Panamá, jueves 10 de marzo de 2005
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El heredero

Su historia no se puede escribir sin mencionar a su padre. Martín Torrijos, hijo del desaparecido "hombre fuerte" de Panamá, el general Omar Torrijos, tiene su propia historia, aunque de pocos conocida. Con una derrota a cuestas, ahora se juega su futuro político

A Martín Torrijos lo tildan de tímido, pero él insiste en ser presidente. En esta, su segunda campaña, promete una “Patria nueva”, aunque a su alrededor gravita la bruma de los trece años de gobierno de su padre, Omar Torrijos Herrera, y los más de cien desaparecidos políticos de ese período.

Martín era, hasta 1994, un hombre desconocido. Es el hijo único de Omar Torrijos y de Xenia Raquel Espino Durán. De sus 40 años cumplidos, poco más de veinte los pasó en Estados Unidos –entre estudios y trabajo–, a donde se marchó cuando apenas contaba con catorce años de edad.

En 1992 regresó a Panamá, pero nadie notó su presencia. Guillermo Endara gobernaba el país y Ernesto “Toro” Pérez Balladares se preparaba como candidato presidencial por el Partido Revolucionario Democrático (PRD). Cuando el “Toro” triunfó en las elecciones de 1994, un muchacho delgado y con rostro inofensivo comenzó a aparecer en la televisión. El “Toro” lo había nombrado viceministro de Gobierno y Justicia y, aunque el jefe de la cartera era Raúl Montenegro, Martín Torrijos comenzó a llamar la atención. Se trataba de uno de los hijos del general. Uno de los seis que tuvo el “Viejo” con cuatro mujeres distintas. El hijo que, según algunos, fue el favorito de Omar porque, como dijo Edén Pastora —conocido también como el “Comandante Cero”— vio en él la vena que lo llevaría a seguir “los mismos senderos que recorrí en mi vida”.

A diferencia de Omar, Martín intenta llegar al poder a través del sufragio, pero con la imagen del padre tan presente en la campaña como la “M” de su nombre o el tricolor del PRD. Como dicen los críticos, Omar es, para Martín, un arma de doble filo: así como le suma, le resta.

A escasos días de las elecciones, parece que sus oportunidades para ganar son buenas. Es el puntero en las encuestas, incluso en las de sus opositores. Cuenta, al menos, con los votos del mayor partido del país, con un poco más de 430 mil inscritos.

Pero ¿cómo es que Martín ha llegado donde está? Ni Balbina Herrera, perredista hasta el tuétano, lo reconoció en una actividad proselitista a la que fue invitado por Pérez Balladares, a principios de la década del 90. En ese entonces, comenzaba a moverse en el mundillo político bajo el paraguas del ex presidente, pero nadie veía en él a un dirigente de peso.

¿Qué otra cosa es este hombre cuarentón, de profundos ojos negros y sonrisa difícil, además de ser el hijo de Omar? ¿Cómo fue su niñez bajo la crianza de sus abuelos y su madre? ¿Cuándo y cómo se formó el eslabón que unió al padre y al hijo? ¿Por qué quiere ser presidente? ¿Cómo es que, de ser un “protegido” del “ Toro” se convirtió en el nuevo líder del PRD?

Historia de un telegrama

Podría decirse que fue criado por sus abuelos, pero no los paternos, con los que tuvo poco o ningún contacto. José María Torrijos, el padre de Omar, había estudiado para ser cura y terminó de maestro en Montijo, (Veraguas). Poco tiempo había pasado desde la separación de Panamá de Colombia y allí, en el interior, el recelo hacia el maestro colombiano no se disimuló cuando su nombramiento provocó, de alguna forma, el traslado de un maestro panameño a un área remota en Bocas del Toro.

Pronto empezaron los rumores de que José María Torrijos era un hombre atroz, violador de mujeres, expulsado de Colombia por estar envuelto en escándalos. El maestro panameño enviado al “exilio” a Bocas se encargó de diseminarlos a los cuatro vientos. José María empezó a sentirse mal. La gente le cerraba las puertas y huían de él.

En el orden usual, Omar José, el general Omar Torrijos, y Martín posan en el campus de St. John's el día de la graduación de ambos, en 1981. Ese mismo año, su padre moriría en un accidente aéreo.

