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En punto: La manía de la perfección
 
Jueves | 24.08.2006
 
Por: Melquiades Villarreal Castillo
 

Desde que cursaba mis estudios de bachillerato, aprendí a amar las letras, por su plasticidad, por su disfrazada intrascendencia, por permitir una forma más amena de vivir.

Por ello, en la universidad enrumbé mis aptitudes por sus maravillosos caminos y elegí como carrera el profesorado en español, carrera, per se, seductora por varios motivos: se interrelaciona con la historia, nos permite conocer los secretos empleados por los autores en sus obras; en fin, lo más importante consiste en que nadie se va a morir ni ningún edificio se va a caer, si coloco una coma o una tilde de más o de menos.

Es asunto de vocación o por lo menos así lo concibo yo. Este preludio tal vez esté fuera de contexto a no ser porque he querido predisponer al lector en cuanto a mi cosmovisión imperfecta del mundo frente a la de Iván Tazón, protagonista del cuento En punto de Jorge Thomas, seudónimo de Juan David Morgan.

Este personaje otorga a la perfección una importancia capital en su vida. Es más, me atrevo a asegurar que está signado por los números, que se relacionan con cualquiera de sus actos, inclusive con los más íntimos (sólo hace el amor con su esposa los martes y los jueves a las nueve y cuarenta y cinco de la noche y cada domingo a las ocho en punto de la mañana), como los más triviales (cambiarse el nombre de Juan Antonio Tazones como lo habían bautizado sus padres por Iván Tazón, compuesto por dos voces agudas, bisílabas...), hasta los hechos más notables correlacionados con su éxito profesional como contable cuando leemos que: “Iván tenía que viajar mucho, viajes en los que se concentraba estrictamente en el trabajo encomendado para cumplir fielmente su itinerario. Se preciaba de que solamente en una oportunidad, debido a la cancelación de un vuelo por mal tiempo, había tenido que alterarlo”.

El relato, en su primera línea, describe lo más esencial de la personalidad del protagonista: “Tras comprobar la exactitud de la hora de su propio reloj, Iván Tazón puso el despertador para que sonara a las 6:00 a.m...” En alguna medida, en esta expresión, el narrador deja traslucir una minificción al estilo del micro relato del dinosaurio de Monterroso. Exactitud y eficiencia son los dos términos que describen los términos de Tazón, los cuales no se desarrollan solos.

En alguna medida el narrador (es preciso aclarar que no me gusta jugar al sicoanálisis ni a los intentos vacíos de rebuscar al autor en el texto creado), elabora la trama evidenciando elementos relacionados con ambos términos, incluso en factores tan triviales como la diferenciación del habla madrileña con respecto al uso cotidiano en Panamá: “No se preocupe, señor Tazón. No soy yo quien lo llamará sino el ordenador que funciona automáticamente”.

Podemos ver varios factores, como ya he dicho, que sustentan mi punto de vista. En primera instancia el hecho de decir ordenador (como se dice en España) y no computadora como decimos los panameños, es una clara muestra de precisión, porque no de eficiencia léxica; por otro lado la afirmación de que la llamada la hará un aparato que funciona automáticamente, es una afirmación intrínseca de que no hay posibilidad de fallo, ya que no media la presencia humana en la realización de la acción.

En alguna medida, me atrevo a interpretar que el cuento es una burla a la sociedad actual, inmersa en una serie de situaciones desagradables; el ser humano tiene que funcionar como autómata ante la gran cantidad de hechos que le rodean, los cuales se multiplican cuando se vive en una metropólis: hay que levantarse a la hora justa para llegar al trabajo a la hora adecuada, hay que hacer tal o cual cosa para mantener la eficiencia, palabra tan de moda a raíz del fenómeno de la globalización que, poco a poco, deshumaniza a la humanidad, al convertir a las personas en meros registros numéricos de archivo que pierden la identidad individual.

El colmo de la perfección se evidencia en Tazón cuando por error le diagnostican un cáncer, ante el cual no sobrevivirá más de seis meses; al principio se preocupa por el hecho de que sabe que va a morir; no obstante su manía por la perfección lo lleva a comprender que saber el momento exacto de la muerte es una gran ventaja que, en efecto, aprovechó.

Arregló hasta el más insignificante de sus asuntos; preparó a su mujer y a sus hijos para el desenlace. Lo más sorprendente es que el día de su muerte estuvo más sano que nunca; inclusive, eligió las seis de la tarde como la mejor hora para morirse; no obstante, como a las cinco de la tarde gozaba de una excelente apariencia, el médico decidió repetirle los exámenes para percatase de que todo había sido un error o que había ocurrido un milagro, pues Iván Tazón gozaba de excelente salud. El disgusto fue tan mayúsculo, pues nuestro personaje no soportaba saberse engañado, que a las seis en punto de la tarde sufrió un infarto fulminante que acabó con su vida.

La lección, a mi juicio, debe convertirse en una tarjeta de invitación para que reflexionemos un poco sobre la manía de la perfección y aprendamos a vivir la vida tal y como es, con sus virtudes y sus defectos. Además, el ofrecimiento debe conducir a despertar en nosotros la curiosidad por leer, en su totalidad, el conjunto de mundos creados y posibles en La rebelión de los poetas, obra a la que pertenece el relato comentado.

Nota

Melquiades Villarreal es docente, escritor y promotor cultural, es asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve.

Las Tablas, 25 de julio 2006.

 
     
 
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