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El ADN de Fairfax  


Una “deuda moral”

Una oferta privada para crear un banco de ADN en Panamá sirvió de base para crear una ley y otorgar un multimillonario contrato, aún no refrendado

Redacción de La Prensa
trasfondo@prensa.com

Las “deudas morales” que se contraen a nombre del Estado pueden cuantificarse... y costar millones de dólares. La fórmula para calcularlas no se puede encontrar en la ley de contrataciones públicas. Nada de eso.

Es un invento —hasta ahora inédito— del Instituto de Medicina Legal (IMEL), una dependencia de la Procuraduría General de la Nación.

El estreno de dicha “fórmula” se produjo en 1999, con los Laboratorios de Identidad Fairfax de Panamá, S.A., sociedad que nació casi al mismo tiempo que un proyecto que luego se convertiría en la Ley 80 de 23 de noviembre de 1998, promovida por el procurador general de la Nación, José Antonio Sossa, para crear una base y un banco de datos de ADN.

Creada la ley, el IMEL, específicamente su ex director administrativo, Félix Luciani —cuñado del procurador—, el propio Sossa y algunos de sus subalternos, llevaron a cabo una empecinada campaña, en dos gobiernos distintos, con el fin de lograr a toda costa una contratación directa a favor de este laboratorio.

La deuda

Con ese fin, el IMEL, bajo la dirección administrativa de Luciani, presentó en febrero de 1999 —tres meses después de aprobada la Ley 80— un documento denominado “Justificación técnica y económica a la propuesta para la implementación de la Ley No. 80 de 1998”. Al tratar de justificar la contratación directa de Fairfax de Panamá, sus autores no se anduvieron con cuentos: “El IMEL se encuentra en deuda moral con los Laboratorios Fair-Fax de Panamá [sic], en especial con su representante legal [Daniel Demers], al haber presentado este proyecto a iniciativa propia ante el Señor Procurador General de la Nación hace aproximadamente dos años”.

Los redactores de dicho documento parecen desconocer el contenido de la Ley 56 de 1995 —sobre contrataciones públicas— que enumera quince excepciones para hacer una licitación pública. Ninguna de ellas se justifica por “deuda moral” . Y si esa excepción existe, nadie se ha enterado de ello, salvo sus autores.

¿Cuál era esa “deuda moral”? Cosas como que “nos han asesorado y apoyado”; “asesoramiento en el desarrollo de los pliegos de cargos para la compra de los equipos...” o “asesoramiento y apoyo en el criterio técnico durante el análisis de las ofertas para la compra de equipo...”.

Con semejante “deuda moral”, la lógica de los autores del documento exigía aprobar de inmediato un contrato multimillonario a favor de Fairfax. Nada de licitación.

La familia promotora

Hay documentos que demuestran que, al menos desde 1998, Luciani realiza gestiones para concretar la relación contractual entre el IMEL y Fairfax.

Por ejemplo, el 12 de marzo de ese año, Luciani envió a César Guevara —por entonces presidente del Colegio Nacional de Abogados— un borrador del anteproyecto de ley, “elaborado por funcionarios del Ministerio Público”, para crear la base y banco de datos de ADN.

El anteproyecto —de apenas once páginas— venía “casado” con 23 páginas de información panfletaria, logo y cotizaciones de Fairfax Identity Laboratories, con sede en Virginia (aún no existía como sociedad panameña), fechado en diciembre de 1997.

El mensaje parecía estar claro. Así lo entendieron varios de los que recibieron el documento: la propuesta de Fairfax era, precisamente, la justificación del proyecto legislativo. Fairfax proponía establecer un laboratorio de identificación de ADN “privado”.

Aprobada la ley, Fairfax decidió prestarle una ayudita al dúo Luciani-Sossa, que le facilitaría a ambos su propia promoción. En diciembre de 1998, Fairfax presentó el documento titulado “La puerta de entrada a la tecnología de ADN en las Américas”, que era, ni más ni menos, una propuesta formal para “que se contrate a los Laboratorios de Identidad Fairfax de Panamá, S.A.”.

A sabiendas de que éste era un proyecto multimillonario, Fairfax proponía algunas formas para recabar el dinero que se le debía pagar: incrementar en cinco dólares la tasa por uso del aeropuerto de Tocumen; aumentar las boletas por manejar en estado de ebriedad y exceso de velocidad o destinar un porcentaje de los dineros incautados por lavado de dinero o producto de contrabando.

Los únicos entusiasmados con esas “creativas” ideas eran los cuñados; pero a pesar de sus esfuerzos, nadie les prestó atención.

