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El desván
 
Jueves | 21.06.2007
 
Por: Fernando López Peralta
 
La Regla 31
Apreciado Ramón:

Hace no más de seis horas he concluido la tarea que a mi responsabilidad otorgaras. Prácticamente es media noche, mi momento preferido para entregarme al gozo liberador de la escritura; puedo leer a cualquier hora, en prácticamente cualquier lugar, mas nunca he podido escribir con mayor pasión, soltura y efectividad que entrada la noche; llegada la media noche, ahora.

No he pretendido, como solicitas, entenderte ni justificarte. Tus razones tendrás, lo sé, es la libertad del escritor; además todos tenemos un motivo secreto, aquel que nos hace actuar, el motor de nuestra existencia. Existencia, bendita palabra. El desván, tu novela, es una existencia que permanecerá desde hoy y para siempre conmigo.

Las palabras a emplear son producto de inspiración, admiración y aprecio por tu creación literaria; por ese estilo breve y poético que maravillosamente abraza, aprieta y asfixia a tus lectores.

Las mismas palabras son objeto de meditación, frustración y esperanza, como consecuencia inevitable de aceptar tu propuesta.

Todos experimentamos alguna vez la pavorosa e incierta sensación del miedo. ¿Qué es el miedo? No quiero definirlo, se materializa en mi piel erizada de solo pensar en él.

Miedo, quien diga no conocerle o aquel que afirma jamás sentirlo no es más que un ente de mentiras. Reconocer que existe y ser capaz de afrontarlo es la esencia de un valiente.

Ante esto, Ramón, eres un auténtico valiente, de los que marcha por delante entre quienes aspiran anotar su nombre en la selecta lista de representantes de la literatura en nuestra estrecha patria.

Intriga tu serenidad ante la tragedia, inquieta. Provoca ansiedad la insignificancia que otorgas al tiempo; parece no existir, importarte poco.

El espacio no cambia, mas pones ante el horizonte intelectual del lector la belleza de lo simple y lo simple de la belleza. ¡Qué elegancia!

He leído las hojas numeradas que me enviaste y, superada la catatónica emoción que produjo en mí, te comunico mi humilde opinión. Espero satisfaga tu necesidad de evidenciar la existencia o no de aquel hombre.

Fernando López Peralta


La Regla 31
“Es como si me hubiese detenido en el umbral de un gran portón hacia el que me lleva irreflexivamente el desvarío, la angustia: allí estoy aún, en un inmenso presente sin movimiento y sin lamentos. La puerta abierta y yo de pie”.

¿Qué si existió Federico Calvo? La respuesta es responsabilidad del lector profundo -analítico e inteligente- que descubra las múltiples perspectivas de la esencia humana, de la conciencia individual que Ramón H. Jurado plantea con pulcritud y simpleza en un juego de cartas que manifiestan el sentido de lo auténtico. Escribirlas, libera; recibirlas involucra y darles respuesta es un compromiso personal.

“El porvenir es angustia, ansia, sobre todo miedo”.

El autor involucra desde el primer instante al cómplice principal, su “Estimado Doctor” y lo envuelve inevitablemente en un argumento de análisis psicológico que evoluciona en base a un hombre incapaz de responder a la más importante pregunta que puede hacerse a cualquiera.

¿Quién eres? Siendo “ser” mucho más que un nombre fácil de borrar y olvidar en la historia. Federico Calvo es el personaje más aterrador que se ha conocido; es un ser filosófico, sereno; inquietantemente tranquilo ante su frustrante existencia de ratas y temores; sin tiempo, iluminado por una lámpara que no se apaga.

“Lo cierto es que se tiene miedo de vivir, de estar despierto, miedo de pensar”.

Se opina que la vida es un don. La vida no es más que un montón de momentos que la mayoría deja pasar sin apreciar su justa, completa y compleja estructura de razones -la relación entre causa y consecuencia-.

Pensar es validar lo vivo, pero también es atreverse a andar los accidentados caminos en los que no cualquiera conquistará una meta, su destino, la respuesta a la importante pregunta que hizo dar el primer paso.

“La voluntad es algo que el hombre no ha tenido siempre. Es postiza. Reciente. Se pierde al primer contratiempo, cuando se derrumba el sentido lógico que imponemos a las cosas”.

Conforme logra expresar su existencia Federico Calvo, va aportando detalles que elevan la maestría del autor. Aquella mano izquierda que no puede explicarse bien, corta de palabras, tímida.

Esa mano izquierda que escribe solo lo que puede. Por esa mano izquierda, que es lo único que le queda para existir, se siente tristeza, orgullo, dolor, empatía. Se despierta el amor por la vida.

“Ese soy yo: Federico Calvo. Lugar de nacimiento: David, Chiriquí. Edad: 37 años. Diagnóstico: tuberculosis en la cadera”.

Ramón H. Jurado busca saciar necesidades, busca la respuesta a una pregunta. Federico Calvo es lo humano; la vida con sus miedos y el dolor -¡Oscar Wilde lo considera la esencia de lo bello y Ramón Jurado los presenta como ratas!-.

Federico Calvo existe, lo he conocido, es el pensamiento de cualquier hombre que busca respuestas. El desván, de Ramón H. Jurado, ante la humanidad, la literatura, la psicología y todas las artes y ciencias “no es queja; tampoco reproche. Sencillamente deseo de saber”.

**Jurado, Ramón. El desván. Editorial Manfer, S.A. Panamá 1995
 
     
 
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