Orfebrería, renacer o morir

Orfebres aseguran que su oficio poco llama la atención entre los jóvenes. Por ello, opinan que o se rescata pronto o desaparecerá.

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NEGOCIO. Carmen compra los metales, los funde y, una vez sólidos, los estira, convirtiéndolos en planchas. LA PRENSA/Luis Eduardo Guillén NEGOCIO. Carmen compra los metales, los funde y, una vez sólidos, los estira, convirtiéndolos en planchas. LA PRENSA/Luis Eduardo Guillén
NEGOCIO. Carmen compra los metales, los funde y, una vez sólidos, los estira, convirtiéndolos en planchas. LA PRENSA/Luis Eduardo Guillén

“Mi papá era joyero y nos enseñó, a mí y a mi hermano, a ser orfebres. Es una tradición familiar. Yo lo hago desde los 14 años”, cuenta Marco Demera, con voz casi inaudible, detrás de una vitrina de la joyería en la que trabaja. “Seré joyero hasta que el Señor me mande a buscar”, agrega con un dejo de melancolía.

Aunque también tiene la orfebrería en la sangre, la historia de Carmen Latorraca, conocida como “La Italiana” en las calles de Calidonia, es un tanto diferente.

Dueña de una pequeña joyería en Calidonia que lleva de nombre su apodo, Carmen cuenta que el negocio era de sus tíos y que ella entró hace 21 años “por error. Mis tíos ‘recogieron’ en la época de oro de Noriega, se fueron de Panamá y yo les compré la joyería”.

Con Carmen trabaja un equipo de hombres, “fieles” al negocio y a ella: Mario Grau, un colonense alegórico con 49 años en el oficio, y Leonicio Paredes Pérez, un kuna tímido con 20 años de ser orfebre.

Mario se familiarizó con la orfebrería a los 13 años en Colón. “De ser joyero me gusta todo: es una profesión, un trabajo... ser orfebre es ser artista”, dice con seguridad. Interrumpiendo, Leonicio afirma: “Yo aprendí en Kuna Yala. En mi tradición, el oro es sagrado”.

Como en casi todas las joyerías del área, el trabajo se divide en La Italiana: Carmen compra el oro y la plata, luego funde los metales y, una vez sólidos, los estira con una máquina, convirtiéndolos en planchas.

“Ella corta las láminas de acuerdo al peso de las piezas. Las pesa y se las pasa a Leonicio, que hace el grabado”, explica Mario, mientras Leonicio dice en voz baja: “A mí me gusta hacer el diseño y dibujar. Si no sabes dibujar, no avanzas”.

Mario es el joyero. Él hace los cortes y aplica las piedras en caso de que el cliente así lo quiera. Por último, se pulen las piezas.

Los precios de cada pieza dependen del peso y el valor por gramo del oro en el mercado. “Cuando comencé, el oro costaba $1.25 por gramo”, recuerda Mario.

Ayer, el precio del oro en Hong Kong, China, subió $8.99 por onza troy para quedar en $908.33. Una onza troy equivale a 31.1 gramos.

Los clientes más frecuentes de La Italiana son extranjeros y panameños residentes en Estados Unidos (EU), a quienes una pieza única y hecha a mano les resulta más barata en Panamá que en otros países.

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