El optimista
José Miguel Alemán, miembro de una influyente familia de políticos, ha pertenecido al gabinete de dos gobiernos arnulfistas, uno de ellos, el de Guillermo Endara. Hoy lo respalda la presidenta, Mireya Moscoso, cuyo desgaste soporta sobre sus hombros
La tensión era palpable. La ciudad —usualmente estresada por el movimiento vehicular— tenía aquella tarde del martes 9 de junio de 1987 un inusual aspecto desértico. En las vías España y Argentina, sin embargo, poco a poco se arremolinaban decenas, y luego centenares de personas que no iban, precisamente, a sus trabajos. Enardecidos, aplaudían y gritaban consignas contra el gobierno de entonces. Aquello era el preludio de una de las épocas más difíciles y traumáticas de la historia panameña.
Cuatro días antes –el viernes 5 de junio– el coronel Roberto Díaz Herrera, atrincherado en su lujosa casa en El Golf, había confesado inesperadamente ante medios de comunicación, detalles de algo que ya todo el mundo sabía o sospechaba: a Arnulfo Arias Madrid los militares le habían robado el triunfo en las elecciones de 1984. La novedad no era el qué, sino el quién.
La persona que lo decía no era un arnulfista, era el jefe de Estado Mayor de las temidas Fuerzas de Defensa, comandadas por el no menos temido general Manuel Antonio Noriega. Ese alguien formó parte de la elite que rodea-ba al “comandante”, el segundo al mando después de Noriega. Las confesiones del coronel ocuparon todo el fin de semana las primeras planas de los diarios y acapararon la casi total atención de la radio y la televisión. Una conmoción sacudió el país.
Un movimiento espontáneo de ira —contenida durante los muchos años de la dictadura militar— comenzó a manifestarse a primeras horas del lunes 8 de junio de 1987. Un longevo Arnulfo Arias Madrid decidió entonces enfrentar al régimen en la calle, junto al pueblo.
Sentado al centro del asiento trasero de un todoterreno Toyota y flanqueado por Jorge Pacífico Adames y el médico Guillermo Rolla Pimentel —encargado de atender al caudillo si sufría algún percance en la agitada situación— Arias Madrid partió de su casa en Carrasquilla hacia la emisora de radio KW Continente, ubicada en la Vía Argentina.
Adelante, en el carro, dos personas más acompañaban a Arias Madrid: el corpulento Carlos Toty Barés —hoy jefe de la Policía Nacional— cuya misión era la de proteger, con la suya, la vida del líder panameñista ante un eventual atentado. El segundo era el conductor y dueño del automóvil: un joven abogado de 31 años de edad, que, además de manejar el vehículo, cumplía su misión más importante —y arriesgada— de su vida política en el Partido Panameñista: asegurarse de devolver a Arias Madrid sano y salvo a casa. Se trataba de José Miguel Alemán.
De acuerdo con Hernán García, un seguidor del fundador de la doctrina panameñista, antes de salir de la casa, Arias Madrid hizo una petición extraña: “Quiero un carro con un hueco en el techo”. Para 1987, los vehículos con sun roof eran no solo una novedad en Panamá, sino un lujo que no todo el mundo se podía costear. Al escuchar la solicitud, todas las caras se voltearon hacia José Miguel Alemán, quien tenía —suerte la suya— lo que el “doctor” pedía. La razón de aquello era que Arias quería asegurarse de poder refugiarse rápidamente en el interior del carro en caso de un ataque de las Fuerzas de Defensas o de los grupos paramilitares activos en aquel momento.
El hoy rival de José Miguel Alemán en la contienda y cercano colaborador del “líder” por años, Guillermo Endara, también recuerda ese momento como la primera vez que vio a José Miguel actuar como miembro del partido. Y no era para menos: conducir el vehículo que llevaría al caudillo a la lucha callejera hacía que todos se preguntaran quién era aquel valiente privilegiado.
 |
| José Miguel Alemán se considera interiorano, por dos razones: una
de ellas es su esposa y la otra por sus veranos en Penonomé. |
Pero semejante honor —y responsabilidad— hizo dudar al hoy candidato presidencial, recordó García: “Inicialmente José Miguel quería que [su vehículo] lo manejara yo, pero me resistí, porque era mejor que mi carro fuera adelante, encabezando la caravana”. García también insistió en que Alemán condujera, pues, después de todo, ese era su carro. “No te preocupes, si te dan un tiro, Toty [Barés] toma el control del carro y protege al doctor Arias”, fue el consuelo —nada tranquilizador— de García a Alemán
al salir de la casa.