Harto, un día se acercó a la oficina de telégrafos. Llamó al telegrafista y con voz decidida le indicó que quería enviarle un mensaje al maestro aquel, el trasladado a Bocas por su supuesta culpa: “Gallinazo inmundo: ¿cómo pretendes con tu pico hediondo manchar la reputación de un hombre honrado?”. El mensaje causó más de un impacto, pues después de haber sido enviado ocurrieron dos cosas: la campaña en su contra cesó y la oficina de Telégrafos tomó la decisión de no permitir —nunca más— el envío de semejantes afrentas a través del hilo telegráfico.

José María conocería luego a doña Joaquina Herrera, una de cinco hermanas criadas en un hogar religioso y muy conservador. Ambos formaron el hogar en el que, en 1929, nacería Omar Torrijos Herrera, padre de Martín Erasto Torrijos Espino.

Los otros abuelos de Martín —los maternos: Raquel y Erasto Espino— vivían en Los Santos. De su unión nacería la primera de siete hijos: Xenia Raquel Espino Durán, la que treinta y dos años después alumbraría al hoy candidato a presidente.

La pareja Espino Durán se mudó a Chitré, a la calle Manuel María Correa, a una casa de varios cuartos y un inmenso patio, con persianas de madera.

En su pueblo, Xenia es recordada como una muchacha de amplia sonrisa, que con los años desarrolló el gusto por las fiestas, que empezó a organizar con frecuencia para reunirse con sus amigas.

Cuando Xenia terminó la secundaria, viajó a Estados Unidos para estudiar “algo de administración”.

Al regresar consiguió empleo en el aeropuerto de Tocumen como empleada administrativa de la aerolínea holandesa KLM. También en Tocumen, la Guardia Nacional tenía un cuartel. El jefe era el entonces capitán Omar Torrijos Herrera.

Cuando Xenia y Omar se conocieron, él ya estaba casado con Raquel Pauzner.

Un día, Xenia fue a casa de su madre para conversar. Los circunloquios antecedieron la novedad: estaba embarazada. Doña Raquel se sorprendió. “Me dolió por la manera en que había concebido a su hijo. Ella había tenido muchos admiradores”, recuerda esta menuda mujer de 90 años de edad, en el portal de la casa en donde vivió Martín sus primeros cinco años de vida.

Xenia le dijo a su madre que ya tenía más de treinta años y quería tener un hijo, pero “no con los que me pretendían, que no me gustaban, sino con alguien que yo quisiera”. Ese alguien era Omar Torrijos. Meses después —el 18 de julio de 1963— Martín Torrijos nace en el Hospital San Fernando, en Panamá.

Omar era un fiel seguidor de San Martín de Porres y quizás por ello Martín lleva ese nombre, mientras que el segundo, es el mismo de su abuelo materno: Erasto. Un mes después de su nacimiento, Martín estaba en los brazos de su abuela Raquel en Chitré, que lo acogió más que como a un nieto, como a un hijo.

“Chiqui”

“Me lo traje porque estaba muy chiquito y vivió aquí conmigo”. Xenia trabajaba, vivía con unos primos, y cada fin de semana viajaba a Chitré a ver a su hijo. Para Raquel —“Nene”, como también se le conoce— Martín era su “Chiqui”. De hecho, todos los que lo conocen en Chitré lo llaman de esa forma.

La abuela Raquel acomodó la cuna de “Chiqui” al lado de su cama y ahí estuvo hasta que cumplió cuatro años. “Cuando se despertaba, empujaba a mi marido, me empujaba a mí y se acostaba en el medio”, recordó la abuela.

Martín jugaba con sus primos Rodolfo, Felipe y Marcos —hijos de Eda, hermana de Xenia— y también con Demetrio Espino, apodado “Gordi”, otro de los nietos de doña Raquel. “El lo quería mucho y jugaban siempre juntos, pero murió”, contó. Leucemia.

A veces, “Gordi” acompañaba a Martín a la escuela Hipólito Pérez Tello de Chitré a buscar a la educadora María Onilda Solís Urriola, conocida como la maestra “Onis”. Martín tendría unos cuatro o cinco años, pero conocía muy bien el camino entre su casa y la escuela donde la maestra impartía clases. “Chiqui” se asomaba al salón con la mejilla pegada al marco de la puerta. “Onis” lo veía y se reía por dentro. Le resultaba gracioso verlo con su pantalón corto, su guayaberita, sus zapatitos de cordón y su pelito para’o.

