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ETA maldice el cine español
 
Sábado | 04.10.2008
Por Pedro Vallón
De La Vanguardia
Distribuido por The New York Times Syndicate

 
     
 
prensa.com
EFE
Hay veces en que es imposible acertar, y algo de eso parece que le ocurre al cine español con el espinoso asunto del terrorismo.

El estreno de Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, ganadora del Premio Fipresci en el reciente Festival de Cine de San Sebastián ha reabierto un viejo debate sobre el tratamiento de ETA en pantalla.

El tema tiene puntos en común, pero también divergencias, con la que se ha montado en Alemania a cuenta del estreno de Baader Meinhhof Komplex, de Uli Edel, filme que competirá por el Oscar en representación del país y que aborda la historia de la RAF, grupo terrorista también conocido como Baader Meinhof, por los apellidos de sus dos líderes.

Lo común es que, tanto en Alemania como en España, mostrar las actividades terroristas enmarcadas en la ficción cinematográfica genera objeciones que se dicen morales, pero que muy a menudo son políticas.

Lo disímil es que Alemania exorciza su memoria histórica -no por casualidad el productor de Baader Meinhof Komplex es Bernd Eichinger, que también impulsó El hundimiento, sobre las últimas horas de Hitler- años después de los hechos, mientras que en España se trata de un asunto vivo, tanto que la última víctima mortal de ETA se produjo apenas 48 horas antes del estreno de Tiro en la cabeza.

La industria alemana ha refrendado la apuesta de Eichinger enviando el filme a Hollywood, y la polémica en torno al sangriento tratamiento de los atentados del grupo se ha desvanecido con el estreno e incluso ha recibido el paradójico contraste entre la airada reacción a su película o a la de Rosales mientras que Días contados, de Imanol Uribe, que humanizaba la figura del terrorista, fue premiada en San Sebastián y unánimente alabada, salvo por “algún sector de la izquierda abertzale que decía que un etarra no podía abandonar por una mujer”.

La clave seguramente resida en el año: en 1994, pese a la mayor intensidad asesina, no existía el encono político en torno al te-asentimiento respetuoso de las familias de las víctimas de la célebre banda.

Repasando la historia de la acogida de las principales inmersiones del cine español en el terrorismo vasco, aflora la evidencia de que la intensidad de la polémica está vinculada a la coyuntura política, lo que desmadeja el presunto carácter ético de las críticas.

Julio Medem, que recibió una ristra de palos -más políticos que cinematográficos- por su documental La pelota vasca, en 2003, subrayaba a La Vanguardia el paradójico contrasta entre la airada reacción a su película o a la de Rosales mientras que Días Contados, de Imanol Uribe, que humanizaba la figura del terrorista, fue premiada en San Sebastián y unánimente alabada, salvo por “algún sector de la izquierda abertzale que decía que un etarra no podía abandonar por una mujer”.

Carmelo Gómez, que encarnó entonces al terrorista enamorado y que hoy interpreta a un empresario amenazado por ETA en La casa de mi padre, de Gorka Merchán - también estrenada en San Sebastián- , suscribe esa opinión: “Todo se torció cuando los políticos descubrieron que la cuestión de ETA era un granero de votos, y desde entonces hemos asistido a actitudes políticas irresponsables”.

Así que hoy se exige un posicionamiento monolítico, “de buenos y malos y punto”, sin matices ni sutilezas y desde luego sin el sospechoso esfuerzo de averiguar las causas de esa violencia: “Tienes que estar a un lado o a otro de la barricada, y cada uno de los bandos intenta que dejes de ocupar los espacios de la moderación”, dice Jon Arretxe, protagonista de la película de Rosales.

“Es un tema tabú”, añade Medem, que ha decidido dejar para más adelante la película hermana de La pelota vasca, en este caso una historia de ficción.

No tocar el tema parecería una solución de no ser porque las hemerotecas delatan que desde los mismos círculos desde los que hoy se ataca la supuesta ambigüedad moral de estos filmes, hace menos de diez años se denunciaba la “cobardía” de los cineastas españoles por no tratar el asunto.

Gómez, recordando una vieja cita de Jean Renoir, concluye: “No podemos hacer proselitismo” y lo corrobora Arretxe cuando señala que es deber de la ficción “tratar de desentrañar” qué hay tras la tragedia terrorista, una actitud que, en palabras de Medem, lleva a que “se sospeche de tu rechazo a la violencia”. Una maldición que añadir a la sangre.
 
     
 
     
 
 
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