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Revelado internacionalmente en 1961 con El empleo y cineasta que ha logrado la proeza de ganar los dos grandes festivales europeos, la Palma de Oro de Cannes con El árbol de los zuecos y el León de Oro de Venecia con La leyenda del santo bebedor, Ermanno Olmi (Bérgamo, 1931) presentó su última película, Cien clavos, en la Filmoteca de Catalunya. Además ha intervenido como ponente en el Congrés Internacional sobre Teologia i Cinema, organizado por la facultad de Teología de Catalunya.
La entrevista:
¿Con ‘El empleo’ recoge usted la herencia del neorrealismo desde una perspectiva cristiana?
En especial gracias a Rossellini, que lo convierte en un documento que refleja la realidad. El cine neorrealista supo aprehender el sentimiento de la realidad.
Esa manera económicamente modesta de hacer cine la recoge después la nouvelle vague (denominación utilizada para designar a un nuevo grupo de cineastas franceses surgido a finales de la década de 1950), imprimiéndole asimismo gran profundidad. En El empleo buscaba una narrativa que trascendiera la realidad, aportándole la cultura que me rodeaba, es decir, la cristiana.
¿Era un filme autobiográfico?
Yo nací en Bérgamo, donde el cristianismo no es solo una religión, sino una forma de vida. El empleo transcurre en Milán y rodé la película con una cámara alquilada, filmando los lugares donde yo había conseguido mis primeros trabajos y vivido idénticas peripecias que el protagonista.
¿Está unido el concepto de cine realista con la escasez de medios para el rodaje?
Como comentaba anteriormente, el neorrealismo, movimiento fundamental en toda la historia del cine, nació de la voluntad de explicar cosas, historias reales, pero también de la pobreza de medios que tenían los directores.
Rossellini filmó en 1945 Roma, ciudad abierta con tan pocos recursos que utilizaba como película virgen colas de negativo procedentes de recortes de noticiarios norteamericanos.
Pegaban los trozos de cinta y rodaron así una obra maestra. La nouvelle vague de los Godard y Truffaut carecía asimismo de medios, y se las ingeniaron para filmar como antes lo habían hecho los autores del estilo neorrealista.
Es una pobreza que actualmente sigue vigente, ¿no es cierto?
En efecto. Pensemos en el cine africano y, antiguamente, el de las cinematografías del Este europeo. Un cine carente de medios, pero rico en sentimientos.
Así empezó un cineasta hoy tan admirado como el iraní Abbas Kiarostami. Lo importante es que la realidad, tu realidad, se convierta en documento. Uno de los grandes creadores del cine de autor, Ken Loach, rodó en España una película sobre la Guerra Civil, Tierra y libertad, pero nos hablaba en ella de su universo.
¿Puede decirse, especialmente desde una perspectiva italiana, que la denuncia, en el cine y la cultura en general, ha tenido dos vías: la cristiana y la marxista?
El cine de auténtico contenido crítico ha sido cristiano y marxista. Hace medio siglo, cuando empecé en la profesión, en Italia estaban muy vivas ambas corrientes. Pero también el capitalismo o el liberalismo son religiones. Uno puede ser cristiano, marxista, liberal... Lo que rechazo, tanto en la línea cristiana como en la marxista, es el integrismo y el fundamentalismo.
Su última película, Centochiodi (Cien clavos), ha sido muy polémica en Italia.
Políticos e intelectuales han sido quienes peor han reaccionado, aparte de la Iglesia oficial. Los intelectuales son los sacerdotes de la iglesia académica; les molestó que el protagonista, eminente profesor, atraviese los libros con clavos. Yo también estaría dispuesto a martillear clavos en todos los libros del mundo para no hacerlo con un ser humano. Y hay más...
¿Qué más?
En un momento de la película, el protagonista afirma: “Todos los libros del mundo no valen un café con un amigo”.
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