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No se estrena en Estados Unidos hasta el próximo 29 de junio, pero la nueva película de Michael Moore, Sicko, sobre la crisis de la sanidad en Estados Unidos, ya ha generado un debate mediático que empieza a incidir en las campañas para las primarias de las elecciones presidenciales.
Moore, al igual que hizo con su documental sobre la guerra en Irak, puede haber anticipado un giro de la opinión pública en favor de un sistema universal de sanidad pública. Según la mayoría de los sondeos, la sanidad ya es el segundo asunto que más preocupa a los votantes estadounidenses (el número uno es la guerra en Irak).
Si en 1992 fracasó el intento de Hillary Clinton de instaurar un sistema universal de salud - un caso que recoge Sicko, fue debido en parte a que la gran mayoría de los estadounidenses con empleo tenía, en aquel entonces, seguro médico privado. Pero ése ya no es el caso.
Hoy en día hay más estadounidenses que nunca, desde los años 60, que carecen de cobertura médica - 46 millones, el 16% de la población- y otros cuantos millones descubren cuando enferman que su seguro deja mucho que desear. “Esta industria de la sanidad practica un fraude sistemático para optimizar los beneficios de sus accionistas negando cobertura a los pacientes”, dijo Moore en una entrevista.
Esto lo corrobora Jonathan Cohn, director de la revista New Republic, en un nuevo libro titulado Sick - enfermo- (Harper Collins, 2007).
Cohn cuenta ahí la historia de Janice Ramsey, una agente inmobiliaria de Florida a quien, por el hecho de ser diabética -una enfermedad que afecta a más de 18 millones de estadounidenses- le es negado el seguro médico y acaban estafándola. También narra cómo Elizabeth Hilsabeck, empleada de un banco en Austin (Texas), descubre que su aseguradora no cubrirá los costes sanitarios de su hijo, que padece parálisis cerebral.
Moore, por su parte, cuenta la historia de Donna Smith, de Denver, que tiene que vender su casa e instalarse con su hija porque - pese a tener seguro- no puede costearse lo que suponen sus múltiples problemas de salud.
En 1980, el 90% de los estadounidenses tenía cobertura, la gran mayoría a través de sus empresas, y “era una cobertura amplia y generosa”, afirma Cohn. Ahora, “la gente intenta comprar su propio seguro (...), lo que será todavía más difícil cuando las pruebas genéticas permitan a las aseguradoras ser más selectivas”, advierte.
Paradójicamente, quienes acceden a los dos programas públicos de salud - Medicaid para pobres, normalmente sin empleo, y Medicare para jubilados- pueden tener menos problemas que la clase media sin seguro. Muchos de los arruinados en EU lo son debido a una enfermedad y los costes que se derivan de ella. Aunque la sanidad en EU proteja cada vez a menos gente y de forma cada vez menos fiable, su coste se dispara.
El país gasta en sanidad un 16% del PIB frente al 10% de países como Francia o Canadá, y el 7.7% en el caso de España. El contribuyente no tiene poder de negociación ni para exigir mejor cobertura a las aseguradoras ni para negarse a pagar los prohibitivos precios de los fármacos.
La última reforma de Medicare ha supuesto 30 mil millones de dólares en beneficios excesivos para las empresas farmacéuticas, sostiene el economista Dean Baker del CEPR.
Pese a ello, y a juicio de Moore y otros comentaristas, la calidad del tratamiento en sistemas universales como el francés o el canadiense es muy superior al de Estados Unidos, según casi todos los criterios de medición.
“Ningún país del mundo se aproxima al gasto del 16% de su riqueza en cuidados médicos (...) pese a ello, existen escasos indicios de que nuestro gasto adicional nos haga más sanos”, explica Cohn.
Según el informe del 2005 de la OCDE Healthat a glance enfatizada por la administración- de que el de EU es el sistema que ofrece más posibilidades de selección. Pero “un paciente francés puede elegir al médico que quiere, y las listas de espera son inexistentes”, dice Cohn.
Aún más chocante es que Cuba - que gasta 230 dólares anuales per cápita en sanidad, frente a los 6 mil que invierte EU -registre resultados mejores en mortalidad infantil. Cuba forma a más médicos que todo el país norteamericano. Moore ha levantado ampollas en Washington al incluir en su documental escenas en las que acompaña a Cuba a tres trabajadores del desescombro de la zona cero con enfermedades respiratorias y a otros cinco enfermos para que reciban tratamiento al que no accedían en EU.
Más vale que sea una urgencia
El problema con el sistema de sanidad en EU no es, como a veces se piensa, que un indigente atropellado por un autobús moriría sangrando en la calzada. Eso no sucedería. Existe una ley federal de 1986 que obliga a un hospital a atender a cualquier persona en una urgencia. Es cierto que en Los Ángeles algunos hospitales han sido recientemente multados por echar a pacientes indigentes a la calle inmediatamente después de tratarlos.
El más infame es el Hollywood Presbyterian Medical Center, que dio de alta a un hombre que fue hallado a cuatro patas en los barrios bajos, con su bata hospitalaria y la bolsa de la colostomía colgando. Pero el verdadero problema aparece cuando no hay urgencia. Para los que carecen de buena cobertura, el miedo a tener que pagar miles de dólares por un tratamiento hace posponer cualquier visita al médico. “Los estadounidenses sin seguro que tienen una enfermedad crónica como la diabetes o hipertensión no van a recibir las revisiones que requieren”, advierte Cohn.
Asimismo, no se permite responder a los primeros síntomas de enfermedades graves. Eso conduce a tratamientos costosos. O peor: a muertes evitables.
Según un estudio del New England Journal of Medicine, las mujeres que carecen de seguro médico tienen un 50% más de posibilidades de morir de cáncer de mama que las mujeres con seguro, ya que tardan más en ser diagnosticadas. |