Volvemos a encontrarnos con la desaparecida ciudad.

Leyendas de Panamá la Vieja

Son tantas las imágenes que nos han dejado y nos seguirán dejando centenares de artistas a través de los años, de múltiples países y los más diversos materiales que es labor más que complicada saber cuál escoger. Nos referimos, como ustedes ya lo han captado, a las referentes a Cristo. Y es que del hijo de Dios eran las reproducciones que motivan a nuestras ‘Raíces’ de hoy. La primera imagen que hemos encontrado realmente fue elaborada con marfil, esa sustancia que se encuentra en dientes y colmillos de muchas variedades de vertebrados. Es un trabajo que fue hecho en África. La segunda -también preciosa- fue hecha de madera y proviene del mismo continente, que tal como lo vemos es lugar en donde las más diversas artes también son dignas de atención. De seguro que es ébano la madera que aquí se utilizo. La tercera nos parecía, además de llamativa, más que original; para ella se utilizó nada menos que la paja, y fue en México donde se le trabajó. Hemos dejado de último la imagen original, la de Cristo de Burgos del siglo XVI, la que dio motivo a esta crónica de hoy. Como vemos, hemos tomado referencia de las más variadas, pero que inicialmente tuvieron que ver con Panamá.

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Debemos nuevamente a la prolífica imaginación, iniciativa y conocimientos de nuestro historiador Ernesto J. Castillero Reyes, la publicación de Leyendas e Historias de Panamá La Vieja, recopilada por él y editada por producciones Erlizia en 1998, y de la cuales han salido hasta ahora dos ediciones que, de seguro y así lo deseamos, serán muchas más.

Allí uno puede recrearse leyendo y releyendo tanto magnífico fruto literario que los panameños también hemos podido producir.

Aconsejamos que la obra citada se adquiera, ya que actualmente en varios populares lugares eso se puede lograr.

Hoy vamos a reseñarles a ustedes una de los artículos que con sumo agrado y complacencia hemos encontrado allí; su nombre es “El Cristo que estuvo preso en Panamá La Vieja”.

El hecho es que en 1592 hubo de pasar por nuestro Istmo una imagen del Cristo crucificado con destino a la ciudad de Lima, la capital del Perú. Era una réplica de una famosa obra hecha en la ciudad de Burgos en España.

Fray Antonio Montes de Arroyo era un muy íntegro religioso que habitaba en esa localidad peruana y que quiso siempre ser dueño, aunque no fuera el original, de aquella reliquia.

Nuestro fraile dio a un comerciante y a un amigo de este que viajaban a España el encargo de tratar de conseguir la pieza en mención.

El nombre del comerciante se los daremos un poco más adelante.

Como a uno de ellos le fue posible satisfacer aquel beatífico capricho, se logró que le sacasen copia de la original. Mas, las autoridades locales se enteraron del hecho y al duplicado no se le permitió ser tampoco trasladado.

Pero gracias al empeño continuo de Martín Gusuateque, el comerciante, este pudo traer la copia hasta acá, pero al arribar al puerto de Nombre de Dios aquel personaje falleció.

El viaje último al cual nos estamos refiriendo se hizo por medio de una flota de la cual formó parte el barco que traía la dichosa y complicada imagen a su vez que también viajes frecuentes y peligrosas tempestades fueron sufridas por todas aquellas naves en su atormentado viaje.

Se hundieron varias de ellas, desaparecieron muchos tripulantes y pasajeros, mas, la imagen no sufrió.

Naturalmente que existiendo tantas situaciones y que en ninguna de ellas la imagen realmente peligró, fue motivo también más que poderoso para que se considerará aquello como un milagro de marca mayor.

Mas, todo esto aún no tenía fin; una vez que la carga de la nave y su Cristo fueron desembarcados para continuar el periplo ahora a través del río Chagres, este tampoco estuvo tranquilo.

Más hundimientos, más pérdidas humanas y materiales pero la imagen de Cristo, milagrosamente, siempre se conservaba allí.

En Panamá, fueron los descendientes y herederos de Gusuateque los que pretendieron que el Gobierno les reembolsara los gastos efectuados hasta aquí.

Pero aún hay más, nadie sabe cómo el pueblo se enteró de que la imagen estaba aquí.

Y llegó la Semana santa; en esta, al fin se pudo exponer el Cristo, a la vez que los que lo podían admirar depositaban limosnas que a los encargados no les cayeron mal.

Fue, pues, necesario más de un año para que terminara tanta mísera situación.

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