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La
marina y el ocaso
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Recomendados:
Pulpo
al carbón ($7), pargo con salsa de limón y
alcaparras ($7.50), deditos de pacanas con helado de coco
Buena relación costo-calidad: Langosta a la parrilla
($10.50), sopa de aoyama ($1.50)
Acceso a discapacitados: No
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MARINA
CARENERO
Número de atracaderos:
26
Calado máximo:
16.7 metros
Manga máxima:
6 metros
Derechos de atraque:
25 centésimos por pie (de eslora) por noche, con
uso normal de electricidad y agua potable (el aire acondicionado
y demás aparatos de alto consumo a costo adicional).
Mejores tarifas negociables en caso de sobrestadía.
Servicios:
Electricidad de 120/240 voltios, 60 hz, duchas, muelle para
esquifes, disposición de basura, áreas de
trabajo, acceso a lavandería, facsímil y correo
electrónico.
Servicios de hospitalidad:
Desayuno, almuerzo y cena siete días a la semana.
Alojamiento:
Tres cabinas de seis personas cada una, a noventa y cinco
dólares por noche.
Transporte: Servicio de taxi acuático de J&J
Tours a Bastimentos, Bocas, Carenero y Solarte.
Contacto: Mack y Mary Robertson, (507) 757-9242, marcar@cwp.net.pa
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La
fantasía de muchos es navegar, navegar hasta perderse en el ocaso,
con el suave murmullo de las olas acariciando la proa mientras
una cálida brisa preña las velas con destino.
A Marina Carenero no llegué a vela, llegué en chingo; la brisa
no era cálida, era más bien calurosa; pero el encanto del paraje
es indiscutible y el hechizo de la noche, ineludible. En su recoveco,
visible desde Bocas Town, el marino encuentra refugio, de igual
forma como lo encontró Colón cuando descubrió, bajando por el
Caribe centroamericano, la hermosa bahía de Caraboró, hoy bahía
del Almirante: en la isla de Bastimentos reabasteció sus carabelas,
y de ahí el nombre. Esta noche cálida nos encuentra atracando
en el pequeño muelle construido por Mack y Mary Robertson, quienes
llegaron a Bocas en 1997. De un salto negocio el escaño y contemplo,
antes de ir a cenar, la pequeña marina de los Robertson. Botes
provenientes de Europa; de las Américas, Norte y Sur; de islas
vecinas y de otras algo más lejanas. Actividad en algunas, divisada
sobre cubierta o adivinada por la luz que reflejan sus claraboyas.
Otras, silenciosas, se mecen perezosas en la bondadosa calma.
Mientras camino hacia el restaurante, siento el olor a tierra
mojada, a hojas en brote, a mar vecino, portado por el ligero
bochorno que caracteriza a esta provincia, tan cercana que más
que otro mundo, es un universo paralelo.
La primera impresión del Sunset Grill, nuestro destino gastronómico
de esta noche, es que por ningún lado se divisa el sunset,
ya que el techo de paja bloquea la vista del mar, que está
a varios metros de este. Pero inmediatamente llama la atención
la maravillosa ebanistería: la fascia, celosías y gabinetes son
de tabaco y pera enmarcadas en zapatero, al igual que las mesas,
juntadas a inglete. El sobre de la barra es de guayacán
chiricano pulido a mano, la pared frontal es de roble machimbrado
y los bancos son de zapatero y roble. Este es un orgulloso empeño,
que augura gran pericia, también, en las artes culinarias.
Muy pronto entendemos que si bien lo de sunset es figurativo,
lo de grill es literal. James Frechette, el chef francocanadiense,
habla el lenguaje de la buena mesa tan bien como el español, francés
e inglés, lo que garantiza comunicación infalible entre chef
y comensal. Sumando su aprendizaje en Nueva York, Londres
y San Francisco a la riqueza que ofrece Bocas, sin titubear, hace
de esta una ocasión memorable: Nuestro ceviche y ensaladas son
impecables, como también la sopa de aoyama (calabaza), consistente
y ligera a la vez.