En la tarde de ese martes 9 de junio, miles de opositores al régimen militar habían acudido al llamado de Arias Madrid: la pretensión era acompañarlo para que tomara posesión del cargo de presidente de la República, lo que equivalía a enfrentarse cara a cara con los militares y, de paso, probar lo más granado de su arsenal. De ahí, la importancia de la seguridad de Arias Madrid en aquella peligrosa aventura.
Los dobermans —aquel odiado comando antimotín de las Fuerzas de Defensa— se encargaron de ponerle fin a las aspiraciones de la muchedumbre y de su líder, pero no impidió que Arias Madrid llegara a buen puerto.
Alemán, el ‘interiorano’
Los que conocen a José Miguel Alemán lo describen como persona generosa, en ocasiones impulsiva, desenfadada, campechana, enemigo de las peleas y típicos “bochinches” de oficina. De buen vivir, pero sin ostentar, lo cual contrasta con el origen familiar típicamente oligárquico.
Su padre, Roberto Chato Alemán, además de ser fundador de una de las firmas de abogados más influyentes e importantes del país (Icaza, González Ruiz & Alemán, IGRA) es un consumado político, sobre quien se tejen singulares historias que recuerdan a Joseph Joe Kennedy, padre del llamado clan Kennedy, quien, a la sombra, impulsó la meteórica carrera política de sus hijos.
En círculos políticos y en el mundillo de la oligarquía panameña —cuyo centro de reunión suele ser el Club Unión— se ha hecho ya popular el rumor de que el “Chato” promovió la participación de sus hijos en la política partidista con la esperanza de que uno –o algunos– llegara a la Presidencia de la República. A fin de tener “todas las bases cubiertas”, se dice —no sin sorna— que colocó a sus hijos en diferentes partidos.
Alvaro Alemán, el quinto de los siete hermanos Alemán Healy y antiguo militante del desaparecido Partido Acción Popular (PAPO) —de tendencia socialdemócrata—, matiza el rumor: “Lo que siempre hizo mi padre fue fomentar nuestro interés en la política y por ello nos impulsaba a participar”.
Desde pequeños, recordó, todos se acostumbraron a participar en las entretenidas tertulias —comidas familiares de por medio— en las que su padre fomentaba la discusión política.
Todo parece indicar que aquello tuvo resultados. El hermano mayor de José Miguel, Roberto, militó en el Partido Demócrata Cristiano, a través del cual llegó a ser embajador ante la Comunidad Económica Europea durante el breve período en que ese partido formó parte del gobierno de Guillermo Endara.
Jaime Alemán, el segundo de los hermanos Alemán Healy —abogado de la firma Alemán, Cordero, Galindo & Lee— fue ministro de Gobierno y Justicia durante la Administración de Eric Arturo Delvalle (1985-1988). El período de Jaime en el cargo, fue uno de los más cortos de la historia, pues fue nombrado expresamente para firmar el decreto mediante el cual Delvalle destituyó al general Manuel Antonio Noriega. Alemán reemplazó a Rodolfo “Popito” Chiari, quien se negó a firmar el decreto de destitución.
Después de la firma del documento, tanto él como Delvalle tuvieron que escapar para salvar sus vidas.
José Miguel Alemán —el cuarto de los hermanos— también se apuntó en la política. No cabe duda, entonces, de que la militancia política del “Chato” Alemán —un fiel miembro del Partido Liberal— influyó notablemente en él... y desde muy pequeño.
Con tan solo ocho años de edad, José Miguel viajó con toda su familia, en 1964, a Washington, donde su padre formó parte —junto a Ricardo Arias Espinosa y Diógenes de la Rosa— del equipo negociador de los fallidos tratados canaleros de 1967 (los llamados “tres en uno”).
