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En nuestro país, el año 2005 estuvo dedicado al Plan Nacional de Lectura, que se extenderá hasta 2015, y al proyecto “Para leer Panamá”, en el marco del año Iberoamericano de Promoción de la Lectura, bajo la tutela del Ministerio de Educación, el Instituto Nacional de Cultura y la Biblioteca Nacional.
Como es fácil apreciar, se trata de iniciativas de amplia proyección que buscan llevar la luz adonde más se necesita: al interior del ser humano.
Sí, porque lectura y luz, igual que luz y conocimiento, son sinónimos, de la misma forma en que abrir un libro se empareja tácitamente con la acción de encender un candil, un bombillo o un reflector, ya sea que leamos para entretenernos, para aprender o para comprender.
A pesar de la difusión que tienen los beneficios de la lectura, expuestos en el marco de acciones de amplia envergadura como el Plan Nacional que se completa hoy, y aunque todos los días vemos cómo en este país lo que falta no son recursos sino gente que sepa qué hacer con esos recursos, la acción de leer descansa arrinconada en muchas partes, porque sigue siendo preocupante la masa de panameños que sienten que eso no es para ellos.
Leer, y a eso he de referirme hoy, no se limita a una acción demarcada en límites rígidos, donde se supone que solo lee el que tiene un libro en las manos.
No. Si bien ese es el acto de lectura más reconocido, la ejecución de la lectura y sus consecuencias constituyen procesos más, mucho más complejos.
Hace poco, por razones de una investigación que realizaba, vino a parar a mis manos un mapa del siglo XI que en su momento sirvió de referencia para los intrépidos viajeros que buscaban nuevos horizontes. Algo en esa carta me parecía familiar, aunque a la vez me resultaba extraño.
No fue sino después de analizarlo durante varios minutos que pude entender lo que plasmaba ese mapa antiguo: las tierras de Europa y de Asia que nosotros estamos acostumbrados a ver al norte del mundo, aquí estaban colocadas al sur, y viceversa.
Esa concepción del mundo partía de un hecho tácito que era propio de la cultura musulmana, que no encajaba con la visión occidental, y que quizás coincide de algún modo con las controversias que siempre se han mantenido entre ambos sectores.
Pero lo importante de esto es indicar que esa forma de ver la tierra era una manera de leer el mundo, y a partir de esa lectura se actuaba en consecuencia.
Siempre ha sido así: actuamos según criterios particulares que se basan en la manera en que entendemos las cosas, y ese entendimiento parte de la capacidad que tengamos para “leer” los acontecimientos.
En el siglo XI de nuestra era, gracias a su aptitud para leer los contornos de las tierras conocidas y de las que se iban abriendo mediante las nuevas exploraciones, el geógrafo y científico árabe Al-Idrisi (1100-1165), el autor del mapa al que me he referido, concibió y dio a conocer una de las más detalladas obras geográficas de la época medieval, revelando detalles insospechados hasta entonces.
Al Idrissi describió el mundo como lo entendía sobre la base de su particular lectura del orbe. Otro árabe, Ibn Batuta (1304-1369), gran viajero y amigo de las letras, dejó una amplia historia de sus viajes a mediados del siglo XIV, partiendo del pretexto de una peregrinación a La Meca, que amplió hasta convertirla en un recorrido de más de 120 mil kilómetros, que incluían desde España hasta China, desde Tombuctú en África hasta las estepas rusas.
Cuando no existían los convenientes textos que hoy día orientan al turista, Batuta marcó hitos en cuanto a la literatura de viajes, abriendo el camino a nuevos aventureros, que se valieron de esa, su lectura primordial, para marcar sus propios derroteros.
Pero así como Idrissi y Batuta leyeron el suelo, Pitágoras en el siglo VI, Eratóstenes en el siglo III, Nicolás Copérnico, en el siglo XV, Johannes Kepler en el siglo XVII y, por supuesto, las civilizaciones americanas precolombinas, leyeron el cielo para establecer las bases del conocimiento del planeta y de sus astros vecinos, enseñanzas que desafiarían las pruebas que les impondrían los avances científicos y tecnológicos del futuro.
