Psicólogo en casa Una luz de esperanza

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ENFERMEDAD. La conocí hace tiempo. Fue en un almacén de ropa. Ella tenía por aquel entonces 22 años. No dejaba de hablar con la cajera. Decía un montón de cosas sin sentido saltando a cada rato de una idea a otra, gesticulando y sin parar de moverse. La empleada no parecía hacerle caso. "Está loca" me dijo bajito cuando me acerqué al mostrador una vez llegado mi turno para pagar."¿Cómo te llamas?", le pregunté. No me contestó al instante. Turbada, giró su cara y mirando a otra parte me dijo: "Irene". Acto seguido se marchó. Me quedé pensando en ese nombre tan bonito y en lo curioso del personaje cuando en eso se me acercó la dueña de la tienda, una amiga de la infancia. Me comentó que Irene iba últimamente casi a diario por allá. La gente del barrio empezaba a tomarle cariño porque a pesar de sus rarezas parecía bonachona e inofensiva.

Esquizofrenia era el diagnóstico que al parecer le habían hecho cuando cumplió los 18. No volví a verla hasta hace poco, seis años después de nuestro primer encuentro. Además —qué casualidad— en el mismo lugar. Esta vez se le veía distinta. Su cuerpo, a diferencia de antes, parecía estar conectado con su mente. Ahora se desenvolvía con soltura y de forma menos pastosa. Pero quizás lo que más me llamó la atención fue el hecho de que parecía haber recuperado la cordura. Curiosa, me tomé el atrevimiento de acercármele. Le dije que me acordaba de ella y le conté cómo había sido nuestro encuentro. Para mi sorpresa, me topé con una Irene más pausada al hablar y menos desconfiada. No tuvo repararos en contarme qué había pasado con su vida desde entonces.

SUPERACIÓN. Al parecer, y tras un peregrinaje con varios psiquiatras que nada habían logrado, se encontró con un galeno que pudo ayudarla mucho y sobre todo, pudo conseguir que fuera ella misma su mejor aliada. "Hasta entonces no había hecho nada por mi vida. Había empezado la carrera de Administración de Empresas pero nunca la terminé. Mi doctor me hizo ver la importancia de tener un proyecto. Siempre me gustó la pintura pero nunca la tomé muy en serio. Cuando me di cuenta de que me podía ayudar me animé a matricularme en unos cursos. Una vez los empecé me agarré a ellos cual clavo ardiendo, consciente de que en esos momentos no estaba en condiciones de estudiar ni trabajar". El nuevo facultativo también logró que fuera constante con su medicación. "Ahora mismo sólo tomo dos fármacos —me contó— un antidepresivo y la risperidona (un antipsicótico). Pero no me siento un bicho raro, también los diabéticos han de pincharse insulina a diario. "Y así estuvimos un buen rato conversando, cual amigas de toda la vida. Yo la escuchaba interesadísima porque tenía en frente mío a una mujer a la que no podía más que quitarme el sombrero. Su historia de superación personal era admirable. No es que la patología hubiera desaparecido pero gracias a su esfuerzo, las atenciones que le dispensaron familiares y amigos y el empeño de su médico, ésta ya no se manifestaba de manera descontrolada. Pero este caso no es el único. Eso a pesar de que dominar a la bestia que supone la esquizofrenia no es nada sencillo. No en balde se le considera una de las enfermedades mentales más graves.

Y no es para menos. El sufrimiento que la enfermedad produce al paciente y a los que viven con él es extraordinario. Porque convivir con alguien con alteraciones del pensamiento y al que le cuesta comunicarse es complicado. Y por encima con dificultades para distinguir la realidad de la fantasía. De hecho, el esquizofrénico puede creer que es otra persona. También que hay un complot en su contra, se le vigila o espía con aparatos especiales, cámaras o videos escondidos. De igual manera puede estar convencido de hechos extraños o imposibles como el que le roben o controlen los pensamientos. Además, no es infrecuente que escuche voces que le hablan y dan órdenes o que vea cosas que no existen. Por otro lado, sus sentimientos son difíciles de entender y casi no los expresa con palabras ni con la expresión de la cara.

Su vida familiar, social y laboral a menudo está alterada por una conducta extraña e incomprensible para los demás. Por encima no es infrecuente que carezca de objetivos, actividades concretas y productivas y que se aísle de la gente. A pesar de todo puede que piense que no está enfermo y se rehúse a ir al médico o tomar los medicamentos. Pero la historia de Irene demuestra que los síntomas pueden ser paliados. La información y ayuda recibida por su psiquiatra y los fármacos han sido unas armas insustituibles. Gracias a ambos logró desarrollar comportamientos sociales que evitaron su deterioro y favorecieron su incorporación en la comunidad.

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