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| LA PRENSA/David Mesac |
La provincia de Chiriquí ha sido siempre pródiga en recursos y aportaciones de todo tipo, los que ha puesto al servicio del engrandecimiento de la República.
Un momento histórico que enorgullece a todo chiricano es la respuesta inmediata y sin condiciones que dio la provincia al conflicto de Coto, en 1921, o antes, en los episodios que en los albores del siglo pasado vieron esas tierras en el marco de la infausta Guerra de los Mil Días, o bien las acciones que allí se generaron en pro de la recuperación de la democracia, en la década de 1980.
Hombres y mujeres preclaros ha dado Chiriquí, los que figuran con orgullo patrio entre las generaciones de panameños ilustres que desde un confín a otro de la nación han ido conformando la historia común. Así mismo en la literatura, importantes son los legados que han dejado a esta patria los hijos e hijas del Valle de la Luna, cuyas páginas son parte de nuestro acontecer cultural.
La profesora Aura América González -en un libro titulado Huellas de chiricanidad, ideario de panameñidad- compendió en 2003, en atinado esfuerzo que la enaltece, los nombres más destacados que desde el suelo chiricano han cultivado la literatura como modo de expresión. Son 75 escritores vivos, quienes en diversos géneros plasman vivencias y formulan propuestas estéticas que reflejan su amor indeclinable por la patria chica y su compromiso con el avance de la nación, lo que evidencia el pensamiento de cada uno, expuesto junto a su semblanza.
Pero alrededor de ese abanico de nombres, y aparte de los que han trascendido ya este plano terrenal, otras plumas, otros pensamientos, despliegan alas y vuelan. Se trata de los que han escrito en otros géneros, de los que no han publicado sus escritos, y de los que sin ser chiricanos de nacimiento han arraigado sus vidas en las tierras que limitan el río Viguí y Paso Canoa.
Son trabajos que desde su individualidad se unen al conjunto de esfuerzos que nos dignifican, y que son esenciales en estas épocas de tantos retos a la identidad, de tantas amenazas a las costumbres. Como consecuencia de mi trabajo con las letras, tuve el placer de conocer, hace unas cuantas semanas, a una coterránea que, además de sus obligaciones familiares, ha dedicado su vida -con ahínco y devoción- a labores docentes, cívicas y literarias: Diamantina Carrera de Calzadilla.
En un libro escolar suyo había obtenido mis primeras referencias formales sobre la estructura del Estado y los deberes y derechos del ciudadano, cuando en el Primer Ciclo de Las Lajas estudiábamos el texto Educación Cívica, del cual es coautora (publicó, además, en 2003, Carlos Calzadilla: un patriota consecuente, sobre la carrera política de su difunto esposo).
Sabía de ella, además, porque su madre, doña Leticia de Carrera (1900-1985), figura como la cronista del oriente chiricano, a través de un libro que publicara a fines de los 70, titulado Apuntamientos sobre sucesos históricos y tradiciones de Las Lajas, Horconcitos, San Lorenzo y florilegio de poesías, en el que se recogen varias historias de las que contaban antes los mayores, suculenta mezcla de realidad y fantasía con la que se delineaba la cultura de nuestros pueblos.
Cuando, en ocasión del Centenario de la República, se me pidió esbozar una historia del pueblo de Las Lajas, no dudé en acudir a las fuentes históricas formales, pero por nada del mundo habría dejado de lado el texto de doña Leticia, con quien además me unió alguna vez una dispar amistad, por ser yo un niño ávido de conocimientos, y ella una matrona ilustre, que se atrevió a compartir conmigo algunos de sus versos y sus consejos, en los que afloraba su inteligencia innata. Ese esbozo histórico se halla recogido hoy en el portal cibernético lajeño: www.laslajas.com.