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Con la ley y con la propuesta de Fairfax en mano, Sossa no perdió el tiempo. En una carta fechada el 18 de enero de 1999 —dirigida al entonces ministro de Economía y Finanzas, Fernando Aramburú Porras— Sossa pedía al Consejo Económico Nacional (CENA), “autorización para la contratación directa de la empresa Fairfax de Panamá, S.A.”.

Sossa sufrió entonces su primer revés. Su solicitud tuvo una gélida acogida. El 10 de marzo de 1999, el Ministerio de Economia y Finanzas le informó de que el CENA “no puede considerar el tema, ya que el proyecto no cuenta con una fuente de financiamiento...”.

No sería la negativa de un ministro la que desanimaría a Sossa. Todo lo contrario, le abrió las puertas para ir a una instancia superior: al presidente, Ernesto Pérez Balladares.

“Me apersono ante usted para solicitarle, una vez más, nos mantenga su respaldo”. Así encabezaba Sossa una nota dirigida al gobernante, fechada el día siguiente a la negativa del CENA. En ella, Sossa le solicitaba “salvar” el proyecto. “Unicamente con su gestión —pedía— podremos concluir la realización de la Base y Banco Forense de datos de ADN”.

Cualquier consulta sobre el tema se la podría brindar él mismo, “en el evento de que me concediera una audiencia” o a través del director administrativo del IMEL, que era su cuñado, Félix Luciani.

Todo indica que estas gestiones no tuvieron éxito.

Sossa se dirigió entonces —el 27 de octubre de 1999— a la nueva presidenta, Mireya Moscoso, para que considerara la propuesta de contratación de Fairfax en el Consejo de Gabinete.

Al parecer, tampoco tuvo mucha suerte. Sin embargo, hay asuntos en los que Sossa no da el brazo a torcer. El 26 de enero del 2000, el procurador escribió a Víctor Juliao —ministro de Economía y Finanzas— para solicitarle un “crédito adicional extraordinario” de 875 mil dólares, para pagar las “tipificaciones genéticas” para la base y banco de datos de ADN y las pruebas de paternidad. Todo parecía indicar que Fairfax había empezado o empezaría a hacer las pruebas de ADN y el dinero era para pagarle.

Si concedieron o no el crédito, no queda claro. Pero el 27 de marzo de 2000, Sossa pidió un “traspaso de fondos”, exactamente por la misma cantidad y razones, al Ministerio de Salud, que encabezaba José Terán. Tampoco se sabe si se produjo el traspaso.

Pero al día siguiente de esta solicitud, Terán visitaba la sede de Genetics & IVF Institute en Virginia, una de cuyas divisiones es el Laboratorio de Identidad Fairfax.

Aparentemente no lo hizo solo, porque dos días después, el 30 de marzo de 2000, se celebró una reunión en el Latham Hotel, en Georgetown, en la que participaron Raúl St. Malo, director de Asuntos Internacionales del Ministerio de Salud, y los representantes de Fairfax, Daniel Demers, Ramón Martínez y David Bick, este último, presidente de Genetics & IVF Institute.

En esa reunión, St. Malo reiteró el compromiso del Ministerio de cerrar el contrato con Fairfax. Bick anticipaba entonces que el contrato podría firmarse a finales de mayo del 2000, por lo que el laboratorio podría empezar a realizar las pruebas de ADN en octubre o noviembre de ese año.

Tras las promesas, Bick advirtió: si el contrato no se firmaba en mayo, Fairfax se vería en la necesidad de dirigir sus esfuerzos hacia otros proyectos en Latinoamérica y el Caribe.

Después de esa visita, Terán actuó de vocero para solicitar —el 26 de junio de 2000— cortesía de sala en el Consejo de Gabinete para los cuñados Sossa-Luciani. Tras describir las “bondades” del proyecto, Luciani soltó lo que en realidad había ido a buscar: “una carta de compromiso del fondo que se requiere para el Ministerio Público, en vista de que los laboratorios Fairfax han puesto un plazo para que esto se dé”.

Aunque Terán se mostraba partidario de contratar directamente a Fairfax, tenía reservas. Por ejemplo, sugirió al Gabinete hacer cambios al contrato con Fairfax, porque “las condiciones planteadas por los representantes del laboratorio no se ajustan a la realidad”. También creía innecesaria la firma de una carta de compromiso.

El Gabinete decidió posponer su decisión en la contratación directa.

Luego, el 27 de junio del 2000, Terán pidió al Consejo de Gabinete un “proyecto de resolución” para permitir al Ministerio de la Juventud, la Niñez y la Familia, al Ministerio de Salud y al Ministerio Público la contratación directa de Fairfax, por un período de 15 años, pero tampoco hubo suerte.

La ‘licitación’

Los esfuerzos de Sossa por lograr una contratación directa a favor de Fairfax terminaron en fracaso, ya que a principios de este año, tuvo que convocar una licitación pública.