–—¿Qué quieres, “Chiqui”?— le preguntaba.

—¿Me puede dar 25 centavos, maestra Onis?— le contestaba el pequeño.

Lo hacía esperar hasta el recreo, pero Martín —a veces con “Gordi”— no tenía apuro. Aguardaba pacientemente por el “cuara”. “Se me perdía por dos o tres días y volvía con un amigo o con su primo. Entonces la cosa me costaba 50 centavos”, recordó.

Martín y Vivian con su hija Daniela. Unos meses antes, la niña se debatía entre la vida y la muerte.
Doña Raquel adoraba a “Chiqui”, pero con el padre era otra historia. Sabía perfectamente quién era Omar Torrijos, un hombre casado que por entonces era un oficial más de la Guardia Nacional. “Mi papá y mi mamá lo odiaban a muerte”, admitió Rodolfo Charro Espino, tío materno de Martín. “Cuando [Omar] iba a Chitré lo mandaba a buscar [a Martín]. Yo se lo llevaba, porque mi papá y mi mamá no lo querían dejar ir”.

Doña Raquel lo llamaba Torrijos, a secas. La cosa siguió así hasta que don Erasto sentó a su esposa y le recordó que estaba claro que ellos querían a Martín, que les molestaba las circunstancias del embarazo de su hija y la relación que llevaba Xenia con Omar, pero “nosotros estamos viejos, él [Martín] queda vivo y no le podemos quitar el amor del padre”.

El nacimiento, la propia existencia de Martín, cambió algo más que la rutina familiar. Don Erasto, arnulfista a rabiar desde siempre, se convertiría años después en miembro fundador del PRD. “El dijo que no había que darle contra. No era que estaba a favor ni que le gustó, pero él pensaba mucho en el futuro”, justificó doña Raquel. Un futuro que ahora tiene a Martín en la carrera por la Presidencia.

Don Erasto era dueño de una cantina–billar, llamada “Tres de Noviembre”, mientra que Raquel trabajaba en una tienda de ropa y perfumes. “Chiqui” dedicaba sus tardes a jugar béisbol o a conversar con sus amigos en el “palo de marañón grande”, a un costado de la casa.

A veces, ya más grande, cruzaba al patio de los vecinos de atrás y jugaba con los nueve niños que tenía Doris Solís, vecina de doña Raquel. Cuando llegaba la hora de repartir los dulces —porque la señora Doris gustaba de hornear pasteles para sus hijos— Martín era el décimo de la fila, con servilleta en mano, para recoger su porción. Disfrutaba, sobre todo, el dulce de pepita de marañón. Y la emoción era mayor cuando freían plátano: A Martín le gustaba la tajada frita, con el borde tostadito, como al papá.

Don Erasto murió en el 2001, con 93 años de edad. Para entonces, Martín Torrijos ya era un hombre conocido, de 38 años de edad, con una derrota a cuestas, pero en campaña para la segunda vuelta.

El desfile en La Villa

El golpe de Estado en el que participó Omar Torrijos el 11 de octubre de 1968 contra el recién elegido gobierno de Arnulfo Arias Madrid cambió la vida de “Chiqui”. Dejó la vida pueblerina, la casa y los arrullos de la abuela “Nene”. Martín se convitrtió en el hijo del “hombre fuerte” de Panamá.

Xenia, su madre, había alquilado un apartamento en Calle 50 —por donde quedaba Lloyd Aéreo Boliviano— y se trajo a su hijo a vivir con ella.

Para Martín, el cambio fue difícil. En Chitré podía jugar en la calle, caminar hasta la casa de sus amigos, de sus vecinos. Acá vivía en medio de una avenida muy transitada, en un edificio. Allá había un patio enorme donde jugar. Acá, nada.

Martín hizo la primaria y parte de la secundaria —hasta segundo año— en el Instituto Pedagógico, en Las Cumbres. Jugaba al fútbol y tocaba el tenor en la banda, pero no olvidaba la tierra chitreana.

Cada verano regresaba a la casa de su abuela. Jugaba con Carlos Piñata Solís, con “Culengo”, “Ñuño” y “Galápago”. “Ibamos a Playa Venao, al Rompío, a Monagre. Era pifioso —sonríe “Piñata”, uno de los más cercanos amigos de Martín— porque a veces iba con Omar José y Roberto Cebolla Cordovez y las muchachas de Chitré [estaban] alborotadas con ellos”.

