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.Historia de una vida

Juany Valdés de Sarracín es una mujer menuda y guapa, que sirve comida deliciosa al otro lado de la Isla Colón, en un caserío que se llama Boca del Drago, donde se lleva a cabo buena parte de la acción de la novela El ahogado de nuestro ilustre bocatoreño, Tristán Solarte.

Su vida, en sus palabras

Como ocurre con frecuencia, el inicio fue modesto. El primer establecimiento que pudo hacer fue un humilde peroacogedor ranchito

‘‘En abril de 1980 me trajeron. Soy oriunda de Ponuga, Santiago de Veraguas. Tengo una familia de tres hijos. Cuando llegamos aquí, a Boca del Drago, no había luz, teléfono ni agua potable. Solo había señales de humo, como decimos, con el vecino. Al llegar aquí, empecé a trabajar en el restaurante con la difunta Lydia Payés, propulsora del turismo en Bocas del Toro’’.

Luego, cuando las fuerzas y las añoranzas le permitieron sentirse en casa, decidió meterse ‘‘de lleno en el restaurante el 14 de abril de 1989. De allí fuimos a trabajar con grupos y pedidos especiales. En 1995 llega el profesor Peter Lahana, que realmente nos ha dado lo que tenemos’’.

En 1998 recibieron la visita del entonces presidente de la República Ernesto Pérez Balladares, quien bajó en helicóptero para visitar al vecino de Juany, el señor César Romero.

Tal acontecimiento fue aprovechado enseguida por esta cocinera, quien caminando con Pérez Balladares le comentó que ‘‘nuestra necesidad prioritaria era la luz eléctrica, y él me contesta: ‘no hombre, no te preocupes, si ahora hay paneles solares’, y en eso le contesto yo: ‘bueno, fináncielo!’, y la esposa me dice que yo soy muy inteligente’’.

Juany, mujer sabia, le agrega que ella recién había viajado a la Feria de Pedasí (provincia de Los Santos) y le recordó al mandatario que ‘‘usted allá financió los paneles solares. ¿Por qué no lo puede hacer aquí? Hasta la fecha nos hemos quedado esperando la ayuda del Gobierno’’. Pero este obstáculo no les impidió que después obtuvieran una planta eléctrica, un panel solar, celulares y un teléfono de tarjetero.

El restaruante comenzó en la cocina de su propio hogar, la gente se servía y comía a la sombra de los árboles, en la playa. Luego conoció a la señora de Payés, quien traía grupos de Estados Unidos. Un martes llegó con unos señores con el estómago literalmente vacío.

‘‘Yo tenía preparada, para mi casa, ensalada de coditos con tuna, con patacones y fruta de pan que nunca falta en este lugar, y me dice: ‘Prepara lo que tú tienes y véndeselo, porque esa gente lo que tiene es hambre’’.

Los comensales quedaron encantados con el menú, cuyo cierre fantástico fue una refrescante agua de pipa. Tales resultados solo le trajeron bendiciones para su economía, ‘‘ya que la señora me llamó, fui a su hotel, hicimos contrato por escrito y empezamos a trabajar con grupos tres o cuatro veces por semana’’.

Como ocurre con frecuencia, el inicio fue modesto. El primer establecimiento que pudo hacer fue un humilde, pero un acogedor ranchito. Las mejoras vinieron en 1992, cuando directivos del Club Activo 20-30 la ‘‘convencieron para que les cocinara para 300 personas y entonces hicimos la mitad del rancho grande. En noviembre llegó el Club de Leones juvenil e hicimos la otra mitad del rancho’’. Después vendría el profesor estadounidense Peter Lahana, que trajo consigo al grupo ecológico de conservación, cuya sede está en Florida.

Su filosofía de vida se resume en un trabajo honesto, y un corazón sincero y abierto. Atribuye parte de su éxito a los ‘‘mochileros ecológicos’’, quienes al fin y al cabo son la punta de lanza de toda invasión turística. Ella los atiende con esmero, y ellos se encargan de promover sus bondades culinarias, lo que redunda en una buena clientela para el restaurante.

Su madre, tan buena en estas lides como Juany, pasa con cada una de sus hijas una parte del año. Cuando ambas maestras del sabor se juntan, la combinación produce solo joyas gastronómicas en Boca del Drago.


