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El
gusto por comer
Guillermo
Sánchez Borbón rememora, con cariño, que principalmente durante
los eventos en torno a la Pascua, era una obligación brindarle
a propios y extraños saril. ‘‘Era delicioso. El resto del año
desaparecía, no sé si solo aparece para esas fechas o si es un
acto ceremonioso. Tengo que averiguarlo’’.
“La comida
bocatoreña es un gusto que se debe adquirir, es un proceso aprender
a degustarlo”
Daniel
Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
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| Sánchez
Borbón tiene ciertas sospechas de que el carácter pacífico
del bocatoreño, ‘‘por lo menos los de mi generación, se debe
a lo que comíamos. ¿Quién carajo, luego de zamparse un buen
plato de bolitas de tortuga, tenía ganas de pelear?’’. |
El
sabor de la comida bocatoreña acompaña el caminar del escritor
panameño Guillermo Sánchez Borbón. El autor de El Ahogado,
como Pablo Neruda, disfruta comiendo. Aunque no hizo de la gastronomía
un objeto literario como sí lo hizo el poeta chileno, siente tanto
aprecio por los secretos de la cocina, que hablar de diversos
platillos es otra manera de regresar a su Boca del Drago natal.
La comida bocatoreña que más disfruta, es la que de niño probó
de manos de hombres y mujeres provenientes o descendientes de
Jamaica y Barbados, que llegaron a esa parte del país para laborar
en la empresa bananera United Fruit Company. Piensa que este grupo
humano tuvo más presencia en el paladar local que los provenientes
de islas como Trinidad y San Andrés, que aparecieron por esos
lares en el siglo XIX, los cuales a su vez tuvieron mayor influencia
si se compara con la de los ingleses, alemanes e italianos, que
al final, de tanto convivir en la región, ‘‘terminaban comiendo
como bocatoreños’’.
Recuerda que en las Antillas hubo una fuerte influencia hindú
y paquistaní. Tal hecho le brindó a los lugareños un nuevo ingrediente:
el curry. ‘‘Algunas puristas, en Bastimento, criticaban a las
muchachas que utilizaban el curry, porque no tenían nada que hacer
con la comida chomba, que es muy complicada de elaborar. No te
preocupes, ya chombo no es un término peyorativo por allá, y fue
una decisión muy inteligente, porque uno no debe tener problema
con el color de piel’’.
En su casa, como en el resto del pueblo, comían con frecuencia
pescado, caracol (cambobia), pargo, tortuga y algo de langostas
y almejas, ocasionalmente el manatí y el pato silvestre. Generalmente
estas delicias las acompañaban con arroz con frijoles revueltos
con coco. La carne de res era un lujo poco usual, que solo terminaba
en la paila cuando su papá la conseguía en tierra firme.
Hablando de tortugas, y para demostrar que Bocas del Toro es privilegiada
en materia de lentos reptiles marinos, Sánchez Borbón rememora
una anécdota. Hace un par de décadas, un grupo de bocatoreños
decidió recordar a la Madre Tierra comiendo, y decidieron traer
una tortuga de aquella parte del país. Pero había un problema,
el animal, transportado en un camión, llegó de noche, y la actividad
se realizaría al día siguiente. Por eso, al articulista se le
ocurrió pedirle permiso a una cocinera amiga suya para que en
su patio guardaran a la estrella principal del festín. La señora
quedó encantada, y de pura inocencia trajo un balde para llevarse
a la susodicha, lo que nunca supo, y tardó un rato en reponerse,
fue ver a un calmoso monstruo que medía más de dos metros de largo,
y que parecía sacado de un laboratorio genético, y además clandestino.
Como otro dato curioso, no era normal consumir el pulpo. ‘‘Decían
que era una porquería. Yo aprendí a comerlo en Darién gracias
a un chino amigo mío’’. Tampoco toleraban el cangrejo. Le profesaban
una aversión garciamarquesiana: lo evadían del menú tradicional
porque asociaban estos crustáceos con los muertos, ya que tenían
la poco respetable costumbre de dormir en el cementerio.
Pero el poeta y novelista no siempre se quedaba en la mesa esperando
a ser servido. Junto a compañeros de aula, y en especial con adultos
como su padre (‘‘con él viaja en bote de velas, que era un placer
indescriptible’’) y el señor Pedro García (‘‘el hombre que me
enseñó a montear y a tomar, pobrecito se murió hace años’’), se
iban en los meses de verano, muy temprano en la madrugada, a pescar
y a cazar. ‘‘Bocas del Toro era el mejor lugar para ser niño,
porque no te enfrentabas a ningún peligro’’.
Rememora,
con cariño, que principalmente durante los eventos en torno a
la Pascua, era una obligación brindarle a propios y extraños saril.
‘‘Era delicioso. El resto del año desaparecía, no sé si solo aparece
para esas fechas o si es un acto ceremonioso. Tengo que averiguarlo’’.
Entre sus platos favoritos destacan la sopa de pescado con coco;
la fruta de pan en rodajas fritas como si fueran plátano; la tortuga
y el pargo enterrados en la tierra y se les echaba encima brasa
ardiente para que se ahumaran, y un arroz, que cuando secaba,
le ponían en el centro un ají chombo. ‘‘El que no ha probado esto
no ha vivido de verdad’’.
Su mamá, que era de origen costarricense, tenía una especialidad:
hacer sardinas revueltas con arroz. ‘‘Luego, mucho más tarde,
lo volví a comer, pero seco, y no era lo mismo’’.
En su hogar pasaban situaciones mágicas. En una ocasión, su papá
le suplicó a su mamá que despidiera a la cocinera. La señora estaba
del todo sorprendida, porque la joven cocinaba solo glorias, y
él le contestó: ‘‘por eso mismo, esa mujer me va a matar. Esa
comida es demasiado rica y condimentada para mí. Y la botaron
por buena cocinera’’.
Y al tiempo, a la finca de su familia llegó un jamaicano buscando
trabajo, pero ‘‘pronto nos dimos cuenta de que no tenía la menor
idea de lo que era la carpintería, pero un día cocinó para nosotros,
y descubrimos que era un chef famoso en Kingston. Y ahora éramos
nosotros los que no queríamos que se fuera, porque estábamos comiendo
como reyes, pero al final se marchó. Fueron cuatro meses inolvidables’’.
Se lamenta de que la comida bocatoreña haya cambiado con el tiempo.
‘‘Los puristas han muerto, la comida sigue siendo rica, pero hay
sabores que no he vuelto a encontrar. Eso sí, debo decirte que
la comida bocatoreña es un gusto que se debe adquirir, es un proceso
aprender a degustarlo’’.
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