A tan corta edad, el hoy candidato presidencial, experimentó un gran cambio en su vida. A pesar de haber nacido en “la capital” (en el Hospital San Fernando, para ser precisos) el niño —cuenta hoy de adulto— se sentía “interiorano”, pues pasó algunos veranos en Penonomé, donde Roberto Healy, un hermano de su madre, María Teresa Healy, se había establecido.
A los 14 años, José Miguel, junto a su familia, retornó a Panamá. A su llegada, percibió que las cosas habían cambiado.
 |
| Guillermo Endara y José Miguel Alemán en mejores tiempos |
En realidad, la familia había vuelto a Panamá por un breve período, por la campaña electoral previa a las elecciones de 1968. Y, una vez que se produjo el golpe militar de ese año, el “Chato” Alemán volvió con
su familia a Washington, pero con el nombramiento de embajador del
gobierno de facto bajo el brazo.
Lo que se puede llamar la “etapa colaboracionista” de Roberto Alemán con los militares duró un año: en 1970, la familia retornó definitivamente a Panamá.
Para ese entonces, un dictador —el general Omar Torrijos— dirigía a su anchas el país mientras perseguía tenazmente a los seguidores del Partido Panameñista, muchos de ellos, en el exilio.
José Miguel Alemán terminó sus estudios de secundaria en el Colegio Javier –regentado por jesuitas– del que se graduó en 1973.
Imitando al ‘Fufo’
En contraste con la austeridad jesuita, José Miguel Alemán ingresó a Ripon College, una selecta universidad —fundada en 1851— en el estado de Wisconsin (EU), de la que se recibió en 1978. Allí obtuvo su licenciatura (Bachelor of Art) en Ciencias Políticas.
Pero sus estudios universitarios no lo apartaron de Panamá por completo. De hecho, Alemán compartía sus vacaciones de verano en Panamá con un amigo —Fernando Arias Campagnani— un sobrino nieto de Arnulfo Arias Madrid, quien lo vinculó al movimiento político que se generó en Panamá tras el retorno del exilio del ex presidente, en 1978. Pero antes de ello, José Miguel ya se había familiarizado con el “caudillo” panameño que se había alojado tres veces en el Palacio de las Garzas.
“Admiraba tanto a Arnulfo que imitaba sus gestos y frases mientras fingía discursos políticos que tenían como audiencia a un puñado de compañeros universitarios”, recuerda John Zindar, compañero de Alemán en Ripon College.
Pero la audiencia era lo de menos para José Miguel. Aquellos emotivos discursos políticos los pronunciaba ante la ventana de su dormitorio universitario, en la ducha o frente a un árbol, en el campus, rememora Zindar. Se preparaba con ahínco para estos días: su examen oral más difícil, sin duda.
Zindar recordó de José Miguel a un joven “muy apasionado, elocuente... muy serio y popular.... Se tomaba sus estudios muy en serio y se involucraba en muchas actividades... Todo el mundo lo conocía”.
“A pesar de que [José Miguel] venía de una familia privilegiada de Panamá, nunca se comportó como una persona de clase alta... Desde un principio supe que esa iba a ser una de sus fortalezas políticas, porque tenía un toque populista... Realmente quería entender a las personas de todos los niveles... Creo que la primera vez que se acercó al Partido Arnulfista, mucha gente no lo entendió, pero yo sí. Primero, porque habló del partido desde el primer momento en que nos conocimos y lo he escuchado hablar de Arnulfo durante los últimos 30 años. El sentía que era el partido desde donde podría conectar con el común de los panameños, con la clase trabajadora. Era muy importante para él”, relató Zindar.
Alemán permaneció en Estados Unidos durante varios años más tras recibirse en Ripon College, a fin de culminar sus estudios superiores en la Universidad de Tulane (Nueva Orleans), donde obtuvo el título de doctor en jurisprudencia (juris doctor), en 1981. Ese mismo año, estuvo de vuelta en Panamá. Obtuvo su idoneidad como abogado, tras revalidar su título en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, y acto seguido, ingresó a la firma de su padre (IGRA), como “asociado”, que no es lo mismo que ser “socio”, explicaron las fuentes.