¿Significaba eso que se interrumpía la fluida relación que existía entre Fairfax y la Procuraduría? Si eso es lo que se pretendía, los hechos describen una realidad distinta.

Por ejemplo, en el pliego de cargos de la licitación de la base y banco de datos forenses de ADN, se incluye la descripción de un “escenario” de recolección de muestras de ADN, en el que hay un renglón denominado “egresos acumulados”. En éste aparece lo siguiente: “Pagos acumulados a Fairfax por el procesamiento de muestras”.

Además, el pliego pedía a las empresas ofertantes experiencia en campos en los que ningún laboratorio local podía competir, salvo Fairfax de Panamá, de acuerdo con varias fuentes consultadas.

El propio Instituto de Medicina Legal lo confirmó cuando en febrero de 1999 sostenía que en materia de laboratorios especializados en ADN con experiencia en banco y base de datos había solo uno en Panamá: “El estudios [sic] del mercado local —precisaba— nos permite declarar sin lugar a dudas que los Laboratorios Fair-Fax [sic] de Panamá son los únicos que cumplen con dichos requisitos”.

Aunque Sossa no convocó a una licitación internacional —teniendo en cuenta lo complejo del proyecto—al concurso, celebrado el 9 de mayo, además de Fairfax, se presentó Biological Scales Laboratory, de Mississippi.

A este último le fue tan mal —su puntaje fue de 65% frente al de Fairfax (99.6%)— que su oferta económica ni siquiera fue abierta.

¿Cómo este laboratorio de Mississippi se enteró de la licitación? Es un misterio, pero en Panamá contactó a un abogado —a través de la Embajada de Estados Unidos— para que lo representara. Y ese resultó ser Ariel Padilla. ¿Por qué él y no otro? Según deduce Padilla, no fue por su especialidad —abanderar barcos—, sino por el atractivo precio: le cobró 150 dólares por comprarle el pliego de cargos.

R.W. (Bo) Scales, director de Scales Biological Laboratory Inc., Paternity Testing Service, habló por teléfono escasamente un par de veces con Padilla. Lo poco que hizo el abogado se manejó a través de una asistente de Scales —Inés Mandujano— que vivía a miles de kilómetros de Mississippi, nada menos que en Virginia; curiosamente, donde están ubicados los Laboratorios de Identidad Fairfax.

Mandujano le pidió entonces que representara a Scales Biological Laboratory en la licitación. ¿Sólo eso?, preguntó. Nada más, le contestaron. No hubo reclamos ni hubo más comunicaciones, pero le quedaron debiendo 500 dólares por representarlos en la apertura de sobres de la licitación. ¿Qué hizo Padilla? Aparte de comprar el pliego de cargos, nada. “No hice nada”, admitió.

El abogado ni siquiera tuvo oportunidad de examinar los documentos porque llegaron en sobres sellados desde Estados Unidos que debían ser abiertos en el acto público. Por cierto —recuerda Padilla— los sobres de su cliente eran casi nada comparados con la “pila impresionante de documentos” que llevó Fairfax.

Padilla ha intentado varias veces comunicarse con Mandujano, pero ya no responde el número telefónico que le dio ni a sus correos electrónicos.

En tanto, Betty Brannan, corresponsal de La Prensa en Washington, se comunicó con Scales, quien dijo no haber oído de los resultados del acto público. Al parecer, no tenía mucho interés en éstos. Cuándo se le preguntó cómo se enteró de la licitación, dijo que no le gustaba contestar preguntas por teléfono, y al hacerse mención al proceso de licitación, Scales colgó.

¿Por qué no quiso responder a la preguntas de La Prensa? Otro misterio.

Ahora Sossa aduce que Fairfax ganó la licitación, pero el contralor, Alvin Weeden, se opone a refrendar el contrato a su favor, firmado el 30 de agosto de 2001 por Sossa y Demers. Es muy posible que el diferendo entre Weeden y Sossa termine en la Corte Suprema de Justicia.

De llegar allí, tal vez los magistrados deberán analizar un aspecto aparentemente olvidado por Sossa y Luciani. Y es que la ley de contrataciones públicas señala que “los servidores públicos y los particulares que intervengan, en cualquier forma, en la preparación, evaluación, adjudicación o celebración de la licitación, concurso o solicitud de precios (...) son inhábiles para participar en actos de selección de contratista y celebrar contratos con las entidades públicas”.

Y, de acuerdo con el propio Luciani, la “deuda moral” del IMEL con Fairfax tiene que ver mucho con su asesoría.

En esta investigación participaron Rolando Rodríguez B., Mónica Palm y Lina Vega Abad, con la colaboración de Betty Brannan Jaén.






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