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“La vía hacia la perfección, hacia la unión con todo lo que nos rodea, incluyendo a Dios, es una conquista lenta de uno mismo, que va desde el control de los músculos al control del espíritu, pasando por la mente y la imaginación.”
Las arterias de nuestra cosmopolita ciudad se ofrecen al lector como un tour económico y completo antes de intensificar las emociones y sentimientos -múltiples o compartidos- manifestando conocimientos antiguos y preservados con magnífico celo.
Superficies que reflejan fuego, indios, sueños; la noche con sus sonidos invisibles, el día con su matizado espectáculo de luces y sombras; la muerte, el asesino…
Ramón Fonseca Mora, excelente narrador de sentimientos y promotor de la originalidad y la creación, plasma un enorme retrato inspirado en un Panamá verde, selvático, expuesto al ambicioso progreso de “comeárbol”, de una civilización materialista, sin raíz.
Un personaje acusado de asesinar a su padre se aleja de todo en su tierra y va a parar a un monasterio en la cima de una montaña en España, donde la calma del silencio le permite escuchar la voz de la naturaleza y los gritos de su intimidad.
No todo está perdido, aún quedan personas que lo quieren y creen en él lo suficiente para iniciar una serie de sucesos que los involucrará, cuerpo a cuerpo y vida con vida, para descubrir la verdad.
El entorno sencillo en el monasterio y la voluptuosidad de la selva tropical se describen para identificarse plenamente con la búsqueda de un hombre cuya sangre lleva esencia blanca e india, combinación genética que lo marca profundamente y estereotipos sociales que lo llevan de un lado a otro sin poder quedarse en ninguna parte.
“Comeárbol” es destructivo, impositivo y lo arrastra; María, la cocinera india es inteligente, cautelosa y lo instruye; el Hermano Martín es profundo, amable y lo guía mientras escucha; José, Carolina y Marisa son buenos, lo ayudan y lo extrañan; Miguel y el Detective son diferentes.
Todos serán conducidos a la selva, a través de un río caudaloso y tierras imponentes, para que conozcan el poder de la naturaleza, la cultura de un pueblo y la gran sabiduría que los conjura.
Contemplar la vida es un acto invalorable, apreciar cada manifestación enriquece al hombre capaz de abrir las ventanas que enmarcan mundos paralelos, universos perfectos, verdades aún por descubrir.
“Para empezar a caminar en busca de tu verdad debes dejar de pensar en cualquier otra cosa, sea lo que sea, y enfocar tu mente y tu espíritu en el sendero que deseas recorrer, en la meta que quieres alcanzar”.
-¡¿Abrir ventanas?!
-Sí, de eso se trata todo.
“Comprendí… por qué estaba en ese lugar y hacia dónde me dirigía… sólo me quedó un vago sentimiento de saber que lo que hacia estaba correcto, sin respaldo alguno de razones lógicas”.
Fonseca Mora, Ramón. La Ventana Abierta/ Panamá: Editora Sibauste, 2005. 403p |