En la ciudad, el joven Martín hizo nuevas amistades y comenzó a frecuentar el “bunker” —la casa de su padre en la Calle 50— llamado así porque, años después, desde allí Omar enviaba y recibía mensajes durante la guerra de Nicaragua.

Con las visitas, la relación se acentuó. Martín comenzó a acompañar al general en las giras al interior del país; pasaba largos períodos en la casa de playa de su padre en Farallón, donde era testigo, sin tener conciencia de ello, de cómo se escribía la historia íntima del país, incluso la internacional.

En determinado momento, al general se le ocurrió que Martín y Omar José (hijo del general con Raquel Pauzner) —que solo se llevan seis meses de diferencia— debían pasar un mes de vacaciones en los ingenios azucareros, para que aprendieran a “valorar el trabajo y apreciar el estudio”, explicó Martín.

La idea no fue del agrado de la abuela “Nene” que, según contó “Charro” Espino, se molestaba al ver las manos cortadas y llenas de ampollas de Martín cuando regresaba de la jornada.

Pero no todo era trabajo. Una vez, el Instituto Pedagógico —donde Martín estudiaba— recibió una invitación para participar en el desfile patrio del 10 de Noviembre, en La Villa de Los Santos. Pero la carta llegó un día antes de la fecha del desfile. Sin buses en condiciones y con el tiempo en su contra, el director de la sección secundaria del colegio, Humberto Vergara Díaz, declinó amablemente el convite.

No así Martín, quien decidió tomar cartas en el asunto. Habló con el director y llamó al coronel Pedro Ayala —encargado de la logística de la Guardia Nacional—. Horas después, el pequeño hijo del general consiguió dos buses con sus respectivos choferes. A las 11 de la noche de ese 9 de noviembre, el transporte esperaba en el estacionamiento del supermercado El Istmo, en la Vía Brasil, a la banda, a los profesores y a sus acompañantes. Y a las 10 de la mañana del día siguiente, la banda desfilaba por La Villa, con Martín tocando un tenor. De aquella ocasión, una fotografía del jovencito en uniforme, charretera al hombro, al lado de su padre, quedó de prueba para la historia.

El lazo entre hijo y padre estaba hecho y Martín, de a poco, comenzaba a seguirle los pasos.

El cadete Martín

Al igual que su contrincante, José Miguel Alemán, Martín Torrijos estudió en Wisconsin (EU), específicamente en el exclusivo St. John’s Military Academy, donde terminó su preparatoria.

A la misma academia militar también fue su hermano Omar José, y su amigo, “Cebolla” Cordovez. Era el año de 1977 y Martín solo contaba con 14 años de edad cuando viajó a la academia: “Era la primera vez que me iba. Era una escuela con disciplina militar, hacía mucho frío, no había visto la nieve”.

La idea había sido de Omar José, quien había estado en la Stauton Military Academy y no quería regresar a otra academia solo.

Entonces le pidió a su padre que lo enviara con Martín. “Convencí a mi padre de que nos lleváramos a Roberto [Cordovez] y agregamos a Martín”, explicó Omar José.

El general comenzó a pensar en quién podía confiar la educación de sus hijos en Estados Unidos.

Por esos días estaba en Panamá Cirilo McSween, un panameño radicado en Chicago y dueño de una cadena de restaurantes McDonald’s en la ciudad de Chicago (Illinois).

Daniela y Nicolás, dos de los tres hijos de Martín.

Cirilo había conocido al general a mitad de la década del 70 y lo estaba ayudando a conseguir los votos en el Senado de Estados Unidos para la aprobación de los tratados Torrijos–Carter; mientras los negociadores hacían su parte.

Un día, el general le pidió a Cirilo que lo acompañara a una gira en Santiago; allá, en el portal de una casa le dijo en privado: “yo tengo dos hijos y he investigado algunas escuelas, hay una, cerca de Chicago y los voy a mandar allá... mi deseo es que usted piense en eso para que sea el padre de mis hijos allá, ¿qué dice?”

Cirilo no conocía aún a Martín ni a Omar José. Sin siquiera pensarlo, esbozó una sonrisa y le respondió que sí. Dos semanas después los dos hijos del general estaban en St. John’s bajo su responsabilidad.

En septiembre de 1977, cuando se suscribió el tratado Torrijos–Carter, Martín viajó a Washington.

