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El Paseo de la Fama de Hollywood tiene ya, frente al teatro chino Grauman, otras huellas que admirar entre las de las leyendas del cine: las del actor británico Michael Caine, que a sus 75 años ha hecho méritos suficientes para este sencillo reconocimiento.
Pero más vale tarde que nunca, y lo cierto es que el protagonista de La huella sigue trazando su increíble carrera cinematográfica casi como en sus tiempos de juventud.
"Estoy muy contento de tener este increíble honor... siempre pensé que sería genial, pero creí que nunca lo recibiría, así que en resumen, soy un hombre muy feliz", confesó Caine en declaraciones a la Agencia Efe.
Las autoridades de Los Ángeles, además de entregarle una felicitación por escrito firmada por el alcalde, Antonio Villaraigosa, quisieron que las huellas de Caine, en lugar del habitual tono gris, quedasen sobre una base de argamasa dorada, algo que se hizo por última vez en 1953 con Marilyn Monroe.
Pese a tantos honores, el actor británico no piensa para nada en retirarse, y de hecho promocionó también el último proyecto en el que participa, el esperado regreso de Batman en The Dark Knight (El caballero oscuro), cinta en la que vuelve a hacer el papel de Alfred Pennyworth, el fiel mayordomo del multimillonario Bruce Wayne (Christina Bale).
DE COCKNEY A SIR
El triunfo de Michael Caine, galardonado con dos Oscar - Hannah and Her Sisters (Hannah y sus hermanas) (1986) y The Cider House Rules (Las normas de la casa de la sidra) (1999)- es el de un joven que salió de la pobreza para llegar a ser Sir gracias a sus dotes interpretativas.
Al lograr convertirse en actor en una época en que en Inglaterra solo parecían lograrlo "los ricos y los homosexuales", Caine abrió camino a los futuros aspirantes de baja extracción social. "Es de lo que más orgulloso me siento de toda mi carrera, de haber abierto las puertas de la interpretación a la clase obrera", aseguró.
En efecto, Maurice Joseph Micklewhite, hijo de un cargador de pescado, vino al mundo el 14 de marzo de 1933 en un hospital de beneficencia del barrio de Elephant ad Castle, uno de los más deprimidos de Londres.
“Nací en la misma orilla del río Támesis, y mi condición social me instó a ser actor, porque tenía la ambición y la ira de los que quieren cambiar las cosas. Yo me convertí en actor para representar a los hombres de mi clase. Estaba harto de que el cine reflejara a la clase obrera como una caricatura. Lo malo es que me convertí en estrella y todo se fastidió”, aduce con su fino humor típicamente británico.
No consiguió la popularidad hasta la película Alfie (1966), donde interpretaba un papel muy a su medida: un desastrado “cockney” (personaje de la clase baja inglesa) que personificaba la cara alegre de los suburbios de Londres.
Está muy orgulloso de su origen social y de que haya podido llegar alto a pesar de ello; tan alto que el 11 de noviembre de 2000 fue nombrado Sir por la reina Isabel II de Inglaterra.
Esta distinción le llenó de felicidad, más incluso que el Oscar, ya que “este premio te lo dan por un trabajo, pero en un título nobiliario te llega tras un estudio exhaustivo de tu vida. Lo considero un triunfo de mi gente, la clase obrera”.
Está claro que la monarquía británica premió la contribución al cine de su país a lo largo de 50 años de carrera de Michael Caine, en la cinta Hell in Korea (1956).
Entre sus muchas películas inolvidables se incluyen: La huella (1972), de Joseph L. Mankiewicz y junto a Laurence Oliver; El hombre que pudo reinar (1975), de John Huston y co-protagonizada por Sean Connery; Un puente lejano (1977), de Richard Attenborough; Vestida para matar (1980), de Brian De Palma; Mona Lisa (1986), de Neil Jordan, Blood and Wine (1996) o The Quiet American (2002), por la que recibió su última candidatura al Oscar al mejor actor, como las recibidas por Educantig Rita (1983); Sleuth (1972) y Alfie (1966).
CAÍDAS Y REMONTADAS
Su trabajo en Hollywood no fue siempre un camino de rosas. Tras más de cien filmes, reconoce que en su carrera hay de todo, buenas, malas, horribles películas “y algunas tan impresentables que no llegaron a estrenarse nunca”.
Estas y otras muchas anécdotas de su vida cinematográfica pueden leerse en su autobiografía, What's it all about?, publicada en 1992.