Sin embargo, Alemán no se quedó mucho tiempo en IGRA. En 1987 decidió ponerse los pantalones largos y, junto a otros jóvenes abogados —que también laboraban en IGRA— fundaron su propio bufete: Arias, Alemán y Mora, en el que ya no eran asociados, sino socios.
Para entonces, Alemán tenía cuatro años de haber formalizado su membresía en el partido del “líder” y participaba activamente —incluso con cargos a nivel distrital— en el Partido Panameñista, ahora Arnulfista.
“La firma no quiere entre sus miembros activos a militantes de partidos políticos... aquí queremos abogados”, dijo un socio de IGRA que prefirió el anonimato, al explicar la salida permanente de Alemán de la firma. Claro que eso no se le podría exigir a uno de los fundadores de la firma, el “Chato” Alemán, quien seguramente tendría una que otra objeción. Razones de mucho peso, no hay duda.
‘La reina de mi corazón’
Existe otra razón por la que José Miguel Alemán se siente provinciano. Se trata de su unión matrimonial con una sonaeña: Victoria Dutari Martinelli. Ella está convencida de que ser de Soná fue su mayor atractivo a los ojos de su esposo.
En más de un evento político, Alemán ha hecho alusión a su esposa: “De reina de Soná pasó a ser reina de mi corazón”. Su equivalente —el ser primera dama de la República— no es cosa que le atraiga mucho a la señora de Alemán.
“Vicky” de Alemán es, según sus conocidos, una dama de recio carácter. Conoció a José Miguel en sus años de estudiante universitario. Se casaron el mismo año en que Alemán se unió al Partido Panameñista, en 1983.
La pareja tiene dos hijos: Miguel, de 16 años, y Felipe, de 13. “La señora es mucho más estricta con los muchachos que el señor”, comentó una persona del servicio doméstico. “Como los ve poco —añadió— sobre todo ahora en la política, es muy consentidor”, sonríe.
Acostumbrada más a compartir ratos en familia que en reuniones políticas —especialmente en Taboga, donde vacacionaba los fines de semana antes de que José Miguel resolviera zambullirse en la política— “Vicky” de Alemán ha tenido que aceptar la carrera por la Presidencia de su esposo a regañadientes. Su afición no es, precisamente, la política. Con todo, lo apoya con ánimo resuelto.
Sus expectativas ante un eventual triunfo de su esposo en las urnas parecen más bien una nada amable crítica al actual gobierno: “Yo esperaría que José Miguel hiciera una auditoría general de todo el gobierno en cuanto a la planilla; que limpiara el sistema judicial, que permitiera el nombramiento de funcionarios sin interferencia del Ejecutivo...”.
Las armas argentinas
Alemán y Martín Torrijos tienen en común el desempeño de un cargo: ambos ostentaron el título de viceministro de Gobierno y Justicia, aunque hoy Alemán se enfrenta a quien lo nombró, en 1991: Guillermo Endara, cosa que igualmente hizo Torrijos en 1999, al poner considerable distancia del que lo nombró: Ernesto Pérez Balladares.
Según su hermano Alvaro, José Miguel aceptó el cargo que le ofreció Endara, pese a que su nueva firma de abogados requería de todo su tiempo. “Pero no le podía decir que no al presidente Endara”, aseguró.
Evidentemente, las cosas han cambiado desde entonces. El hecho de que Endara haya aceptado la postulación para la Presidencia de la República por el partido Solidaridad, mientras Alemán era ungido por la presidenta Mireya Moscoso en el Partido Arnulfista, los puso en caminos diferentes, antagónicos.
La gestión de José Miguel al frente del viceministerio de Gobierno no puede decirse que fuera algo que pasó inadvertido. El nombre de José Miguel Alemán se vio involucrado en un escándalo internacional. Se trataba de tráfico ilegal de armas a Yugoslavia, vendidas por el gobierno argentino de Carlos Saúl Menem.