Iván González y Samuel Lewis Navarro eran dos de los amigos cercanos de Martín. Ambos eran hijos de estrechos colaboradores del general, Rodrigo Rory González y Gabriel Lewis Galindo, respectivamente. Martín y sus amigos recogían firmas de los presidentes que asistieron a la ceremonia. La foto de su padre firmando el documento, junto con el presidente Jimmy Carter, quedaría para la posteridad. Pero para Martín y sus amigos, todo aquello era parte de un “juego”.

En cada verano gringo —entre mediados de mayo y agosto— Martín y Omar José regresaban a Panamá. Dividían sus vacaciones entre la ciudad, Chitré y Farallón. Pero el verano de 1979 fue distinto. Ese año, Martín le pidió a su padre que lo enviara a a Nicaragua para conocer la guerra. Martín pretendía experimentar algo más que las marchas en la academia militar de Estados Unidos.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) luchaba contra el gobierno de Anastasio Somoza. Hugo Spadafora se había unido a la lucha y se encontraba allá, dirigiendo la brigada panameña “Victoriano Lorenzo”, creada en 1978. El general se había vinculado con la guerrilla sandinista desde 1975.

La brigada peleaba en el frente sur, cerca de Costa Rica. Allá también estaba su tío, “Charro” Espino, encargado de la logística: transporte de medicinas, de heridos, de los muertos.

El general negó la petición de su hijo, al menos al principio. Doblegado, Omar tomó el teléfono y llamó a “Charro” a las tres de la madrugada: “Ven a buscar a Martín, que me tiene loco. Quiere irse pa’ Nicaragua”. “Charro” obedeció y Martín se apareció con una valija llena de ropa. “Ve dejando esa maleta, que la única ropa que te puedes llevar es la que tienes encima”, le ordenó su tío.

Para Edén Pastora, el envío de Martín a Nicaragua fue una estrategia de Omar, para “forjarlo, para pulirlo en esas lides”. Martín permaneció en Nicaragua hasta poco después del 17 de julio de 1979, día en que fue derrocado Somoza. Al día siguiente, Martín celebró su cumpleaños: tenía 16 años.

Ricardo Núñez, reportero gráfico, también fue parte de la brigada “Victoriano Lorenzo”. Su arma era una cámara. Dijo tener cientos de imágenes de los panameños allá, de la guerra, de Martín en la montaña, vestido de fatiga. Pero no las afloja.

Para Martín —el candidato presidencial-— se trata de un tema complejo, pero no se arrepiente de haber estado allá. “Fue un mes, dos meses en mi vida. Yo era un joven con muchos ideales y me atrajo en ese momento todo lo que se estaba viviendo en Nicaragua”, afirmó. El tema, empero, no es cosa de la que quiera hablar demasiado.

Días después del triunfo del FSLN, Omar viajó a Nicaragua, acompañado de “Chuchú” Martínez, su hombre de confianza. Así lo cuenta el propio “Chuchú” —hoy fallecido— en el libro testimonial Mi general Torrijos.

“A raíz del triunfo, Torrijos es recibido con entusiasmo en Managua y Estelí”, relata en el libro. Al parecer, Estelí era la población donde se encontraba la brigada panameña cuando se produjo la caída de Somoza. Allá, un campesino invitó a comer al general, pero él se excusó. “Me pidió —relató “Chuchú”— que acompañara a su hijo Martín a la casa del campesino, porque él lo sentía mucho, pero no podía ir”.

Martín, según el “Comandante Cero”, tuvo un papel más de apoyo moral que de combatiente. Se trataba de darle aliento a la tropa, de que vieran al hijo del “Viejo” allí, junto con ellos.

A Martín, por su parte, le gustaba estar con Hugo Spadafora y su tío “Charro”. A Hugo lo había conocido años antes: su familia también era de Chitré.

En la academia St. John’s, Martín estuvo hasta 1981, cuando él y su hermano Omar José se graduaron. El general los acompañó en la ceremonia, junto con Cirilo, “Chuchú” y otro escolta de Torrijos, el sargento Ricardo Machasek, que moriría ese mismo año en el accidente que le cobraría la vida al “Viejo”.

La caída del Twin Otter

Omar José y Martín estaban recién graduados. El primero estaba en Farallón, con su padre; el segundo, en el apartamento de Calle 50, con su madre. Edén Pastora había llegado de incógnito al país, tras haber renunciado sorpresivamente a su cargo de viceministro de Defensa en Nicaragua. No le gustó el rumbo que había tomado “la lucha” y decidió alejarse.

