El tratar de reformar nunca termina bien

CAMBIOS. Una vez derrocado y asesinado el tirano conservador Gabriel García Moreno, Ecuador volvió a probar la libertad. Los liberales llamaron entonces a Eloy Alfaro para que dirigiera el proceso de la regeneración. Pero aquello no resultó tarea fácil, una gran parte de la población ecuatoriana estaba dominada por ideas y actos desde hacia siglos establecidos, que impedían cualquier intento de rectificación. Pero don Eloy no se desanimó. Estableció la hasta entonces inexistente libertad de cultos y de palabra. Hizo pasar leyes que restaban la hegemonía de poderse guiar por un solo ideario en asuntos de religión. Retiró algunos beneficios pecuniarios que nunca deberían ser producidos por causas en donde lo único que debería premiar era la espiritualidad. Sin embargo, no se olvidó nunca de ser tolerante con quienes demostraban verdadera fe.

OPOSICIÓN. Fue llamado impío, herético, masón. Es verdad que a los religiosos extranjeros los exilió, lo mismo que en varias ocasiones hicieron con él. Desde entonces demasiados enemigos más que poderosos se ganó. También defendió al indio y su educación, otra razón para que sus enemigos lo hostigaran. Quizás actuó algunas veces con demasiada precipitación. A pesar de que realmente quería la paz, en ningún momento la consiguió. Se propuso además construir el ferrocarril Quito-Guayaquil. Una real necesidad, pero sus enemigos no veían más que un falso afán de enriquecimiento por parte de él. Gran mentira en realidad, muchas veces relataron los inversionistas que acudían al Ecuador, cómo Alfaro también los expulsaba cuando se atrevían a proponerle cualquier tipo de negociación. Hasta las Islas Galápagos le propusieron que las alquilase y de su despacho fueron despedidos los que plantearon ese absurdo. Total, que un núcleo de la población y sus dirigentes llevarían a cabo su desaparición. Y él lo sabía. Su situación económica era cada día más lamentable y tenía que pedir préstamos para pagar su seguro de vida.

AL FINAL. Y todo se alcanzó el 28 de enero de 1912. Fue detenido en Guayaquil y trasladado al Panóptico de Quito. Hasta allí y con un poco de ayuda y de mirar hacia otro lado, masas embrutecidas aún más por el alcohol, lo mataron de un balazo, pero eso no los logró satisfacer. Por respeto no vamos a relatar todas las barbaridades que hicieron con sus restos. Lo mismo o peor hicieron con familiares y funcionarios adictos a él, a quienes mataron ese día también. Y pensar que cuando ganaba batallas, Eloy Alfaro prohibió la venganza hacia sus enemigos derrotados. Perdonó a muchos de los que planearon y ejecutaron su horrible muerte después.

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