|
Deseo iniciar mis palabras recordando como cada cosa parece exigir un momento oportuno, ni antes ni después, sino ese momento, su momento.
Cuando Leonardo da Vinci, en la Italia del siglo XV, esbozó sus memorables inventos, a muchos de ellos tuvo que dejarlos en boceto porque no existían ni los implementos, ni los recursos ni la mentalidad para asumir su fabricación.
Sobre su mesa de trabajo quedaría hasta siglos después la construcción de un ala espiral que se elevaba moviéndose como un berbiquí, a la que a falta de mejor nombre se conoció como helix-pteron, por las palabras griegas que significaban hélice y ala, y que en la actualidad han dado origen al sofisticado helicóptero, uno de los cuales ha permitido llegar hasta esta sala, desde algún rincón del planeta, al cosmopolita Richard Brooks.
Algo igual le sucedió a Charles Babbage, célebre matemático inglés y científico protoinformático del siglo XIX, cuando la Máquina Diferencial que diseñó, tatarabuela de todas las computadoras de hoy, no pudo ser puesta en funcionamiento por las mismas razones por las que no voló el berbiquí con alas de Da Vinci, es decir, porque no era el momento para que el mundo contara con artilugios como el que ahora le permitió a Richard Brooks escribir su Calle del Espanto.
Digo esto porque cualquier lector se queda pasmado ante la lectura de este libro al que no me atrevo a llamar novela, porque no lo es, y al que prefiero nombrar como lo hizo el amigo escritor, político y orador don Álvaro Menéndez Franco, para quien la obra es en realidad un “artefacto”, o una antinovela, que también se le ha acusado de tal.
Richard Brooks, o su heterónimo Ricardo Arturo Ríos Torres, y conste que ya no puedo distinguir cuál es cuál, ha hecho una obra al estilo de los tan gustados “reality shows”. Fue zurciendo sus capítulos a medida que los daba a leer a su amplio círculo de amigos, los que fuimos dándole nuestros medidos consejos, los mismos que él tuvo el cuidado de saltarse olímpicamente; al final nos salió con un espanto en media calle, cuando descubrimos que, al igual que hizo Unamuno el siglo pasado con su nivola, nos convirtió en personajes inconscientes de su... novela o lo que sea.
Detengámonos un momento a pensar por qué esta obra sale así y ahora. Yo lo veo claramente: es la época justa para estas cosas. Si se dan cuenta, vivimos en tiempos en que las naciones que se llaman campeonas de la democracia arrasan a otras naciones para “liberarlas” e imponer su ideología; en donde hay gente capaz de tomar como rehenes y luego dispararle a cientos de niños para hacer valer sus propósitos de libertad, en donde las leyes que son severas con unos ni siquiera asustan a otros; en donde todos los días los medios de comunicación ensalzan la figura de los pillos y silencian la voz de los que labran días mejores; en un mundo donde la sobrealimentación y el hambre, cada una en su hemisferio, cobran la misma cantidad de víctimas cada año; en un mundo, en fin, donde lo absurdo es lo lógico y lo que parece ser aceptado con resignación.
Entonces, si la literatura es parte de nuestro día a día, ¿por qué va a estar mal que nos congreguemos aquí a celebrar el nacimiento de una novela que no es novela y de estrechar la mano de un autor que no es su autor? Y para seguir en eso, ¿por qué no adquirimos todos la obra y la leemos de atrás para adelante y luego la condenamos para hacer feliz a ese autor que no es su autor y a quien por lo mismo poco resquemor le van a causar las críticas?
Sin querer caer en lo académico, permítanme por unos instantes hablarles de literatura. Vivimos en un instante al que se le ha clasificado como postmodernista, y eso no significa nada por sí solo si no entendemos que todas las post etapas tienden a rebelarse acremente contra lo que se queda atrás.
Richard Brooks sabe eso, o al menos lo intuye muy bien para atreverse a escribir su... lo que sea. Ni antes ni después hubiese sido posible esto, como dije hace poco ante los estudiantes de la escuela de Medicina, capitaneados por la profesora Norma Olmos, quienes desmenuzaron La Calle del Espanto como estoy seguro que no lo hicieron antes con otra obra literaria.
El postmodernismo apuesta por la antiforma y la anarquía, oponiéndose a las formas y jerarquías de la narrativa tradicional, y aquí viene y se nos cuela la antinovela de Richard Brooks que se opone a todo lo conocido.
El postmodernismo considera que el discurso dominante del narrador y el afán por un trabajo finalizado son ya cosas del siglo anterior, y por eso nos propone los silencios del que escribe, las no-explicaciones, y asume en cambio un trabajo en proceso, ocurriendo, como en efecto fuimos atrapados los que aparecemos como personajes insospechados de la obra y como en efecto sé que lo serán todos los presentes en este acto cuando aparezca la segunda parte, y la tercera, y la cuarta, si se cumplen las amenazas del binomio Brooks-Ríos Torres.
La literatura a las que nos tienen acostumbrados el currículo escolar y los procesos de marketing, nos han hecho preferir libros limitados en su género: novelas que son novelas, cuentos que son cuentos, dramas que son tales y poesías que son poesías, y si rimadas mejor. El postmodernismo no cree en tales convenciones y se lanza a pastar de una vez por igual en los prados de distintos géneros, o como se dice en los círculos convencionales: fomenta la intertextualidad, ese intertexto que es el pan cotidiano de Richard Brooks cuando toma por igual un cuento, una novela, un poema, una conversación, un ensayo, la música, el jolgorio irreverente y hasta una bibliografía para remendarlas en un mano a mano demencial en su Calle del Espanto.
Y podríamos seguir encontrando coincidencias entre la novela, o lo que sea, que presentamos hoy y el momento literario que vivimos, pero entonces correría el riesgo de que mi intervención pareciera una conferencia de verdad y ese no es mi propósito.
Sólo deseo agregar que lean La calle del espanto sin tomarla en serio, no se pongan a buscarle códigos ocultos porque corren el riesgo de toparse con una historia íntima del Panamá histórico, con los dolores de parto de la nacionalidad y de la identidad panameña; no quieran encontrar actitudes de protesta contra un sistema político decadente y gastado que funciona hoy como norma regente del estado; no le atribuyan símbolos a Palillo, a Hormiguita o al Grillo, no sea que comiencen a ver con los espejuelos fantásticos del viejo enigmático y se les aparezca de pronto la fibra de lo que hemos sido todos hasta ahora; no espulguen en los títulos que cita Richard Brooks, porque terminarían leyéndose una muestra representativa de la literatura nacional más reciente, la que sólo entrará en los libros de Español dentro de cincuenta años largos; y por favor, tampoco sometan a su autor a análisis froidianos basados en su discurso erótico, no sea que contaminen con malas vibras el éxtasis eterno en el que lo mantienen sus ninfas y sus musas.
Pero si, al igual que hizo Richard Brooks con nuestros consejos, prefieren ignorarlos olímpicamente, pues háganlo, al fin y al cabo buenos lectores, lectores furiosos, lectores que ven más allá del simple texto y que saben sumergirse en las páginas que se ocultan al común de los mortales, lectores para quienes no es difícil imaginarse a un Da Vinci remontando el vuelo en su propio helicóptero ni a Babagge cuadrando el círculo en una computadora de última generación, lectores como esos no abundan entre nosotros y ustedes serían siempre bien recibidos en La Calle del Espanto, aunque para decirles la verdad, ya se metieron en ella y aténganse a las consecuencias.
|