Martín lo había llevado a casa de su madre. Omar José había pasado todo ese mes de julio en la casa de Farallón. Su padre se había reunido con militares israelíes y le había propuesto continuar sus estudios allá, pero no le convenció la idea. En eso estaba cuando decidió ir a pescar a Juan Hombrón, una playa ubicada a pocos kilómetros de Farallón. “Me quedé esa noche a dormir y regresé a Farallón el viernes (31 de julio). Cuando desembarcaba me lo dijeron”. El avión del general estaba desaparecido.

Omar José se quedó en Farallón, mientras el cielo era partido por rayos. Se veía tormenta en el horizonte. Carmen Alicia, otra de las hijas del general, también estaba allí. “Chuchú” Martínez iba en camino en su avión. Venía de Río Hato, de donde los Macho e’ Monte. “En el camino me cogió la tormenta eléctrica más grande que he visto en mi vida”, contó en su libro.

Martín estaba con Edén cuando le informaron que se había encontrado el Twin Otter, de fabricación canadiense, identificado con la matrícula FAP–205. Era el avión de su padre. Se había estrellado, con Torrijos y otros seis pasajeros en Cerro Marta, rumbo a Coclesito.

El viaje de 11 minutos, entre Penonomé y Coclesito, había terminado en desgracia. Los medios dieron la noticia. “Fue un día muy difícil —recordó Iván González—. Mi papá —Rory— iba a estar en ese avión y no estuvo porque a mi hermano le dio meningitis”, recordó.

El día del funeral, en el Cementerio Amador, la multitud era enorme. Parte del muro del cementerio fue derribado por miles de personas que querían entrar. Según “Charro” Espino y Edén Pastora, a Martín nunca se le vio llorar.

Después de 23 años de la muerte de su padre, Martín confiesa que ese momento es —junto con el nacimiento de su hija Daniela y la derrota electoral en 1999— los tres momentos más difíciles de su vida.

Daniela nació en 1993, un año después de que Vivian Fernández —la esposa de Martín— y él habían regresado de Estados Unidos. Llegó prematuramente al mundo y con serias complicaciones. Ambos se preocuparon, se deprimieron, lloraron. Eran padres primerizos.

“Todos los días llegabas y había algo nuevo”, cuenta Torrijos, refiriéndose a las semanas que pasó Daniela hospitalizada, luchando por su vida. No tenía los pulmones desarrollados y había sufrido un derrame cerebral.

Una vez, Vivian y Martín fueron al hospital y se dirigieron al lugar donde tenían a la niña. Al abrir la puerta, encontraron a Daniela morada, con varios doctores y enfermeras rodeándola. “Prácticamente la estaban reviviendo”, recuerda su padre.

La niña tiene hoy día diez años de edad y dos hermanos: Martín Junior y Nicolás.

Enamorados, de lejos

El hoy candidato presidencial, tras la muerte del general, estuvo año y medio dando vueltas, mientras decidía qué hacer con su vida. Finalmente se fue a estudiar a Texas A&M, en Estados Unidos, donde obtuvo una licenciatura en Ciencias Políticas, en 1987, y otra en Economía en 1988.

Dos años antes, en 1986, había conocido a Vivian, hija del reconocido hombre del mundo publicitario, Tony Fergo, en una fiesta de Año Nuevo de un amigo en común. “Yo estaba un poco friqueada porque eso de tener novio de larga distancia… nada que ver, ¿no?”, contó la hoy señora de Torrijos.

Dos años después de la muerte de Omar Torrijos, la Guardia Nacional se convirtió en Fuerzas de Defensa. Al frente estaba el general Manuel Antonio Noriega, quien debió traspasar en 1987 el infinito poder que ostentaba en el cargo a un primo hermano de Torrijos: Roberto Díaz Herrera. Pero decidió no hacerlo.

Entonces, en junio de ese mismo año, Díaz Herrera brindó aquellas famosas declaraciones —en las que, incluso, vinculó a Noriega con la muerte y decapitación de Hugo Spadafora, ocurrida en 1985— que marcaron el inicio del fin de Noriega.