Esa capacidad de lectura fue para ellos, y sigue siéndolo para nosotros, la posibilidad de saber y de crecer, y el fabuloso poder que otorga el entendimiento.
He querido partir de estos hechos fundamentales en el conocimiento del mundo, a los que comparo con la acción de leer, para enfocar las múltiples dimensiones de la lectura. Son muchas las personas, y en esto quizás el sistema escolar tenga parte importante de culpa, que ven la lectura como una actividad tediosa y llena de complejidades, lo que inhibe su voluntad para emprender esta tarea.
Ni una cosa ni la otra deben ser normas relacionadas con el hecho de tener un texto entre las manos.
Un libro es una fuente de luz que nos permite acondicionar nuestros sentidos para emprender otras lecturas que sí son de verdad complejas, como puede ser, por ejemplo, la lectura de los hechos que conforman nuestra sociedad contemporánea.
Quien no tenga una arraigada familiaridad con los textos escritos, difícilmente podrá aspirar a entender su mundo, con el consiguiente riesgo de quedarse al margen de la imparable evolución de ese mundo. Ahí estriba el principal riesgo de no leer.
Tal incapacidad para entender los códigos del texto, suele llamarse analfabetismo. Gracias a Dios, en Panamá esa sombra maligna está en retroceso, aunque persisten resabios en los mismos lugares donde, oh coincidencia, campean los espectros del hambre y de la miseria.
No obstante, hay otro analfabetismo, igual de letal, que campea entre los cristales de las mansiones, en las paredes escolares, en las ciudades, en los salones universitarios y tristemente también en las esferas donde se toman decisiones cruciales para el país; es un analfabetismo que mata desde adentro y hasta tiene la posibilidad de contagiar a otros: es el que se conoce genéricamente como analfabetismo funcional, que no es más que la capacidad de leer sofocada de inmediato por la incapacidad de comprender lo leído.
Este mal de hoy hace estragos en nuestra población y es el nido donde se incuban los grandes males sociales que constantemente salen a poblar la tierra que llamamos nuestra. Gran parte de la intolerancia y de la violencia, de la delincuencia y de la corrupción, de las enfermedades y de los vicios, surgen en la escasa o nula aptitud para comprender desde una línea de texto hasta los procesos que marcan el desarrollo mundial.
A contrapelo de esta maligna influencia, han surgido nuevas y cada vez más flexibles oportunidades de continuar estudios superiores, en una irrefrenable carrera en donde los más rápidos se llevan la mayor cantidad de títulos, con la promesa, no siempre cumplida, que desde esas alturas el egresado será capaz de leer mejor los acontecimientos que lo rodean.
Creo firmemente que una juventud instruida, apta para leer las consecuencias de la drogadicción, del tabaquismo o del pandillerismo, difícilmente caerá en sus garras; creo firmemente que un hombre o una mujer que sean capaces de leerse a sí mismos, que no es otra cosa que autocomprenderse, presentarán batalla cuando sean tentados por los demonios de la soledad, del egoísmo o de la autoestima disminuida.
Esto no solo lo digo yo; 700 años antes de Cristo, los siete sabios de Grecia mandaron a grabar en el frontispicio del templo de Delfos lo que constituía el summum de su sabiduría, expresada en la máxima “Conócete a ti mismo”.
Leer, afirmo, tiene múltiples dimensiones, y todas parten de ese hecho en apariencia aislado que ocurre cuando tomamos un texto en nuestras manos; allí, sin saberlo quizás, estamos sentando las bases para, al igual que los sabios de la antigüedad que mencioné antes, reconocer el mundo en que vivimos, y de paso mirarnos a nosotros mismos en ese contexto.
