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Pepe Pérez es un individuo cuya memoria está de fuga y da pie a su personalidad.
Una mezcla de desconfianza, temores, ambiciones y envidia, a juzgar la razón de ser del inteligente y misterioso judío Athanasius Rabín de Melog, un caballero en cuya mirada se proyecta pasión, amargura, con un actuar sigiloso y efectivo.
“Está en tu nombre el perdonar, perdona pues. Perdona su soberbia y el pecado contra ti. Perdona la palabra en sus labios, pero deja que mane, de ella es el fluido vital…”.
Mientras se desarrolla una lectura inusual, extraña por su concepto simple y esencialmente profundo, todo lector llega plenamente a las mismas preguntas:
¿Quién es Rabín? Se percibe pronto.
¿Quién diablos es él -Pepe Pérez-? Es aquí donde nacen las confusiones.
Con éxito, Berna Burrel lleva a su intrigado lector a una cosecha de interrogantes.
¿Cuánto debe padecer un hombre para saber quién es en realidad?
¿Y cuánto más si al descubrirlo comprende que nada de sí le pertenece?
Un hombre acompañado de sí mismo, harto, completamente solo en un viaje donde, más que el paisaje, se apreciará la conducta humana.
Los auto-conceptos y la aceptación personal de un individuo serán los elementos para crear dos personajes que dialogan inquietudes, experiencias y sucesos dando sentido -en lo posible- a una trama psicológica, enmarcada en una lucha personal, capaz de incitar a profundas reflexiones por parte del lector.
La envidia es color de arsénico es una obra de argumento impreciso. Su enorme valor se halla en sus consecuencias.
Para el lector analítico, la verdadera experiencia iniciará cuando alcance el desenlace, será el momento de encontrarse a sí mismo.
“Ocurre en toda la eternidad, sucede siempre, pasa una y otra vez, se da en un tiempo pasado y hoy y mañana, transcurre en el polvo oscuro de una leyenda, es un cementerio de Praga, desde MDLXXX, año del Señor”. |