Ahora, ante su hija, percibí el mismo entusiasmo por compilar la historia, las anécdotas, los pasajes más notorios de su infancia, y perfilar así el contexto histórico en el que le tocó crecer. Luego de intentar subsanar en breve tiempo el distanciamiento generacional que nos aparta en cuanto a estilo literario y experiencias, pero que nos une en nuestro amor por la tierra natal, la profesora Diamantina puso en mis manos dos obsequios de sumo valor: un texto titulado Chiriquí Oriente: sobre el ayer construyamos un mañana prominente y un manojo de páginas impresas en las que habría de volver a encontrarme con mis raíces.
El texto recoge aspectos históricos de la fundación de los distritos del oriente chiricano: San Lorenzo, San Félix, Remedios y Tolé; además, cita distintas fuentes para recopilar los principales detalles socioeconómicos que caracterizan a esta región (la más pobre de la provincia), y formula un compendio de propuestas valiosas para remediar las principales deficiencias que de modo crónico aquejan al territorio y a sus moradores. El libro está acompañado por mapas y fotografías de referentes geográficos fácilmente identificables para los naturales de esta región, o para sus visitantes. Es el tipo de documento que deberían leer quienes se interesen por el conocimiento de su tierra, y hasta podría ser útil para dar ideas concretas a los políticos, que en estos tiempos enfilan sus pasos hacia esos parajes, con su inagotable y efímera promesa de cambios.
En lo particular, el obsequio que más me impactó fue el legajo de cuentos, poemas, ensayos y remembranzas que Diamantina Carrera me entregó aquella noche de evocaciones, en su casa de Paitilla. Resultan una extensión de los que en tono coloquial, pero cercanos a la referencia histórica, escribió su madre en el libro precitado; sin embargo, en los de su hija se busca más el tono literario, la esencia del cuento en primera persona, con un yo protagonista, y la visión deslumbrada de una niña que comenzaba a conocer el mundo.
En todo el planeta, el imaginario popular se nutre de los mismos elementos: lo desconocido, lo incomprendido, lo diferente, lo que nos asusta, lo que nos sorprende, lo que se nos prohíbe. No sé si hoy, con la avalancha de acontecimientos mediáticos que destronan ese imaginario, la niñez podrá seguir creciendo igual. No obstante, en Chiriquí Oriente los medios de comunicación nacionales apenas comienzan a afianzar su penetración y los globales casi se desconocen, por lo que es posible escuchar historias de las que nutrieron a nuestros hombres y mujeres de letras. Y las páginas de Diamantina Carrera, más del lado de la evocación personal que de la mera ficción, nos traen ese sabor a pasado que ya es difícil encontrar, y abren puertas a un tiempo que dejamos atrás, orillando el olvido, para hablarnos de pueblos casi mitológicos, donde las gentes, además de vivir, tenían la cotidiana misión de fundar un pueblo para legarlo a los que vendrían después.
Una y otra vez encuentro ahí los nombres, los lugares, los sucesos, los que una vez también sirvieron de marco existencial a mis padres, a mis abuelos, quienes en vez de escribirlos prefirieron cincelarlos en las memorias de sus hijos, en nuestras memorias. Pero el recuerdo no siempre es fiel; a veces se esfuma, a veces se disfraza, a veces nos engaña o, como en mi caso, suele acomodarse entre otras historias para cobrar dimensiones propias. Es por eso que en los escritos de Diamantina pude ver apuntados, con otros ojos, las notas casi históricas que dan fe de la existencia del personaje que yo haría ficticio en la novela La Loma de Cristal, llamándolo Pablo Allard. Y pude entender, de nuevo, que la literatura no es más que un pase de revista a lo que recordamos.
Yo le he pedido que haga de esas páginas un libro, que no deje que su pensamiento se quede empantanado entre líneas sueltas. Ella no sabe si eso será posible. Por eso le prometí este artículo, para eso le ofrecí mi voz.
(Ariel Barría es catedrático de literatura en la USMA, galardonado en el Ricardo Miró en tres ocasiones y asesor del Círculo de Lectura Guillermo Andreve).
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