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Misterios en Virginia

Dos laboratorios estadounidenses, uno de Virginia y el otro de Mississippi, se enfrentan en una licitación en Panamá, pero solo uno parece interesado en ganar

Redacción de La Prensa
trasfondo@prensa.com

La asistente

El Scales Biological Laboratory de Mississippi (EEUU) perdió en mayo de este año una licitación en Panamá en la que había de por medio varios millones de dólares. Su participación en este acto público ha dejado una larga estela de preguntas y dudas.

La licitación —para “implantar” una base y banco de datos forense de ADN— fue convocada por la Procuraduría General de la Nación. Solo dos empresas se presentaron: Scales Biological Laboratory y los Laboratorios de Identidad Fairfax de Panamá, S. A., filial del Instituto de Genética y Fertilización in Vitro, con sede en Virginia (EEUU).

El procurador general de la Nación, José Antonio Sossa, y su cuñado, Félix Luciani, llevaban varios años haciendo lobby para darle una contratación directa. No lo consiguieron, y Sossa tuvo que convocar una licitación. Es aquí donde surgen las preguntas.

La Prensa intentó sin éxito buscar las respuestas con el director de Scales Biological Laboratory, R. W. (Bo) Scales. Por ejemplo: ¿Cómo se había enterado de la licitación, si solo se publicaron anuncios en diarios panameños? Tampoco dio oportunidad para preguntarle cómo es que tenía una asistente —Inés Mandujano— que vive a miles de kilómetros de su laboratorio, precisamente donde Fairfax, su competidor, tiene su sede: Virginia.

Tras este intento, La Prensa habló con el abogado que representó a Scales Biological Laboratory en la licitación, Ariel Padilla. Este señaló que la mayor parte de las veces, Mandujano lo llamaba, pero cuando él trataba de hablarle, una contestadora automática recibía sus mensajes. Eso fue así hasta que pasó la licitación, cuando ya no pudo comunicarse con ella.

Pero la semana pasada, Padilla localizó a Scales y le preguntó por Mandujano, así como por el pago de sus honorarios pendientes. Poco después, Mandujano lo llamó... desde un teléfono público, según ella mismo le dijo.

Padilla la notó nerviosa y dudosa en sus respuestas. Mandujano aseguraba que se había mudado y que no le daba su nuevo número —a pesar de que Padilla insistía— porque no quería molestar a su compañera de cuarto. Le dijo que si quería comunicarse con ella, que lo hiciera a través de Scales.

La Prensa, no obstante, la llamó al número donde la localizaba Padilla. Una voz masculina con acento latino contestó: “She’s not here” (“ella no está aquí”), pero inmediatamente dijo: “Wrong number” (número equivocado”).

La Prensa telefoneó después a Fairfax en Virginia y preguntó por ella. El Departamento de Recursos Humanos del Instituto de Genética y Fertilización in Vitro —del que el Laboratorio de Identidad Fairfax es una división— respondió que Inés Mandujano no aparecía en el directorio de empleados, pero inmediatamente informaron de que Mandujano trabajaba en el departamento de “Citogenetics”.

Al día siguiente, el jueves 6 de diciembre, La Prensa se comunicó nuevamente y preguntó por Mandujano. Inmediatamente se exigió que la persona que preguntaba por ella se identificara. Hecho esto, la llamada fue transferida a la oficina de Relaciones Públicas y no a “Citogenetics”.

La Prensa hizo una nueva llamada —esta vez para comunicarse con el departamento de “Citogenetics”. Contestaron que no había nadie con ese nombre, y acto seguido la llamada fue transferida nuevamente a Relaciones Públicas.

Allí, Suzanne Seitz, funcionaria de prensa, aseguró que “Mandujano no es actualmente, y jamás lo ha sido, empleada del Instituto... ni de los Laboratorios de Identidad Fairfax”.

Si hay contradicciones en las respuestas de Fairfax y misterio en la actitud de Mandujano, las credenciales del Scales Biological Laboratory son un verdadero enigma.

Vencido de antemano

Para empezar, llama la atención que nadie de los Scales Biological Laboratory viajara a Panamá para participar en el acto público, pese a que era una licitación de, al menos, nueve millones de dólares.

Por otro lado, de haberse hecho una precalificación, seguramente Scales habría tenido serios problemas. Por ejemplo, Scales ni siquiera presentó un certificado en el que constara su existencia legal en Panamá. Pero, en realidad ese era el menor de sus impedimentos, porque la verdad era que este laboratorio incumplía los mínimos requisitos para participar en la licitación.

Ello queda evidenciado cuando la comisión técnica evaluadora de las ofertas de ambos laboratorios encontró graves deficiencias en la propuesta técnica de Scales Biological Laboratory: de los 20 puntos que evaluó la comisión, 16 de ellos fueron calificados como deficientes. En cambio, Fairfax recibió una puntuación perfecta en 19 de los 20 puntos (falló por 4 décimas para obtener el puntaje absoluto de 100%).

Una de las más serias deficiencias de Scales es que “no presentó acreditaciones en el área forense y de CODIS (Banco de Datos Criminales), que es crucial en la propuesta que estamos valorando”, señaló la comisión.

¿Cómo presentarse sin esos documentos si la licitación era precisamente para ello? No sólo eso: los comisionados dijeron que “el Laboratorio Biológico Scales no tiene estabilidad financiera y económica”.