Las armas tenían un destino ficticio: Panamá (ver recuadro en la siguiente página). La operación pretendía, en realidad, ocultar el destino final de las armas: Yugoslavia, sobre la que pesaba una prohibición internacional de ventas de armas. El plan requería de la complicidad del gobierno panameño o, en su defecto, de algunos de sus funcionarios. En la investigación en Argentina, el nombre del viceministro salió a relucir en una carta que tenía estampada lo que parecía ser su firma, dirigida a la empresa estatal argentina Fabricaciones Militares.
El hoy candidato negó entonces haber firmado documento alguno y, según relató su hermano Alvaro, “tuvo que contratar un abogado en Argentina para probar su inocencia”. El caso fue “engavetado” y no se supo más del asunto.
Mireya, la adversaria
Los enfrentamientos de José Miguel no solo han tenido de protagonista a Endara. La propia presidenta Moscoso ha sido adversada por él, no una, sino dos veces. Sus derrotas frente a Moscoso han sido aleccionadoras, quizá de ahí que José Miguel sea considerado “hombre de un solo partido”.
La primera vez que enfrentó a Moscoso —en aquel tiempo, de Gruber— fue en 1991. Moscoso fue elegida presidenta del Partido Arnulfista en una convención celebrada en Penonomé.
Convencida de que podría ganar las elecciones, anunció que en 1994 el presidente de la República sería arnulfista, aunque resultó que la elección favoreció a Ernesto Pérez Balladares.
 |
| Vicky y José MIguel el día de su compromiso, en septiembre de 1987. |
En esa ocasión, en busca de la nominación presidencial del Partido Arnulfista, participaron las nóminas “Arnulfo Arias Madrid para siempre” —encabezada por Moscoso de Gruber— y “Por un Panamá mejor” —liderada por Francisco Artola—. Alemán apoyó a este último, pero perdió. Tras la derrota, José Miguel permaneció junto a su partido. De hecho, en 1994 —tras aceptar el triunfo de Moscoso en las primarias— participó en
el proceso electoral como candidato a legislador por el circuito 8.9 con
resultados adversos.
Ni siquiera la admiración que sentía Alemán por Arias Madrid hizo que reconsiderara su posición de enfrentar a su viuda, Mireya Moscoso, por segunda vez. Así pues, en 1999, en la celebración de las únicas primarias hasta el momento efectuadas por el Partido Arnulfista, José Miguel Alemán decidió apoyar al banquero Alberto Vallarino, con los resultados ya conocidos.
Las relaciones entre Moscoso y Alemán terminaron tensas tras su victoria sobre Vallarino, pero el disgusto duró poco. Alemán nuevamente respaldó a la ganadora y, el banquero, en un acto de rebeldía y abiertamente desafiante, cambió de toldas: aceptó —sin tener otra alternativa— el apoyo ofrecido por el archienemigo de los arnulfistas, la Democracia Cristiana, hoy Partido Popular. Moscoso también le ganó a Vallarino —y a Martín Torrijos—, como ya se sabe, en la contienda por la Presidencia de 1999.
La fidelidad de Alemán fue recompensada: Moscoso lo nombró canciller en 1999. El más sorprendido con la designación fue el propio Alemán. Así lo reconoció públicamente. Solo esperaba un nombramiento en Washington, como embajador.
Cuatro años después, Alemán nuevamente fue premiado. Moscoso lo favoreció con la candidatura a la Presidencia, excluyendo al hoy candidato a la Alcaldía capitalina Marco Ameglio y al ex ministro Víctor Juliao.
De la mano con Moscoso
Caminar junto a Moscoso en su gobierno también ha tenido su precio. Si bien es cierto que Alemán llegó al Ministerio en un momento histórico —justo para recibir el Canal de Panamá— su gestión ha sido salpicada de escándalos, en los que saltan apellidos de ingrata recordación —como Montesinos— o de escandalosa actualidad, como Escalona.
Alemán debió enfrentar, cuando aún no se secaba la tinta de su nombramiento, escándalos relacionados con la venta de certificados panameños para marinos en la Embajada de Panamá en Filipinas, a cargo de Juan Carlos Escalona, hermano del hoy poderoso ministro de Gobierno y Justicia, Arnulfo Escalona.
