Las historias del Mercado de Abastos

Ubicado en el barrio de Curundú, el lugar recibe entre 3 mil y 5 mil visitantes diarios.

Tres asiduos vendedores, entre frutas y verduras, relatan la experiencia que años de trabajo han dejado en ellos.

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La mejor manera de recorrer el Mercado de Abastos es a pie; se mezclan, casi imperceptiblemente, los aromas clásicos de los productos de la tierra: tomate, cebolla, lechuga, pimentón, sandía, piña, naranja, manzana, guayaba... un conjunto interminable de frutas y verduras a precios accesibles y, la mayoría de las veces, de frescura insuperable.

“Hace 35 años vendo tomate y pepino en el Mercado. Antes el Mercado quedaba por la bahía y ahora aquí”, cuenta Casimiro García Santos, un hombre de tez blanca y expresión abierta pero siempre seria. “Vengo en la madrugada, a eso de las 3:30 a.m. A veces se vende bastante, a veces no. Es como una subasta: hoy está bien, mañana baja”.

Casimiro, con una camisa de rayas grises y cremas y engalanado con un sombrero Panamá, pronuncia sin miedo lo que cree.

“La cosa aquí está muy mal de noche: casi no hay seguridad”, explica mientras mira a los presentes con la convicción de que apoyarán su punto. “Los ladrones se meten a cada rato: brincan pa’ dentro y salen de una”, dice.

Son las 5:00 p.m. En medio del calor que caracteriza las tardes de verano, Baudilio Bravo Vergara “cédula 7” porta una camisa manga larga, un sombrero y la más hermosa sonrisa de un solo diente que se ha visto jamás.

“Yo tengo 49 años de venir a vender en el mercado”, comenta con un aparente dejo de orgullo. Y a su lado alguien suelta un suspiro de sorpresa: “yo empecé a venir en el [año] 60”.

Baudilio vende dulces: “le compro mil dulces a una señora en Las Tablas a 15 centavos, y acá los vendo a 25 [centavos]”, comenta.

“No me va muy bien nada”, dice Baudilio mientras ríe, mostrando aquel único diente superior, aunque se trate de algo serio: “ hago lo necesario para poder comer, pero rico no soy”.

“¿Escucho hablar a una lora por allá atrás?”, pregunta al pasar un hombre que disfruta oír el truco que usa Baudilio para atraer a sus clientes. Y Baudilio, diligentemente, imita a una lora parlanchina. A los pocos segundos se acerca un cliente.

Unos puestos más allá, en la Frutería Lágrima, se encuentra Esther Córdoba, una mujer de pocas palabras y a veces de expresiones toscas, pero con una sonrisa tímida y coqueta que resulta difícil de olvidar.

“Yo trabajo aquí desde hace cuatro años”, comenta Esther mientras pesa una papaya. “Acá no tenemos tanta competencia: cuando piden un producto en un lugar que no lo venden, y saben que yo lo tengo, me los mandan a la Frutería”.

El sinfín de productos a bajos precios, la mezcla de aromas y los pintorescos colores pierden protagonismo ante los inolvidables personajes que, entre risas, convierten en toda una experiencia comprar en el Mercado de Abastos.

VEA Los apuros de un mercado

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