Psicólogo en casa La vida en segundos

Hay que vigilarlos.  Hay que vigilarlos.
Hay que vigilarlos.

EXPERIENCIA. Aunque quisiera no podría escribir de otra cosa. Por más que intento sacar de mi mente las imágenes que hace unas horas viví se me hace imposible. Es más, dudo que algún día llegue a hacerlo completamente. Y no es para menos. En la piscina del edificio en el que vivo se ahogó una niña. Una niña que momentos antes reía y jugaba con un grupito de iguales. Los aspectos morbosos sobran, con lo cual no cabe en este espacio entrar en el juego del sensacionalismo. Sin embargo, una serie de reflexiones para los padres sí que me parece interesante hacer. Para los padres y para mí misma que como todos los progenitores me enfrento día a día a los avatares que rodean la crianza de los hijos. Avatares relacionados con su educación, permisos, estudios, salidas, amigos…

REFLEXIÓN. La primera es que después de lo de hoy, después de sentir tan de cerca el hilo que separa la vida y muerte, pienso que es de tontos dejar escapar los bonitos momentos que podemos compartir con ellos. De tontos y soberbios. Pensar cada mañana, en la promesa de ofrecerles una existencia materialmente cómoda, una buena universidad o que consigan un trabajo bien remunerado hace que uno se pierda en un futuro que quizás nunca llegue. Y si con suerte llega puede que sea sin habernos permitido disfrutar de las cosas del aquí y ahora. Un cumpleaños, el partido de fútbol en el que participarán, la función de ballet de la que son protagonistas, la actividad que organiza su colegio, las idas al parque y al cine, un paseo a la playa… tantas actividades placenteras que ofrecen dicha. Dicha que no dura todo el tiempo, es cierto, pero que mientras dura le permite a uno saborear lo bonito de la vida y unir los vínculos familiares.En definitiva: aprovechar los pequeños momentos. Una de las premisas que se debería tener muy presente. Que no fuera un tópico más de esos que suenan bonito pero que luego pocos aplican.

RIESGO. Eso por un lado. En segundo lugar hay otra cosa algo más concreta y menos cargada de emoción. Y es que no debemos subestimar los peligros que rodean a los chiquillos. No debemos subestimar las circunstancias adversas que hay detrás de juegos que parecen inocentes, de las calles llenas de tráfico, de sus salidas a lugares supuestamente seguros. En contrapartida habría que prestar cuidado a lo indefensos que pueden estar en determinados momentos, a las personas en las que delegamos responsabilidades y en cuyas manos dejamos su cuidado, o la influencia de algún amigo. No sólo por el tema de accidentes sino en general por cualquier situación que se preste para algún suceso imprevisto. Drogas, alcohol y sexo serían aspectos a valorar en el caso de los más creciditos. En este sentido, sé de varios casos en los que un menor ha sufrido algún tipo de abuso, algunas veces por parte de una persona que parecía confiable. Por todo ello, y sin ánimo de ser alarmista y dejarse llevar por la paranoia, hay pues que dejar atados muchos aspectos y tomar las medidas necesarias cuando los niños van a hacer algo que se escape de nuestra supervisión y control.

LÍMITES. Unido a esto surge la última reflexión. Tiene que ver con el tema de los límites. A los menores no se les puede dar todas las alas con las que a ellos les gustaría volar. Hay que decirles muchas, muchas veces la palabra no. Un no fundamentado en razones, pero un no al fin y al cabo. Cuesta pero es necesario.Cuesta porque reaccionan mal, montan berrinches, hacen malos gestos, se ponen rebeldes y hasta desafían. Por ende le hacen pasar a uno un mal rato y encima quedar como el malo de la película. Por el contrario, es mucho más fácil decirle que sí a un niño. Sí puedes ir donde quieras, sí te compro el juguete que quieres, sí tienes la opción llegar a la hora que quieres, sí puedes ver la tele el tiempo que gustes, sí se te permite faltar a tus deberes escolares… Sí, sí y más sí. Paradójicamente esto les hace un flaco favor. Tal y como dice mi profesor de psiquiatría, nada como unos padres muy permisivos y alcahuetes para hacer de un hijo una persona desastrosa en un futuro. Negarles entonces algo —cuando sobran las razones para ello— es un acto de valentía por parte de un padre. De valentía y de amor. Gozar el aquí y ahora con los hijos, no subestimar los peligros que los rodean y ponerles límites. Tres ideas que en unos segundos se me vinieron a la mente. Tres ideas que espero tampoco nunca borrar.

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