La Cancillería de Vietnam llegó a quejarse ante su similar de Panamá por este asunto, pero Alemán prefirió eludirlo. De viaje por Vietnam, donde ejercía como cónsul Plutarco Arrocha, Alemán descalificó las quejas de este: “Déjense de celos y dedíquense a trabajar”, fue la sentencia del canciller. Sus palabras sellaron su apoyo incondicional al diplomático chitreano, al afirmar que todos los embajadores debían promover el país como lo estaba haciendo él.
Quizá ese tipo de promociones es el que atrae al país gente como el otrora poderoso espía peruano Vladimiro Montesinos, cuya llegada a Panamá en el año 2000 levantó enconadas críticas contra la Administración de Moscoso.
Alemán asumió la defensa del gobierno, que ya le había concedido una visa de turista para entrar al país: “El único factor que Panamá tomó en cuenta al considerar la petición de asilo político de Montesinos fue el mandato hemisférico conferido en junio de 2000 por la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA)... para ayudar al fortalecimiento de la democracia en Perú”.
Inútil justificación resultó. La indignación nacional crecía con cada minuto que permanecía Montesinos en el país, quien terminó marchándose, luego de que el gobierno se viera obligado a rechazar su petición de asilo político.
Otra justificación que concitó severas críticas en su contra –que alcanzaron niveles extraterritoriales– fue cuando, en el año 2002, de su propia boca salieron argumentos de apoyo a Japón ante la Comisión Ballenera Internacional. El gobierno nipón pidió suspender la moratoria a la caza comercial de ballenas. Panamá no se lo pensó mucho: ¡cómo no! Sin pestañear siquiera, Alemán dejó claro que la posición de Panamá tenía una clara intención crematística: “Japón es uno de los mayores cooperadores e inversionistas en Panamá y si ellos utilizan este país para tantas cosas, es lógico que reciban el apoyo de Panamá cuando solicitan un voto...”. Necesidades del Tercer Mundo, en boca de un hijastro del Primer Mundo.
Entre poderosos
A pesar de que el candidato oficial está de tercero en las encuestas —o de segundo, según el cristal con que se mire—mantiene un optimismo difícil de explicar.
Sus seguidores comparten esta actitud. “No hay forma de que no ganemos”, asegura el ex vice ministro de Educación y miembro de Molirena, Adolfo Linares. Su argumento lo sustenta en el numero de votos que aporta cada partido en las elecciones. “El PRD nunca ha podido sacar más del 31% de los votos emitidos... Carlos Duque sacó el 28%, el Toro, 30%. El arnulfismo ha mantenido su caudal de votos efectivos entre un 23% y un 29%, mientras que el de Molirena es de un 10% a un 15%”.
“La gente dice —añadió Linares— que ahora los partidos de Gobierno tienen desgaste, cosa que es cierto, pero en un país donde la gente no vota voluntariamente sino que la tienen que llevar a votar, la maquinaria de los partidos tiene un peso muy específico”. De acuerdo con ello, Alemán y el resto de los candidatos deberán llevar, casi obligados, a sus votantes hasta las urnas para poder que emitan el sufragio. Ello supone la existencia de una enorme maquinaria organizacional y de cuantiosos fondos para hacer frente a los gastos que tal movilización requeriría.
De momento, Alemán cuenta con el irrestricto respaldo de la presidenta, que ha desafiado abiertamente a la opinión pública al anunciar hace unos meses que le daría apoyo a su candidato. Y en el desafío, contó con el apoyo del Tribunal Electoral, que emitió un decreto que lo permitió. Pero ella no es la única. Poderosos grupos económicos apuestan —y no solo de boca— a favor del abogado panameñista.
Fuentes que conocen el caso, citan como ejemplo lo sucedido en el Banistmo —la mayor institución bancaria del país— tan pronto se oficializó la candidatura de Alemán.
 |
| José Miguel, junto a Fernando Arias Campagnani, en el recibimiento
de Arnulfo Arias en Penonomé. |
El 11 de junio de 2003, dejó la presidencia del banco Samuel Lewis Galindo. Un escueto comunicado informó de su licencia, “mientras dure la presente campaña política”. Lewis Galindo, también presidente del Partido Solidaridad, no solo había decidido apoyar la candidatura del disidente del Partido Arnulfista Guillermo Endara, sino que días antes de su salida había calificado de “maleantes” a los miembros del actual gobierno, en cuyo seno milita activamente el propio José Miguel Alemán.