Entre otras, resurgir para el cine tras un período prácticamente retirado, a mediados de los años 90; había perdido la ilusión de hacer cine, y se dedicó a escribir su autobiografía -además del libro Acting on Film, basado en su didáctico programa de televisión de la BBC- y a montar su cadena de restaurantes en Gran Bretaña, que extendió también a Miami.
“Había decidido ir dejando el cine poco a poco hasta desaparecer. En 1996 llevaba dos años sin trabajar, y entonces llegaron Bob Rafelson y Jack Nicholson con el proyecto de Blood and Wine (Sangre y vino). Me encantó, hice el papel y gané la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián (España). Fue un milagro”, recuerda con agradecimiento a la ciudad española, una de las favoritas de este gran vividor.
El premio le dio “el empuje necesario para seguir intentándolo”, y lo cierto es que Caine aplicó a partir de entonces su experiencia para conseguir pequeñas joyas en papeles de reparto.
AMOR A PRIMERA VISTA.
El amor también cambió su vida. Caine se había casado con la actriz británica Patricia Haines en 1955, con la que tuvo una hija, Dominique.
Agobiados por la falta de trabajo, el matrimonio del joven Caine fue mal desde el principio, y al poco de nacer su hija, decidió separarse, mientras la pequeña quedó a cargo de sus abuelos maternos, como cuenta en su autobiografía: “La culpa de la ruptura matrimonial fue totalmente mía. Yo era demasiado joven e inmaduro para asumir la triple carga de la miseria, el fracaso personal y el profesional (…). Los remordimientos que sentía por lo que había hecho eran tan grandes que creo que, si hubiera sabido previamente lo que me iban a doler la ruptura y la pérdida de mi hija, habría soportado el matrimonio a cualquier precio”.
Lo cierto es que a los 23 años, y “casi al borde del suicidio”, Caine de enfrentó a la dura tarea de reiniciar su vida profesional y personal. Lo primero lo consiguió relativamente pronto, tras hacerse famoso con las películas Zulú”(1964) y Alfie (1966), y establecerse definitivamente tras firmar un contrato de siete años con Harry Saltzman, el productor de las primeras películas de James Bond.
Tardó algo más en estabilizar su vida personal; no fue hasta 1972, cuando conoció a su segunda y actual esposa, la modelo de origen indio Shakira Baksh. Durante los años 60 y hasta principios de los 70 estuvo a punto de arruinar su vida por culpa de sus excesos con el alcohol, como cuenta en su autobiografía: “Llegué a beber hasta tres botellas diarias de vodka, y el problema de hacer algo así es que al final del día eres incapaz de contarlas, de modo que ni te enteras de lo que haces”.
En aquella época formó una pandilla junto a los actores Peter O´Toole, Richard Harris, Terence Stamp y Oliver Reed que era famosa por sus casi diarias juergas nocturnas en Londres. Eso, hasta que un día decidió probar a quedarse en casa y vio en la televisión un anuncio de café protagonizado por una modelo de origen indio. Era Shakira, y Caine no paró hasta conocerla, al punto de que casi toma un avión hacia Brasil, creyendo que ella era de aquel país.
Finalmente consiguió su teléfono y todo fue sobre ruedas desde la primera cita. “Yo había oído hablar del amor a primera vista, sin llegar nunca a creer en él de verdad….y allí estaba”, cuenta el actor, para quien su “bella esposa”, como suele denominarla, y su familia –tiene otra hija con ella, Natasha– se han convertido en lo más importante de su vida. “Si solo me hubiese dedicado a actuar me habría vuelto loco. La familia es lo más importante para mí”.
Como resumen de su vida, Caine escribe en su autobiografía: “He tenido suerte y la sigo teniendo (…) En mi caso fueron la ambición y la ira y la desesperanza y la determinación, las fuerzas que a diario guían a los pobres que quieren encontrar una escalera para salir del pozo de la desesperación. También pasaron los compañeros de mi viaje por el mundo del espectáculo. Por supuesto, no dejamos de tener nuestros defectos. Somos en buena parte unos críos malcriados si tenemos éxito y unos amargados si no. Podemos ser engreídos y arrogantes y todos, sin excepción, somos inseguros. Por último, estamos un poco locos porque si no, para empezar, no estaríamos en este negocio, y sólo nos ata a un cierto estado de cordura un débil lazo de incurable optimismo”. |
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