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Martin Scorsese no recuerda exactamente cuándo vio por primera vez a los Stones en directo. A finales de los años 1970, supone. Pero de lo que está seguro es de que su música le ha acompañado desde siempre, desde la primera de sus películas, desde aquellas Malas calles (1971), donde la canción Jumpin'Jack flash ya formaba parte de la banda sonora.
Desde entonces Jagger, Richards y compañía han estado presentes en su vida y, según el cineasta, han sido de gran influencia en sus películas. "Por su pose desafiante, por su aire provocativo, por la fuerza que transmiten en directo y la pasión que implica su música", comentaba Scorsese en el pasado Festival de Cine de Berlín.
"Por eso me seducía el desafío que supone captar el raudal de energía que emana de sus conciertos. Y es que los Stones han sido para mí, durante muchos años, ese oscuro objeto del deseo", afirma.
Pues bien, tal deseo se ha convertido en realidad con Shine a light, el filme que Scorsese ha dedicado a los Rolling Stones.
Un documental que, el pasado mes de febrero, tuvo el honor de ser el pórtico de la Berlinale en una jornada inaugural en la que se encontraron la pasión por el cine - generalmente tranquila y moderada- con el entusiasmo del rock'n'roll. Un entusiasmo que se manifestó a lo grande cuando el director y los componentes de la banda cruzaron, entre el griterío de la multitud, la alfombra roja del certamen.
Shine a light se rodó en 2006 a lo largo de dos noches en el teatro Beacon de Nueva York. Diecisiete cámaras distribuidas por un patio de butacas con capacidad para menos de dos mil personas.
Un concierto íntimo - dos, en realidad- para los Stones, que interpretan en el filme una veintena de sus clásicos con la participación, en un tema cada uno, de Christina Aguilera, Jack White (la mitad de esa especie de Carpenters grunge que son los White Stripes) y el bluesman Buddy Guy.
El filme arranca con la angustia de Scorsese ante la magnitud de la tarea, y la llegada de los Clinton al concierto. Y está puntuado por viejas filmaciones televisivas de los miembros de la banda. Con una especialmente divertida de un veinteañero Jagger que afirma, ante la sorpresa del entrevistador, que se imagina haciendo lo mismo a los 60 años. Divertida y premonitoria.
La compulsión
Primero fue El último vals,la película de 1978 que recogía el último concierto de The Band. Luego No direction home (2005), sobre Dylan. Y, ahora, los Stones. Pero la relación del director de Taxi driver con el rock no para ahí, pues ya prepara sendos documentales sobre George Harrison y los Beatles. Y sobre Bob Marley.
Los Stones, no obstante, son una constante en su cine. Tan solo Gimme shelter, del álbum Let it bleed, aparece en tres de sus películas, en Uno de los nuestros,en Casino y en Infiltrados."Lo mío con los Stones es compulsivo", dice.
Momento único
Jagger le sugirió a Scorsese rodar el concierto que, ante un millón de personas, iban a dar los Stones en la playa de Copacabana, en Río de Janeiro. "Pero dijo que prefería algo más íntimo, y así acordamos filmar los conciertos del teatro Beacon", recordaba Jagger en Berlín. "Trabajar con Scorsese fue como trabajar con Godard", afirma el líder de los Stones, rememorando la filmación realizada por el francés de la escritura de Sympathy for the devil."Son dos cineastas decididos a atrapar un momento único, irrepetible, cada uno a su manera", dice Jagger. |