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El cine llega a las islas Hébridas
 
Miércoles | 23.07.2008
Por Por: Rafael Ramos
La Vanguardia

 
     
 
prensa.com
MCT Direct.
Lluvia, viento, ovejas, marisco, salmón ahumado, playas de arena finísima sin hoteles ni urbanizaciones de casas adosadas en el horizonte. Las islas Hébridas tienen de todo, excepto cine. Tanto es así que hasta hace poco ningún niño menor de diez años había vivido la experiencia de ver una película, no en el ordenador o la televisión, sino en una sala oscura con una bolsa de palomitas de maíz.

Pero tan importante carencia ha sido subsanada gracias a una compañía llamada Screen Machine (la máquina de la pantalla), que con la llegada del buen tiempo -relativamente hablando- lleva los últimos éxitos de Hollywood a los rincones más remotos de Escocia, desde Stornoway en la isla de Lewis -célebre por su morcilla y el fundamentalismo religioso calvinista- hasta Islay y Jura, más hedonistas y con una notable concentración de destilerías que producen memorables maltas únicas con un regusto ahumado.

Un camión azul de diez ruedas y que cuesta un millón de euros, fabricado por la empresa francesa Toutenkamion -especializada en adaptar vehículos como restaurantes móviles, galerías de arte y estudios de grabación- atraviesa todas las noches en ferry las turbulentas aguas del Atlántico norte con dos tesoros que este verano son Sexo en Nueva York e Indiana Jones.

"Nada de arte y ensayo, ni siquiera Almodóvar", dice Neil MacDonald, de 54 años, el hombre que por sí solo opera el milagro de llevar el cine a las islas. "No se trata de que los habitantes de tan inhóspitos y austeros parajes piensen cuál es su lugar en el mundo, sino de que se diviertan", agrega. En Tarbert no hay sitio para Buñuel, Bergman y Pasolini, y a duras penas para Lucas y Spielberg.

MacDonald y un compañero se turnan -quince días cada uno- como responsables de que haya cine. Lo suyo es un auténtico pluriempleo: conducen el camión, lo convierten en sala de proyecciones con una pantalla de tamaño más que decente, sonido Dolby y ochenta asientos, hacen de electricista y mecánico, cobran las entradas (que también se pueden comprar por internet o por teléfono), impiden que se cuelen los listillos, hacen limpieza y recogen los papeles y vasos de cartón. Para comprar las golosinas y la soda, eso sí, hay que ir a la tienda más cercana, pero no empieza la sesión hasta que todo el mundo está dentro y bien aprovisionado.

"El camión es tan grande que hay que instalarlo en un descampado o aparcamiento al aire libre", explica MacDonald. "Pero procuro que esté lo más cerca posible de una calle comercial para facilitar el acceso".

De todas sus tareas, la más difícil es "meter de reversa en el ferry un monstruo de veinte metros de largo una noche de viento y tormenta". Lleva tres años haciendo el trabajo, y lo que más respeto le inspira es regresar a casa después de una ausencia de meses y encontrarse con la "interminable lista de tareas pendientes" con que lo recibe su mujer. Los hombres de las Tierras Altas no dan precisamente el prototipo de protagonista de comedia romántica.

El Toutenkamion tarda siete semanas en realizar el circuito completo por las Orcadas, las Hébridas y algunas localidades alejadas del norte de Escocia donde el cine más cercano está a más de un centenar de kilómetros de distancia, y el número de giras estivales depende de lo pronto que llegue el buen tiempo y de lo mucho o poco que tarde en llegar el malo (se venden unas veinticinco mil entradas al año).

Seleccionar la programación no es fácil, porque los cristianos fundamentalistas de algunas islas -en especial Lewis y Harris, donde se respeta el sabbat y los domingos se cierran con candado hasta los columpios de los parques públicos- no quieren que haya demasiado sexo y violencia. Aun así la audiencia manda y prueba de ello son Sexo en Nueva York e Indiana Jones.

 
     
 
     
 
 
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