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Amor y terror al agua

Cuando aprenden a nadar. Cuando aprenden a nadar.
Cuando aprenden a nadar.

Marti Ostrandermartirene@prensa.com

DIFERENTE I Una de las ventajas de tener múltiples (léase por esto tres niños o más a la vez) es ver como cada uno tiene gustos y disgustos diferentes. En mi caso, tres de los que ya tienen 19 meses aman el "agua" (la piscina, playa y el mar) y otro la odia: le tiene terror y pavor. Gretel Irene, la única niña, es la más arriesgada. No le tiene miedo a nada, y si le ponen una piscina en frente, se avienta sin pensarlo. Ya una vez se tiró al agua (con mi esposo y yo allí, claro); yo la dejé que tragara agua, a ver si le agarraba algo de respeto. Pero no, salió tosiendo y con la barriga inflada, y no habían pasado 10 segundos cuando se volvía a tirar. Diego y Peter son similares. También les encanta el agua, pero muestran preferencia por la piscina (no les gusta la arena). Ni siquiera les molesta esa agua helada que hace que más de uno se ponga morado: si por ellos fuera se pasarían el día enteros tal cual pescados.

GUSTOS I Jack ...es otra historia. Odia la piscina. Odia el frío. Grita como un gato en celo si alguien se digna a sugerirle que meta el dedo gordo del pie al mar, o a una piscina honda (las chicas no le molestan tanto). Creo que el problema de él es control: mientras que toque pie, no tiene problema, pero eso de depender de otra persona como que no. Francisco, mi hijo mayor (que ahora tiene cinco años), era igual. Pero a diferencia de Jack, yo lo forcé a tomar clases de natación de pequeño (18 meses), y lo obligaba a bañarse conmigo en la piscina grande. Ese error no lo vuelvo a cometer. Francisco le tuvo miedo al agua por años; sus gritos cuando alguien lo metía en una piscina se escuchaban por lo menos un kilómetro a la redonda. El niño verdaderamente sufría con las piscinas. Pero todo cambió cuando sus amigos comenzaron a nadar. Entonces, y solo entonces, él decidió que también iba a aprender (cosa que hizo en tres clases). Hoy Francisco nada, bucea, se tira a la piscina y hasta está aprendiendo a hacer vuelteretas. Quien lo ve ni se imagina la tortura que era antes eso para él. Por eso no me preocupo por Jack. Ya sé que, cuando sus hermanos aprendan a nadar (les enseñaré a los cuatro años, no antes) el también lo hará, pero a su propio ritmo. Porque cada persona es diferente, y él me recuerda eso todos los días.

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