Desechado por la sociedad

ARDER. Cuando salí de mi barraca en Curundú, no sabía que nunca volvería a ver mis libros y mis pocas pertenencias. Tengo 27 años y lo que gano trabajando 12 horas como palanca en un taxi solo me sirve para cubrir mis gastos en la Universidad de Panamá, comer y pagar la pensión alimenticia a mi hijo. Cuando mi barraca comenzó a arder ni voltee la cabeza; ya sabía que tarde o temprano ardería como arde la rabia cuando uno es percibido como productor de desperdicios.Las barracas son duras y peligrosas, y más dura es el alma de los que vivimos en ellas. Muchos ya se han rendido. Otros se entregan a la violencia de las pandillas como una forma de exigir el respeto que jamás podrán obtener del gran mundo que hay afuera.

ESCAPAR. Las drogas y el alcohol son otras formas de volar lejos de aquí, a un lugar negro y azul, donde por unas horas yo ya no soy yo, sino que soy la nada. Cuando soy la nada ya nadie puede juzgarme por ser el estiércol de esta sociedad. A veces nos emborrachamos y a veces fumamos hierba o decidimos tatuarnos, porque así las marcas que se mezclan entre la tinta y la sangre nos unen contra un mundo que nos rechaza e intenta cerrar los ojos para no vernos. Es nuestra forma de protestar y sentirnos fuertes juntos, aunque solo sea una estúpida mentira.

SOBREVIVIR. Nuestros lentes no son como los de los ricos, que los usan para protegerse del sol. Los nuestros sirven solo para esconder la ira y sentir menos el desprecio de los demás. Nuestras mujeres a menudo tienen el vientre hinchado porque van cargando droga u otro hijo que necesitará una pensión. La ropa no es para cubrir nuestra vergüenza sino para intentar mezclarnos con las sombras. Vestimos diferente, olemos diferente, caminamos diferente. Somos diferentes, somos parte de la pestilencia de una ciudad que ya se olvido de nosotros. Somos los defecadores y cada día somos más.Nadie soporta los gritos que guardan las barracas, nadie puede entender de dónde y cómo es que tantos vivamos en este estado de absoluta fealdad. Un estado de primitivismo tan letal que ni siquiera el sol nos es permitido. Como dice Juan Goytisolo en una de sus novelas, somos "excrementos del cuerpo social que, luego de ser comprimidos y triturados en el estómago e intestinos de los poderosos, caen en las letrinas por el despeñadero del recto". "¡Sí, somos heces, materiales fecales, cuyo olor y vista ofenden narices y ojos de la gente guapa!". Veo claramente lo ocurre en mi barrio, veo lo que acaece en Panamá desde mi taxi. Veo lo que sucede en mi universidad. Si entiendo el todo, es porque soy el residuo de ese todo.

INSISTIR. No me importa trabajar 12 horas diarias, estudiar cuatro y dormir tres. Eso se llama realidad. No me quejo, es mi vida. Lo que me jode es la mentira que me rodea. Si un rico roba no pasa nada, si uno de mi barrio lo hace, vienen en arreos a combatir dizque la maleantería. Muchas de las drogas que vendemos son para Punta Paitilla, y quienes nos las venden son, al final, amigos de la policía. Nuestras mujeres sirven de empleadas a los que tienen; otras se venden con tal de comer. Somos la parte podrida de una sociedad que nos usa y abusa y luego nos critica, condena y desecha.Millones y millones dizque para ayuda social, ¿dónde están? Los políticos se roban la plata diciendo que es para ayudarnos, y luego nos miran mal porque existimos. ¿Cómo podrían ellos ser ricos si nosotros no existiésemos? ¿Quién es peor, ellos o nosotros? El incendio fue a las 6 de la tarde del 6 de noviembre. Prendí la radio del taxi y me alejé con la cabeza gacha. En mi barrio un hombre no llora. Ya de niños aprendimos que si no eres duro aquí no vives. Amanecerá y veremos. Si no entrego mañana el dinero de mi pensión voy preso. Una señora me hizo señales de parar, me pidió que cambiara mi música, se quejó de que el taxi no tenia aire, me regateó el cuara y me dio un consejo. "Reza el rosario 10 veces al día, hijo, eso te apartará del fuego eterno". Creo que el infierno está en la tierra y que el diablo vive cerca de Curundú.

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