Una entrevista

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Hace una hora me entrevistó para una emisora de radio Francisco J. Chavanel. Mi discurso, a preguntas del periodista, giró sobre la crisis de la democracia en el mundo actual.

La crisis en España, naturalmente. Dije que, por primera vez en toda mi vida, no era optimista con mi país y con su futuro. Dije que los partidos políticos habían invadido poco a poco, y desgraciadamente, la vida cotidiana del país; que la monarquía no está hundida, pero sí gravemente tocada, que cualquier tiempo pasado en democracia fue mejor que el que ahora vivíamos.

Dije que la falta de educación y respeto por la ley se habían extendido en España de arriba, desde las élites, a abajo, el pueblo en general, y el populacho lumpen en particular. Dije que no sabía cómo a estas alturas podríamos cambiar, pero que la crisis económica, que parecía más relevante por urgente, era menos importante que la crisis política, social y cultural.

Alguien publicó en un periódico español hace unos días que tal vez España necesitaba un nuevo Adolfo Suárez. Los asuntos y las personalidades históricas no se repiten a petición de parte: son una vez y la segunda resultar un esperpento.

En España, en este sentido, estamos jugando con fuego. El honorable president de los catalanes, el señor Mas, es el más juguetón de todos. El también catalán, y gran escritor, premio Cervantes, Juan Marsé, afirma que Mas no es más que un madelman crecido en la crisis cuya conducta y actitud lo van a llevar a la ruina personal y a la crisis de su país.

Mas ha escrito una carta a los jefes de gobierno europeos, una carta en inglés (como debe ser), donde les pide ayuda para la consulta. ¡Pero, hombre de Dios, no sea usted ignorante!

Porque ignora usted, tranquilamente, la situación explosiva de Bélgica, ignora qué cosa es Baviera para Alemania, ignora el problema corso para París, además de los vascos del norte; ignora usted Escocia y la Gran Bretaña e ignora usted, en el fondo, el mundo entero.

No sabe nada, aunque hable inglés, porque se puede hablar en siete lenguas y ser imbécil de pies a cabeza.

En esa entrevista radiofónica dije que si España fuera hoy el país que mi generación soñó cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados, lo de Cataluña, lo de los partidos políticos y lo de la monarquía no estaría sucediendo. Y dije también, para que me entendieran todos, que yo prefiero una monarquía a la sueca u holandesa, a una república dirigida por Aznar o Zapatero. ¡España, aparta de mi ese cáliz!, como escribió el poeta en su momento.

Cierto que en peores garitas hemos hecho guardia y de peores guaridas hemos salido en este país viejo ya lleno de cicatrices.

Parecía que habíamos escapado de la decadencia secular que nos llevó a la guerra civil en 1936 y hemos regresado por el camino más corto a tiempos anteriores a los años 1980 del siglo pasado.

No, no estamos viviendo, como dicen algunos, con Franco otra vez. Esos no saben ni lo que dicen, pero la crisis de valores políticos y morales resulta tan asombrosamente palpable que la economía, a pesar del dolor que nos sigue causando está en segundo lugar de los verdaderos problemas de este país.

¿Qué hacer? Muchos jóvenes se van. Antes, los que creímos que las provincias no tenían razón ni redención, huimos hacia Valencia, Madrid y Barcelona.

Algunos encontramos en alguna de esas ciudades nuestro lugar en el mundo y no nos arrepentimos del viaje vital. Pero el mundo hoy es más ancho y ajeno y vale la pena que, al menos de jóvenes, los mismos jóvenes corran su aventura del mundo.

¡Que vuelen, que vuelen, que vuelen! Aprenderán a volar si se echan a volar sin miedo. Y así ganarán antes su tiempo, su espacio vital y su lugar definitivo en el mundo. Que eso significa más empobrecimiento para el país, no cabe duda, pero un país, cualquiera que sea, no puede exigir de nadie un patriotismo que las élites políticas y financieras están muy lejos de sentir en sus corazones.

Visto lo visto, me despisto, puede decir para un joven español perfectamente preparado hoy para vivir en cualquier país. Tal vez la patria, la nación y otras nociones parecidas no sean más que zarandajas, estrambóticos espejismos históricos y geográficos para tenernos atados a una tierra y a unas costumbres que en el fondo detestamos y nos detestan. Estoy seguro de que el divorcio es cosa del Arquitecto. Y que la voluntad del viaje y de huir de las mentiras también.

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