Uno de los temas a evaluar y que otorgaba mayor puntaje (7%) eran sus publicaciones, pero Scales “no presentó publicaciones”. Sólo obtuvo 1.3 puntos. Con ese espíritu, si lo que quería Scales era vencer a Fairfax, las ganas les estaba haciendo mucha falta. (Ver recuadro),

Un banco llamado

Fairfax

Con todo, surgen algunas preguntas: ¿es necesario un banco de datos de ADN en Panamá? ¿Por qué contratar un laboratorio extranjero para hacer pruebas de ADN cuando el Instituto de Medicina Legal (IMEL) ya cuenta con un laboratorio para realizarlas, inaugurado por el que ha sido el mayor promotor de Fairfax en Panamá, y quien fuera director administrativo del IMEL, Félix Luciani?

En la mayoría de los países, las bases de datos de ADN han surgido de investigaciones judiciales, en las que se han tomado muestras de criminales condenados; de víctimas; de personas desaparecidas —sobre todo en países con historia de represión y conflictos armados—, así como de sus familiares cercanos y soldados que sirven a sus fuerzas armadas. En algunos casos se tienen archivos de ADN de personas anónimas para determinar el perfil genético de la población.

De acuerdo con algunos expertos consultados, para hacer una base y banco de datos en Panamá no son necesarias más de 3 mil muestras al año. Sin embargo, la Procuraduría pretende procesar —de acuerdo con el pliego de cargos de la licitación— más de 28 mil muestras anuales durante siete años.

¿Cuánto costaría procesar más de 28 mil muestras al año? De acuerdo con el anexo II del pliego de cargos, unos 9 millones 63 mil dólares, suma que es bastante parecida a la que planteaba el contrato que había presentado la Procuraduría para hacer una contratación directa de los Laboratorios Fairfax: 9.4 millones de dólares.

Sin embargo, el contrato que firmó el procurador, José Antonio Sossa, y el presidente de los Laboratorios de Identidad Fairfax de Panamá, S.A., Daniel Demers, es por un monto de un millón 32 mil dólares anuales, que en un periodo de siete años —como lo sugiere el pliego de cargos— representa egresos de 7.2 millones de dólares. Pero, el contrato también deja claro que “el número de muestras biológicas y exámenes forenses especiales que estipule este contrato es indeterminado”.

¿De dónde saldrán tantos “voluntarios” para dejarse sacar sangre y hacer una base de datos tan grande? Para tener una idea, la base de datos del Reino Unido cuenta con unas 300 mil muestras, según el propio IMEL. Esa cantidad equivale al 0.5% de su población, que es de 60 millones de personas.

Panamá tendría una base de datos —de acuerdo con las proyecciones— de unas 200 mil muestras, cifra que equivaldría al 7.1% de la población actual del país y 14 veces más grande que la del Reino Unido, respecto a su población.

Según la Ley 80 de 1998 —que da vida jurídica a la base de datos de ADN— y al pliego de cargos del contrato, las muestras serían colectadas entre todos los integrantes de la Fuerza Pública (15 mil en total); de las detenciones preventivas (un promedio de 4 mil al año); de la población penal (8 mil 500 el primer año y otros 4 mil anuales) y de 4 mil 500 muestras “para investigaciones criminales”.

Esas serían las muestras aportadas por el Estado, mientras que por la parte privada, provendrían de las personas que pidan permisos de trabajo; de los que soliciten la ciudadanía y residencia (2 mil al año); de los integrantes de las agencias de seguridad (7 mil el primer año y 700 en los siguientes); de los que soliciten permisos para portar armas (2 mil al año), y de las renovaciones de permisos ya concedidos para portar armas (7 mil 650 al año).

Pero el IMEL aspiraba, al menos en 1999, a un poco más que eso. Los posibles candidatos para integrar una base de datos de ADN, además de los mencionados, “podrían ser todos los ciudadanos en un programa de identificación nacional”, citaba el IMEL en un informe al respecto. Estas aspiraciones no han muerto, precisamente. De hecho, el procurador Sossa desea que el Ministerio Público cuente con una base de datos de todos los ciudadanos porque, según dijo a La Prensa, “Panamá tiene derecho a estar a la vanguardia de la investigación criminal”.

Este sería pues, la madre de todos los bancos de ADN.

Y como se sabe, un examen de ADN revela algo más que datos para una identificación. Con ellos se determinan problemas genéticos, enfermedades e información sensible de cada individuo, cuyo custodio será el IMEL.

¿Y es, acaso, el IMEL su mejor custodio? De acuerdo con el pliego de cargos de la licitación, eso sería discutible. Resulta que un estudio de la empresa Inverteg IGT (Consulting Group) —citado en el pliego de cargos— señala que el IMEL sufre de algunos inconvenientes: “pérdida de evidencias”, “poca privacidad en el manejo de evidencias” y “contaminación de ambientes” entre otros 16 problemas.

Se supone que Fairfax los solucionará todos. Pero las dudas nuevamente acompañan a Fairfax, especialmente cuando entre sus responsabilidades —además de las ya señaladas— figuran hacer pruebas de ADN mitocondrial, una especialidad en la que ha fallado escandalosamente, como se verá a continuación.

 

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