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La isla de las iguanas y otros relatos
 
Jueves | 30.08.2007
 
Por: Mario Zambrano.
 
La Regla 31

¿Qué misterio tiene? ¿La soledad o el encanto? ¿La ilusión o el secreto del más allá? La imaginación es reveladora. Retoña en los manantiales isleños del voluptuoso mar, cuando relata en el golpeteo de las olas la belleza del paisaje azul acuático y el verde terrestre que moldean el arco iris de la isla, en donde se habla unas veces en soliloquio y otras con seres que devuelven sus respuestas silenciosas.

La antología tiene cuentos que enaltecen la naturaleza, el autor la coloca en diálogo con el ser humano, en un afán de dibujarnos la comunión entre uno y otro.

¿Qué tanta imaginación traslucía la mente de Igor, que buscó siempre en una isla lo que no sabía y nadie había visto porque era escurridiza? Su obsesión fue creciendo en la isla en la medida que el jugo de uvas rojas fermentadas se apoderaban de su cerebro. Intensificaba las alucinaciones con el verdor de la piel escamada, la cola larga, los ojos saltones, y el asomo de la lengua que le insinuaba sensualidad.

A falta de un frondoso cuarto privado, la cama era la arena mojada por el mar, bañada de sol resplandeciente con sus granos diminutos levantados al soplo de la fuerte brisa que se colaba por las fisuras de las rocas. Eran la envidia de la parvada. A Igor le entusiasma, lo destaca, se deleita con las iguanas. Persigue sus rastros y costumbres. Prontamente se identifica con ellas.

Sus celos seguían aumentando; ya era parte de ese ambiente cultural y Betty era la cortejada. Su comportamiento no era igual. Poco a poco experimenta garabatos confusos en sus escritos, el oficio de escribano se le ha olvidado. ¡Pertenece a otra fauna! La vuelta de Igor al lugar de nacimiento no era el trópico centroamericano de sus últimas intimidades, donde el sol es radiante, la luna esplendorosa y las palmeras extienden sus largas sombras retorcidas en las aguas cristalinas. Allá lejos había otro clima y otra gente que ignoraba de sus andanzas e instintos. Por ello, la poca previsibilidad de la ciencia europea contribuyó a escribir su epitafio. Igor ya no era humano.

Ramón Fonseca Mora repasa ojos y sentimientos en el comportamiento humano, en ese contraste de ciudad y campo, en las escenas de nuestro diario bregar.

Siembra cariño, reniega de los malos pasos. Es el padre herido, estratégico en la adversidad, persistente en la justicia, dispuesto a vengar lo suyo por la desidia intencionada. Perdición y corrupción son lepras que corroen la sociedad; hacen trastabillar a algunos, solo algunos, que juegan en esos precipicios oscuros de la inmoralidad.

Porque el loco no estaba loco, era el observador burlón de los fanfarrones que buscan la piedad de Dios para aliviarse de los espíritus carroñeros que cargan siempre a cuestas, las muertes y el verdadero Alí Babá.

La maquinación del insano es la voz conjunta de la sociedad y del propio espíritu que les rebota como míseros. Esa es la realidad que les calcina el alma.

Pues realidad también es entretejer odiseas que desfiguran el entorno del vecindario, convirtiéndolo temporalmente en alegría, diversión, confusión, mortificación y hasta obsequio de trabajo al sepulturero. La isla de las iguanas y otros relatos recopila cuentos de acontecimientos amenos, a mi juicio, que están bien sincronizados. Son retratos identificables en el panorama que toman la vasta avenida de movimientos de distintas conductas.

Ramón Fonseca Mora en efecto nos pone a mirar la copa de los árboles, nos advierte del sedal apropiado para que el dorado no se lleve la esperanza de acallar la voracidad del estómago o pone al hombre a refugiarse en la mentira estructurada en el pecado.

El autor juega con los personajes en el escenario adentrándose en la parte psíquica de los temas, los vive, son fantasías de su creación.

(Mario Zambrano es catedrático de la Universidad de Panamá y asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve).


 
     
 
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