Los secretos culinarios de Juany

Langosta en mantequilla; al fondo, restaurante Yarisnori

La ‘‘Langosta Drago’’ es una de las especialidades de Juany. Este manjar lo prepara solo con mantequilla, ajo y semilla de apio que le envían desde Miami, y luego lo decora con papas hervidas y fruta de pan. En cuanto al pulpo, del que está de más decir que le queda delicioso, su método para cocinarlo es sumergirlo en el agua caliente junto a una cebolla. Cuando la cebolla está suave, también lo estará el pulpo. A esta sabiduría popular hay que agregarle otros consejos que ha recibido para realizar este platillo. Una señora argentina le dijo que se le echa un centavo a la olla, y que cuando el centavo queda negro, significa que ya está. Luego otro señor, con notables tendencias boxísticas, le recomendó que se debe golpear por varios minutos al pulpo y luego echarlo al agua caliente. Tras esta sesión queda suavecito. Sobre la salsa de ostión (cuya introducción en la cocina bocatoreña se debe a la inmigración china) diremos que es cuestión de gustos. A un español le dijo que le iba a hacer un pulpo con salsa de ostión y quedó sorprendidísimo del resultado.


Las cocadas

Cocadas
Rayar 14 cocos y hervir primero con un poquito de agua. Por cada taza de coco, añadir tres cuartos de taza de miel de caña, una pizquita de vainilla al gusto, una lata de leche ideal y un poquito de agua. Cuando comience a ponerse mantecoso, agregar media barra de mantequilla. 

 


Restaurante Yarisnory

Ana Alfaro
Especial para La Prensa

Recomendados:

Langosta al ajillo: $12.00

Pulpo con coco: $8.50

Deditos de mero: $7.00

Cangrejo criollo: $9.00

Restaurante Yarisnory
Bocas del Drago, Isla Colón,

626- 1934 ó 626-7097
Para quienes acampen en su terreno, cobra $5 al día por persona por uso de duchas y servicio higiénico.

Muchas veces se conoce un restaurante por su ubicación, las más por su nombre; otras, excepcionales, por el del chef o propietario. Es por eso que nos recomendaban ‘‘ir donde Juany’’.

Llegamos atracando en el muelle del vecino, tras un paseo en panga de aproximadamente media hora, y nos tropezamos con un rancho largo, que trae a la mente una reunión de sailas. Por supuesto, esto es Bocas, no San Blas, pero rancho es rancho. Sin embargo, este rancho no está bordeado de hamacas, más bien está amueblado con acogedoras mesitas de cuatro sillas, muy sensatamente, de plástico fuerte todas.

Traemos nuestras propias botellas de vino: un Pinot Grigio del Friuli (blanco, región del Véneto italiano) para las preparaciones más delicadas y un rosado Julián Chivite muy económico, pero delicioso con pulpo (de Navarra, España).

Cuando sale la señora Juany, nos ofrece unas sodas que aceptamos inmediatamente, mientras ella da la vuelta y viene a hablar sobre el menú. En base a lo más fresco, a la pesca del día, decidimos hacer un almuerzo colectivo, del que todos cataremos y comeremos. Los platos fuertes serán acompañados de rice and beans (arroz con porotos y coco), patacones y ensalada de tomate y aguacate.

Los deditos de mero estaban para chupárselos, puesto que el pescado estaba fresquísimo, y fueron perfectos para tomar con unas frías cervezas, mientras esperábamos el hervir de la langosta y el helar del vino. Llegó, finalmente, la reina del mar, preparada al ajillo y con una ensalada de aguacate con tomate. Como por artilugio, Juany se agenció una hielera para nuestro Pinot Grigio, que por ser un vino seco y crespo, hizo excelente juego con la carne tierna del crustáceo y contrastó con la untuosidad del aguacate. El pulpo con coco que los siguió estuvo espectacular también, con un leve refrito y un buen sabor a crema de coco. Si los dos anteriores habían tenido más afinidad con el aguacate, este fue el perfecto acompañante proletario del rice and beans, y todo bajó de maravillas con el rosé español que traíamos.

Debido a que el piso del rancho no es tal, es de arena, la parte más exquisita de toda la velada fue enterrar los pies desnudos en la arena envolvente, un pediluvio en seco con un cociente de placer equiparable al más experto masaje shiatsu

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