavía yo viví en el San Felipe de los años de 1970, cuando mis vecinas eran mis segundas madres con derecho a regaño y los chiquillos de mi piso eran mis segundos hermanos con derecho a compartir, y que también se retrató con tanta vivacidad en A veces esa palabra libertad.

Mientras que Un reino imaginario es un monólogo sobre un vanidoso y dominante muchacho que ordena el universo a partir de sus ideas que ofrece a los hipnotizados espectadores de un montaje, es decir, como hacen los escritores con sus historias mezcladas de ficción y realidad.

En tanto, El Alto y el Abajo es un título logrado porque usa correctamente para sí las técnicas del teatro del absurdo heredado de Ionesco y Beckett, con parlamentos generalmente cortos, punzantes, hirientes. El resultado es un brillante ejercicio de estilo. Estamos ante el más revolucionario y experimental de los textos de Agustín Del Rosario, ya que ofrece un cóctel de dolor y placer en iguales cantidades.

Por su lado, El juego de todos los juegos es de corte tan político como A veces esa palabra libertad; en ambas analiza Del Rosario el precio que se debe pagar para alcanzar la justicia y el progreso. Presenta a sociedades heridas, atrapadas y acuciadas por el miedo que generan los abusos y arbitrariedades de los que están al final de la torre.

Por eso, el teatro de Agustín Del Rosario, como toda literatura en mayúscula, termina siendo un testigo de las desventuras, los desaciertos y los avances de una época determinada; sus obras son además una forma de dar un paseo por las tinieblas y las bondades del alma humana, por ese corazón y esa mente que les permite a los hombres y mujeres soñar y desear, conocerse y confundirse, retroceder y construir.

¿Han leído las obras de teatro o los textos periodísticos de Agustín Del Rosario? ¿Alguno fue alumno del profesor Agustín? ¿Quién es su dramaturgo (a) nacional predilecto?

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