Pero
lo mejor está por venir: el grill da a los platos fuertes
carácter sin robarles su esencia: El pulpo al carbón, previamente
sancochado en limón, está tan tierno que se deshace en el tenedor,
y el pargo con una remoulade de alcaparras y limón se ha
asado con exactitud, ya que un instante más lo hubiera secado,
pero en este, su punto, logra una textura extraordinaria parecida
a la del surubim, el pez rey del Paraná. Al probar la langosta,
compruebo cómo el respeto por los ingredientes arroja un manjar
increíblemente tierno, de extraordinario sabor. El filete de puerco,
que en manos de muchos queda reducido a una tira seca, insípida,
es tan especial que ni siquiera probamos la salsa teriyaki que
lo acompañaba. Potencia el deleite el hecho de que este es uno
de los pocos sitios que encontramos con lista de vinos, humildes
pero potables.
A la hora del postre, es difícil elegir un ganador, ya que tanto
los deditos de pacanas con helado de coco tostado como el muffin
de guineo, ron y coco con salsa de chocolate, son mucho más
de lo que nadie tiene derecho a esperar contadas las obvias dificultades
de aprovisionamiento. Los bastimentos de Colón eran, y son, sinónimo
de periplo.
Buena
Vista Bar & Grill
Aristóloga
Especial
para La Prensa
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Recomendados:
Alitas
de pollo picantes 3.75
Bacon cheeseburger 4
Jerk chicken sandwich 3.95
combo en pita (pavo, jamón ahumado Berard, salami,
muenster) 3.95
brownie de chocolate 2
carrot coconut 2
piña colada 3.50
margarita 3.50
On the
water
7579638 / 757 9035
mccarren@@cwp.net.pa
Al lado del Ipat
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También
conocido como ‘‘el bar americano’’, se especializa en ensaladas
y emparedados. Ya hemos intentado ir antes, pero no estaba abierto.
Así que esta vez llegamos por el agua: desde el cayuco, bajo el
inclemente sol que torna la superficie de la bahía en mil espejitos
rutilantes, su interior, sombreado y refrescante, te seduce com
Circe a Ulises. Una vez adentro, ajustadas las pupilas, sigues
sintiéndote parte del paisaje, ya que estos restaurantes te guarecen
de la intemperie más no imponen barreras: son terrazas abiertas,
sencillas pero acogedoras. Nuestro primer pedido, por supuesto,
se dirige a las bebidas: margaritas y piñas coladas congeladas,
copos nevados que van surcando tu garganta en delgados hilillos,
deliciosos y reconstituyentes.
Más adentro, hacia la calle, está el bar en sí, donde dos expátridas
observan, raptos, un juego de futbol americano en la tele.
¿Les dije que le llaman ’’el bar americano’’?
Nos dirigimos al menú y vemos el típico plato de bar americano,
las alitas de pollo picantes. Estas se anuncian como picantes
y dulces, y vienen cinco regordetas alitas, muy bien presentadas,
cubiertas de una melosa salsa con muchas, muchas semillas de pepperoncini,
y con un toque azucarado que bien las contrarresta. Después de
dos de estas, ya tengo los senos (los nasales, mal pensados) como
nuevos.
RDT1 pide un Combo en pan de pita. El combo consiste en gruesas
lonjas (factor común en todos los restaurantes visitados, parece
que aquí no gustan de las rebanadas delgadas) de pavo, jamón ahumado
Berard, salami y queso de Muenster, acompañado por ensalada. Algo
que me pareció extraño es que no sirvan papas fritas, las portaestandartes
del menú gringo. RDT2 pidió un Jerk chicken sandwich. El Jerk
se refiere a las especies con que frotan los jamaicanos las carnes
y mariscos antes de echarlas a la plancha o barbacoa, y por lo
general tiene un componente picante. Incidentalmente, la palabra
es un bastardismo del quechua charqui, o sea carne seca como el
tasajo. Este pollo jerk obtiene su distintivo aroma del ají chombo,
que evidentemente ha sido desemillado y desvenado con mucho cuidado
para impartir la fragancia del ají sin el sadismo de la capcina
(la sustancia que pica). Como es el primer día de trabajo de la
joven que atiende las mesas, hay un par de errores con la quesoburguesa,
pero una vez corregidos, esta sabe a gloria, con sus gruesos y
dorados torreznos: me imagino que a Berard también le compran
el tocino.
La señora de la casa amablemente nos regala el postre para compensar
por las deficiencias del servicio, pero con dolor en el alma tengo
que decir que ni el brownie ni el pan de zanahoria y coco nos
impresionaron mayormente. El helado sí estaba rico.
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