| Cadenas de pobreza
Los padres son pobres
porque no fueron a la escuela; los niños dejan la escuela para ayudar
a sus padres y abuelos
Juan Luis Batista
jlbatista@prensa.com
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La mayoría de los niños trabajadores
repiten la historia de sus padres: trabajar desde muy temprano
para sobrevivir. |
Se supone que la educación y los juegos deberían
ser la prioridad de los niños. Pero esta no es una historia de suposiciones.
Está lejos del cuento de Alicia en el país de las maravillas. Es otra
historia, trillada como los caminos de los niños pobres, y real.
Es, además, la historia de cómo se consolidan
las cadenas de la pobreza que excluye y aleja el desarrollo. Los
padres son pobres, porque nunca tuvieron oportunidades ni fueron
a la escuela. Los niños trabajan para ayudar a padres y abuelos,
y el inquebrantable círculo continúa.
Se trata de lo que los expertos
llaman el trabajo infanto-juventil, que no es más que el reflejo
de esa asfixiante pobreza, que según las últimas estadísticas oficiales
afecta al 37% de la población. ¿Cuán grave es el problema en Panamá?
¿Dónde están los niños trabajadores? ¿Quiénes son los más vulnerables?
¿Qué hacen las autoridades? ¿Cuál es la salida? El problema genera
más preguntas que respuestas.
Cuando yo sea grande
El padre adelante y el niño detrás. La escena
se repite cientos de veces ya sea en las fincas de las Tierras Altas
de Chiriquí o en los cañaverales de tierras más calientes como Veraguas
o Coclé.
Aunque en todas partes del país hay niños
trabajadores, el fenómeno se da con mayor fuerza en las áreas rurales,
especialmente por estos días que está por terminar la cosecha del
café y comienza la zafra azucarera.
Durante la década de 1990 existían entre
43 mil y 69 mil niños trabajadores en todo el país, según una investigación
realizada por el consultor chileno Guillermo García Huidobro para
el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
“Es un problema serio que arrastramos por
muchos años, porque está demostrado que el 80% de los niños que
trabajan no terminan el sistema educativo”, señala Maribel López
de Lobo, directora nacional de Niñez del Ministerio de la Juventud,
la Niñez y la Familia (MINJUNFA).
Lobo asegura que el problema tiene fundamentalmente
rostro de niño de campo. Del total de niños trabajadores, más del
75% corresponde al sexo masculino, según Lobo. Y el 66% vive en
áreas rurales.
Ese es el caso de la familia de Mónica y
Ovidio Palacios, que tiene una pequeña parcela para sembrar lechuga
en Cerro Punta y alquila otro pedazo de tierra para sembrar papa
y zanahoria. Sus padres, oriundos del área indígena de San Félix,
migraron a esa región para trabajar la tierra.
Allí trabajan y van a la escuela cuando se
puede. Por ejemplo, Omayra tiene 12 años y apenas está en cuarto
grado. José Angel, que ya tiene 18 años, decidió no ir más “porque
le daba pena”, según cuenta Omayra.
La raíz del problema
Según la investigación de García Huidobro
en 1994, el aporte al presupuesto familiar de los niños era insignificante.
No obstante, situaciones de pobreza extrema, particularmente aquellas
originadas por la cesantía de los adultos de la familia, constituyen
una presión muy fuerte sobre las familias afectadas, que los lleva
a estrategias de sobrevivencia en que los niños pasan a ser un activo
disponible e indispensable para la generación de ingresos.
De ahí que resulta importante obtener tasas
de crecimiento económico más elevadas que deriven en una mayor generación
de empleos productivos y bien remunerados para tratar de eliminar
aquella porción del trabajo infantil que tiene su origen en el problema
de desempleo de los padres.
Sin embargo, también existe un componente
cultural, especialmente arraigado en las áreas rurales, donde se
considera natural la incorporación temprana de niños, particularmente
adolescentes, a la actividad productiva para ayudar a los padres
y también, como una forma de capacitación para sus futuros trabajos.
Ello explica en buena medida los altos niveles
de deserción escolar.
Y es que a esa edad hay que tener la fortaleza
física y mental de un super-héroe para soportar la carga que implica
soñar con el mundo de los grandes, aprender las lecciones de matemáticas
y cuidar la salud de las lechugas.
Niños de Cerro Punta
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