En reemplazo de Lewis Galindo en la directiva de Banistmo fue designado José Raúl Arias, socio de José Miguel en la firma de abogados Arias, Alemán y Mora.
La “jugada” parece haber dejado mudo al anterior contrincante de la presidenta Moscoso y presidente ejecutivo del banco, Alberto Vallarino, quien, tras la movida, no ha respaldado, al menos, públicamente, a ningún candidato.
Según las fuentes, la “eminencia gris” detrás de tan útil movida había sido el “Chato” Alemán, uno de los principales accionistas del banco.
Y es que, a pesar del abanico de militancias partidistas de los Alemán Healy, en esta ocasión “somos una piña apoyando a José Miguel”, comentó su hermano Alvaro.
Sin duda, se trata de una cohesionada y poderosa piña que ha puesto todos sus influencias —económicas, políticas y sociales— en la candidatura presidencial de uno de sus miembros.
El dilema de José Miguel
A pesar de su condición de “hombre de partido”, una de sus más cercanas colaboradoras —mientras estuvo al frente de la Cancillería— no era arnulfista. María Alejandra Eisenmann —amiga de infancia y juventud— fue designada por Alemán como secretaria general del Ministerio.
“Su capacidad de análisis te sorprende”, comentó Eisenmann, quien dejó la Cancillería cuando Alemán renunció para dedicarse a la campaña. En su opinión, Alemán es un hombre que sabe trabajar en equipo y delegar. Eisenmann, junto a otros, como Carlos Guevara Mann, constituyen un importante grupo de apoyo del candidato y “la prueba”, según sus allegados, “de que José Miguel buscará los mejores para gobernar”. Ello supondría cambios y no de cualquier clase. Se requerirá una buena dosis de compromiso y decisión para llevarlos a cabo.
Una anécdota ilustra claramente las diferencias entre el candidato y su partido. Incluso un estilo de administrar que difiere, por ejemplo, de cercanos colaboradores, como lo fue en su momento Harmodio Arias Cerjack, su vicecanciller y hoy titular de la cartera de Relaciones Exteriores.
Se trata de lo sucedido a Dorinda Cortizo de Zanetti, funcionaria del Ministerio de Relaciones Exteriores con 22 años de antigüedad, hermana del legislador Laurentino Cortizo.
Cortizo de Zanetti lo pasó muy mal con la llegada de los arnulfistas al poder. Pero, pese a los malos ratos y su definitiva destitución en el 2001, la ex funcionaria no expresa más que elogios y agradecimientos a Alemán. “Me protegió y defendió la calidad de mi trabajo hasta que ya no pudo más con las presiones de su partido”, aseguró Cortizo de Zanetti. No es necesario explicar de quién la protegía Alemán en la Cancillería.
El caso de Cortizo dibuja con crudeza el clientelismo propio de la política panameña, en este caso del partido político del propio Alemán.
Los intentos del candidato por mantener a Cortizo Zanetti en su puesto, pese a todos los argumentos a su favor, fueron inútiles frente a lo sucedido aquel 9 de enero de 2002, cuando su hermano, Raúl Cortizo —suplente del legislador Laurentino Cortizo— votó en contra de la ratificación de los hoy magistrados Winston Spadafora y Alberto Cigarruista, nominados ante la Asamblea Legislativa por la presidenta Mireya Moscoso para ocupar las vacantes en la Corte Suprema de Justicia.
“Laurentino recibió muchas presiones para que apoyara al gobierno y estaba muy preocupado por mí, pero hizo lo que su conciencia le dictaba”, concluyó Cortizo de Zanetti.
Tras la votación en la Asamblea, la funcionaria estaba destituida del cargo. Ojo por ojo... fue el mensaje recibido. Por ello, la pregunta lógica es, ¿cómo controlará Alemán, de llegar al poder, la presión del partido que lo llevaría al poder?
Su compañero universitario John Zindar cree que el Partido Arnulfista es el “principal problema de Alemán” en su carrera por la Presidencia de la República.