Ojalá la escuela de nuestros días, tan ortodoxa a veces; el maestro de hoy, tan ocupado en conquistas gremiales que, sin dejar de ser justas, tienden a opacar la misión divina que les ha sido encomendada; el ciudadano común, que ha perdido de vista el papel tutelar del magisterio; o el Gobierno Nacional, que no logra todavía hacer de la educación integral el pivote de todas sus acciones; todos ellos y todos nosotros en la esfera de nuestras responsabilidades, podamos hacer que la lectura sea una acción cotidiana en cada niño, en cada niña, en cada habitante de este suelo, al inculcarles cuántas ventajas hay detrás de cada texto, y cuántas posibilidades ofrece para acercarse en sus páginas a la lectura de ese texto finito, pero primordial, que es uno mismo; y de ese otro mayúsculo e infinito, que es el Universo.
Por algo afirmó sir Francis Bacon, en el siglo XVI, que los libros de historia hacen al hombre instruido, la poesía lo hace ingenioso; las matemáticas, perspicaces; las ciencias físicas, profundos; las ciencias morales, graves; la lógica y la dialéctica, aptos para el debate. Es como si dijéramos que en la lectura hallamos de inmediato el suplemento necesario para llamarnos humamos.
Pero para lograrlo, quien pronuncie la palabra “libro” debe hacerlo con un libro bajo el brazo, mejor aún, ante los ojos; cada vez que alguien invite a la lectura, debe hacerlo mientras esté leyendo; en toda oportunidad que hablemos de las ventajas de la lectura, debemos hacerlo exponiendo la experiencia propia. Que no diga “libro” quien no sepa a qué huelen sus páginas; que no diga “lea” quien no tenga un libro de cabecera y que no espere sembrar para el mañana quien no concede un lugar de su casa para atesorar un par de textos esenciales.
Todos los días, muchas personas de distintas ocupaciones y encargos en este país, hablan de la necesidad de cambios destinados a mejorar el sistema de cosas en que vivimos. Claro que se requiere cambiar, eso es fácil señalarlo; lo difícil es entender que todo cambio parte de nosotros mismos.
Hace poco, en un evento similar, ponderé la capacidad del libro para cambiarnos y, de paso, para introducir cambios necesarios en el mundo. Allí decía que el libro no es una pócima ni un conjuro, pero sí es un inicio para muchas cosas. Textualmente afirmaba que un libro no le llena el vientre al que siente hambre, pero sí le dice cómo podrá llenarlo; un libro no nos hace inmunes a las armas de la violencia, pero hace que nuestro corazón no sea violento; un libro no nos hace rico, pero nos hace sentir como si lo fuéramos; un libro no nos hace famosos, pero nos da la potestad de reírnos de la fatuidad de algunos famosos; un libro no elimina a las drogas, pero sí elimina la necesidad de ellas; un libro no hace la paz, pero nos enseña a vivir en paz; un libro no es dios, pero nos deja hablar con Dios.
Un libro, en fin, es la puerta de todas las puertas, y por tal razón son oportunas y bienvenidas en nuestro país iniciativas como el Plan Nacional de Lectura y las acciones que en él convergen, articuladas mediante una serie de eventos de incentivo al conocimiento y estrategias de promoción que prometen frutos sustanciosos en los años por venir. Todos nosotros, independientemente de nuestra profesión u oficio, podemos coadyuvar en esta tarea esencial. Tomemos un libro en las manos, leámoslo, entendámoslo, y lo que es más importante: estimulemos a los niños y a los jóvenes a hacerlo, apropiándonos de la premisa del Plan Iberoamericano de la Lectura, que exclama: “Leer es lo máximo”.
Ese es el primer gran paso para un salto grandioso; el que se da cuando logramos entender el mundo, cuando podemos participar en sus dinámicas transformadoras y quizás también en los procesos que se requieren para salvarlo de una destrucción segura, porque quien no lea, señores, quien no sepa decodificar sus lecturas, estará en riesgo permanente de ver el mundo de cabeza, como hasta el día de hoy puede verse en el apreciado mapa de Al Idrissi.
(Palabras del profesor Ariel Barría Alvarado en el acto de presentación del Informe Nacional del Año Iberoamericano de Promoción de la Lectura, en la Biblioteca Nacional). |