Panamá se sumergió en una de las peores crisis políticas y económicas de su historia, que arrastró poco a poco a las empresas. Vivian, que trabajaba en la agencia de publicidad de su padre, comenzó a resentir la situación. “Mi empresa estaba en facturación cero. No teníamos empleados”.

Martín estaba en Estados Unidos, estudiando, lejos de la incertidumbre que vivía el país. Surgió entonces, para Vivian, la oportunidad de irse a Nueva York. Estaba feliz porque, sin buscarlo, estaría más cerca de Martín. Se había acabado el “friqueo”.

Esa cercanía, al parecer, los unió aún más. Se casaron en septiembre de 1990 y, dos años después, volvieron a Panamá. Martín quería ayudar en la reorganización del partido, prácticamente deshecho tras de la invasión de Estados Unidos, del 20 de diciembre de 1989.

La entrada al escenario

Para 1992, Guillermo Endara gobernaba el país. Pérez Balladares se preparaba para asumir la candidatura presidencial por el PRD, fundado por el padre de Martín, poco antes de morir.

Trabajando bajo el gobierno de Pérez Balladares, el mito de Torrijos empezó a tomar forma en el cuerpo de Martín. Los recuerdos afloraron. Los más nostálgicos hasta recordaban las notitas que Omar le escribió a su hijo, ya entrado en la adolescencia. Varias de ellas, incluso, son “pensamientos” que hoy se reproducen en los afiches de campaña. Otros comenzaron a verlo con ojo analítico, a estudiar su discurso, sus gestos, su gestión.

¿Tendría Martín vocación política? ¿Con qué intenciones había regresado a Panamá? ¿Quería ayudar al partido o heredarlo?

Poco antes de que terminara la gestión del PRD, Pérez Balladares llamó a un referéndum. No le bastaban los cinco años en la Presidencia. Su ego le pedía más. Era 1998 y se jugó el todo por el todo: preguntó a la ciudadanía si podía quedarse otros cinco años. Martín estaba allí, cerca de él, apoyándolo en sus intenciones.

Fue entonces cuando el “Toro” debió enfrentar su momento más humillante: la misma población que lo había elegido cinco años atrás, ahora le daba la espalda. El referéndum terminó con muchos más “no” que “sí”. El PRD se encontró, de pronto, con la necesidad urgente de un rostro que enfrentara el vacío, de cara a las elecciones presidenciales de 1999.

Alfredo Oranges, rápido de reflejos, se lanzó al ruedo. Eso, a Pérez Balladares, no le gustó nada. Viejas rencillas políticas los habían convertido en enemigos personales. Fue entonces que el “Toro” vio en Martín a su sucesor. O para decirlo mejor, una posibilidad de hacerle contrapeso a la figura de Oranges, que parecía el candidato más fuerte.

Martín era solamente un joven viceministro que había regresado de Estados Unidos en 1992 para apoyar a Pérez Balladares, y el “Toro” jamás imaginó que su advenedizo delfín le iba a disputar el liderazgo que mantenía —casi con una disciplina militar— dentro del partido.

“Esta se convertiría, sin embargo, en la primera gran prueba de Martín” explicó el coronel retirado, Díaz Herrera. Luego de una lucha interna durísima, Martín ganó las primarias del PRD en octubre de 1998 y se convirtió así en el candidato presidencial.

Las elecciones que estaban por llegar traían un condimento adicional: durante esa gestión, Panamá recuperaría el Canal. El PRD quería cerrar el ciclo histórico que había iniciado el general Torrijos. Y quién mejor que su hijo, se decían en el partido.

Martín no contaba con más experiencia que la que había logrado como secretario de la juventud de su partido, y lo que venía era muy diferente. Pérez Balladares, por su parte, había logrado su deseo: la derrota de Oranges, quien fue el segundo más votado, seguido por el primo de Martín, Hugo Torrijos, quien hasta hace pocos meses era el jefe de la campaña y quedó marginado luego de destaparse un escándalo de aquellos días en que fue director de la Autoridad Portuaria Nacional.

Ni bien empezó la campaña, comenzaron a surgir rumores sobre las diferencias entre el todavía secretario general del PRD y presidente de la República y el joven candidato, que intentaba mostrarse como algo más que un dirigente juvenil. Los cortocircuitos entre Pérez Balladares y la nueva tendencia representada por Martín le costaron demasiado caro al PRD.