“La gente está cansada del arnulfismo porque el partido ha hecho un papel deplorable en los últimos años... y aunque no he seguido la trayectoria de ese partido con detalle, creo que el problema es la corrupción”, afirma Zindar.
Sin embargo, el antiguo compañero cree que Alemán puede hacer la diferencia. “Yo creo que si escogieron a José Miguel como su candidato es porque como ministro de Relaciones Exteriores, era imposible que estuviera relacionado con casos de corrupción”.
No obstante, Alemán “debe demostrar que es una persona diferente”, recomienda. “Si condena la corrupción... cualquier cosa que haya hecho el partido no volverá a suceder....”.
Zindar no tardó, sin embargo, en reflexionar sobre las posibles consecuencias de que Alemán afirme algo semejante: “El problema es que si hace eso, la gente vieja del partido lo va a odiar y perdería su apoyo. Ciertamente creo que José Miguel tiene un dilema”.
Un dilema, sin duda, difícil de solucionar. Cada vez que se le pregunta sobre las acusaciones de corrupción contra el actual gobierno, Alemán esquiva la respuesta: “Cada maestro con su librito”, frase que remata con otra: En su gobierno existirá “la certeza del castigo”. No son palabras suyas. Se trata de un recuerdo de su juventud cuando, al pasar por la antigua Zona del Canal, un familiar le aseguró que los panameños no tiraban basura allí –a diferencia de los que hacían en el resto del país– por la “certeza del castigo”.
¿Podrá el hoy candidato presidencial cumplir una promesa semejante con los antecedentes que ha sentado su partido? Como comentó su compañero de aulas universitarias, se trata del gran dilema de José Miguel Alemán.
Armas y escándalos
El reportaje titulado “Traficante de Armas”, aparecido en la revista Gatopardo en el año 2000 y escrito por el periodista del diario Clarín de Argentina, Daniel Santoro, desenreda la madeja de uno de los negocios más rentables después del narcotráfico: la venta de armas.
El esquema que montó el gobierno de Menem a partir de su llegada al poder en 1988, incluía utilizar la fábrica de armas Fabricaciones Militares, dependiente del Ministerio de Defensa, para venderle a empresas fantasmas intermediarias, dirigidas por los traficantes.
Así, en 1991 —siendo José Miguel Alemán viceministro de Gobierno y Justicia— el gobierno argentino firmó el Decreto 1697 y “dos meses después, en tiempos récord”, relató Santoro, “el decreto 2283 para vender 6 mil 500 toneladas de armas y municiones de guerra a Panamá, país sin fuerzas armadas desde 1989 y [a pesar] de recomendaciones en contrario que hicieron, por escrito, técnicos de la Cancillería”.
Según Santoro, “todos sabían que Panamá era un destino falso... pues el verdadero destinatario era Croacia, el aliado de Estados Unidos en la guerra de los Balcanes, que necesitaba armas en forma urgente y sufría un embargo militar de la ONU, al igual que el resto de los países que formaban la ex Federación Yugoslava. Washington había enviado al gobierno de Menem, a través de canales informales, una luz verde para armar a Croacia, que había alineado su política exterior a la de la administración Clinton”.
La letal mercancía —embalada en contenedores rotulados como repuestos para tractores— salió del puerto de Buenos Aires entre 1991 y 1995, en seis buques de Croatia Line, logrando, según el reportaje, atravesar “sin contratiempos, el mar Adriático, donde la sexta flota de la Armada norteamericana debía controlar el embargo militar de la ONU”.
Este caso, así como el trasiego de armas a Ecuador, propició el viaje a España de una comisión investigadora, presidida por el entonces subcontralor José Chen Barría, debido a la presunta relación del Consulado panameño en Barcelona. Sin embargo, los hechos nunca fueron aclarados por las autoridades.
El entonces canciller Julio Linares falleció en 1993 sin que se supiera cuál había sido el grado de participación del gobierno panameño, y si la actuación de Panamá en el trasiego de armas a Croacia se había hecho a petición de Estados Unidos.
Además en PERFILES
•
Las puertas que se cerraron
•
El veterano
•
El optimista
•
El heredero
•
El antipolítico
|