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“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. Puebla un espacio con imágenes. Poco antes de morir descubre que ese intrincado y paciente laberinto de líneas, traza la imagen de su cara”
Jorge Luis Borges (El Hacedor)
Las cuevas de Altamira albergan probablemente las primeras muestras de arte de la humanidad. Desde su descubrimiento por azar en 1868, las famosas bestias o bisontes policromos del paleolítico, captaron el interés y la atención del hombre moderno, más por su maravillosa estética atemporal que por su antigüedad.
Este arte rupestre logró expresar la mentalidad totémica llena de la magia, el misterio y el simbolismo del artista chamán de aquella época.
Quienes habitaron estas cavernas plasmaron una concepción del mundo que se perdió en el tiempo, pero que logró trascender a nuestros días en esas imágenes impregnadas de toda la fuerza espiritual de sus creadores.
Creo que Pablo Picasso y Miró definieron perfectamente el impacto que sobre muchos pintores modernos supuso el conocimiento del arte rupestre.
El primero afirmó: “después de Altamira todo es decadencia”. El segundo, a la pregunta de quiénes fueron sus principales maestros, respondió: “ante todo, los pintores de las cavernas”.
Es que ciertamente, el misterio y la utilización de simbolismos o metáforas para expresarse, es consustancial a la razón y por ende a la naturaleza humana desde sus orígenes.
Así se explica cómo los alquimistas (siglos XVII y XVIII) hasta Paracelso, empeñaron su tiempo y sus conocimientos en la búsqueda del misterioso enigma de la “Piedra Filosofal” supuestamente capaz de transmutar todos los metales en oro.
Por cierto, Mario Vargas Llosa en su libro El lenguaje de la pasión cuenta que desde niño le fascinó la llamada “piedra de toque”, la cual se dice, sirve para medir el valor de los metales.
A ciencia cierta se trata de una piedra que reconoce, nunca llegó a ver y que todavía hoy, no sabe si es real o fantástica.
Pese a ello “piedra de toque” se impuso de inmediato en su mente, a la hora de bautizar con ese nombre, la columna periodística que por muchos años escribió.
Fue una especie de homenaje cabalístico a ese recuerdo de infancia, dice Vargas Llosa al respecto.
Por su parte el genial Jorge Luis Borges también utilizó en su literatura, muchos simbolismos de aparente sesgo fetichista como la cábala, los amuletos y los sueños.
Tomó por ejemplo, de las doctrinas místicas de los judíos, el Aleph como figura recurrente, metafísica, universal y fantástica, para darle forma y título a su trascendental libro de cuentos El Aleph, publicado en 1949.
El Aleph por cierto, es la primera letra del alfabeto hebreo. Los judíos vieron en ella la raíz espiritual de todas las letras. La que contiene todas las demás y todo lo que es dable expresar.
Por tanto, el Aleph fue usado según la leyenda, como símbolo de la voluntad divina, por ser supuestamente, la primera letra o sonido que el pueblo escuchó de Dios.
Borges en su descripción personal del Aleph, nos dice que es un objeto. Se trata de una esfera tornasolada de intolerable fulgor, de dos o tres centímetros de diámetro, pero que contiene el Universo y que a través de ella puede verse que cada cosa es infinitas cosas.
En su cuento el célebre escritor llora porque enfermo ve y nos hace ver a través de sus ojos, no tan ciegos aún, ese objeto inconmensurable, mágico y misterioso, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ninguno ha mirado, ni mucho menos entendido aún: el inconcebible Universo.
No cabe duda pues, que a través de los tiempos y en todos los campos del quehacer humano, nuestra especie ha anhelado y sigue anhelando la incertidumbre del misterio.
(El autor es escritor, docente, pintor, periodista, asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve). |