Comida casera, hecha por otros

La nueva tendencia culinaria retoma la tradición de preparar los alimentos colectivamente y comerlos en casa.

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MANOS A LA OBRA. Michael Cirino prepara uno de los platos. CORTESÍA/A Razor, A Sharp Knife MANOS A LA OBRA. Michael Cirino prepara uno de los platos. CORTESÍA/A Razor, A Sharp Knife
MANOS A LA OBRA. Michael Cirino prepara uno de los platos. CORTESÍA/A Razor, A Sharp Knife

Algunas cosas empiezan donde otras terminan. La tradición de comer en casa, ya sea tras largas horas frente al fogón y unas copas de un buen tinto, o después de unos minutos de cocina colectiva, es decir, después de que todos los comensales han picado, revuelto y freído, se ha ido perdiendo.

Según el psicólogo estadounidense David M. Buss, compartir la comida es una actividad social importante, que permea las preocupaciones psicológicas, el discurso verbal, la interacción social, y las creencias.

Esta necesidad de volver a compartir los alimentos y su preparación ha impulsado los 70 restaurantes underground que, según The New York Times (NYT), ha surgido en el último año.

Es una nueva legión de amantes de la cocina que se apodera de apartamentos, granjas y edificios semiabandonados para preparar viandas y servir a comensales cansados de los restaurantes de siempre.

Uno de estos es el proyecto culinario neoyorquino “A razor, a shiny knife”, liderado por el chef colombiano Daniel Castaño -de 31 años y dueño de los restaurantes Emilia Romagna (Colombia)- y por Michael Cirino, entusiasta de la cocina.

Cuenta Castaño que el proyecto nació “orgánicamente”. Lo que comenzó como una tarde de juegos de mesa los domingos, seguida por una cena, se convirtió en una tradición a la asistían amigos de amigos. “Las cenas se fueron planeando: hacíamos el menú e incluíamos cosas elaboradas”, rememora Castaño.

Consciente del éxito que estaba teniendo el proyecto, Cirino y Castaño crearon un blog donde contaban sus aventuras y publicaban el siguiente menú para que la gente reservase su puesto.

Ahora, el lugar de preparación parece un laboratorio, más que una cocina. “Trabajamos con nitrógeno líquido, hidrocoloides que son como gelificante, máquinas para empacar al vacío”, sostiene.

En ese proyecto, los comensales participan desde que se sacrifica al animal hasta que se lavan los platos. “El año pasado descuartizamos un jabalí en una granja e hicimos la demostración del proceso. Luego preparamos siete platos con ese animal”, dice Castaño sobre esa hazaña, que el NYT clasificó como “una experiencia única de escuela de cocina guerrillera”. Por experiencias como esa, las personas han llegado a pagar hasta $ 350.

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