El 2 de mayo de 1999, horas después de las elecciones, el equipo de campaña de Martín Torrijos esperaba en un salón del Hotel Continental los resultados de las votaciones. “Teníamos mucha ilusión”, rememoró Samuel Lewis Navarro, hoy candidato a la primera vicepresidencia en la nómina “Patria Nueva”. Cuando comenzaron a llegar los primeros resultados de la contienda, la derrota comenzó a tomar forma. Al observar la tendencia, el PRD decidió aceptar el triunfo de Mireya Moscoso.

Martín estaba destrozado. Habían sido seis meses de intensa campaña en la que, por momentos, no tuvo todo el control. La coordinación entre gobierno, partido y campaña no fue la mejor. Pérez Balladares llegó a sentirse sustituido. Veía disminuir su otrora poderosa influencia frente a este “primerizo” que él mismo había introducido al partido.

La personalidad avasallante del “Toro” no tenía límites. Se dice, incluso, que la incursión de antimotines a la Universidad de Panamá en plena campaña electoral, fue fríamente calculada por Pérez Balladares. Martín iba arriba en las encuestas.

El “Toro” salió en los medios diciendo que la universidad estaba llena de vagos, de niñas queriéndose enamorar.

Pérez Balladares había logrado derrotar a Oranges poniendo a Martín, pero tampoco quería ser reemplazado. ¿Fue un intento de boicot contra el buen desempeño que venía mostrando su otrora delfín?

Lo cierto es que, tras las declaraciones, vino el desplome del candidato. Como se atrevió a decir un gran amigo de Torrijos, “el ‘Toro’ ha sido el enemigo más grande que ha tenido Martín”.

De hecho, aunque las fotografías de abrazos y saludos cordiales de Martín y Pérez Balladares abundan, el propio Torrijos reconoce que su relación con el “Toro” es, hoy día, simplemente “civilizada”.

Martín, pues, había perdido. “No hay nada que se compare con la muerte de un ser querido, pero el vacío [de la derrota] fue algo parecido”, comentó Ubaldino Real, amigo y contralor de la campaña 2004.

Pocos minutos después de que el Tribunal Electoral anunciara la ventaja del arnulfismo sobre el PRD en 1999, Martín convocó a una conferencia para aceptar el triunfo de Moscoso. Antes, en el salón, en los pasillos, en el elevador, Martín le había preguntado a Lewis Navarro, a Real y a su esposa, Vivian, si aquel era el mejor momento para anunciar su interés de ocupar la secretaría general del partido. “Tú dale”, le aconsejaron. Fue en ese instante en el que transformó su derrota en un trampolín.

Martín quería el poder. El control del partido. Tres meses después de su derrota, en agosto de 1999, logró una victoria, de menos impacto, pero estratégica. Obtuvo la secretaría general del PRD.

Pérez Balladares y varios de sus más cercanos colaboradores del partido fueron relegados y Martín surgía como el líder del partido que había fundado su padre 25 años atrás.

Hoy las encuestas predicen que está a punto de recobrar el poder, un poder, según su hermano Omar José, que ni les es extraño ni les ciega.

Lo que sí parece es que los cautiva.

Si Martín gana la banda presidencial ocurriría una gran ironía: sería el primer Torrijos en recobrar ese poder que perdió Omar a su muerte, en 1981, y nuevamente destronaría —aunque ya no por la vía del golpe— a otro miembro de la familia Arias: la viuda de Arnulfo.

Torrijos, el empresario

Martín Torrijos comenzó vendiendo lámparas industriales en 1992. Hoy dice ser dueño de empresas de construcción, de alquiler de equipo pesado y de terrenos en Río Hato. También es consultor de la empresa Panama Maritime y tiene participación accionaria en Tony Fergo y Cirilo’s Inc., la millonaria empresa de su tutor en Estados Unidos, Cirilo McSween.

También —dice— ha invertido en el mercado de valores “con buenos rendimientos”, y hace poco vendió una planta eléctrica a un país centroamericano que le significó “un ingreso considerable”.

Pero el candidato no quiere hacer públicos los detalles de sus negocios. Piensa que el gobierno lo puede afectar —a él y a sus amigos y colaboradores— si comienza a hablar más de la cuenta.

Entonces, recuerda la entrevista que le dio a Juan Carlos Tapia, hace unas semanas: “Yo estoy jugando al fútbol y ellos hockey, con palo, casco y todo”.

Ubaldino Real, amigo de la universidad y cercano colaborador, explicó que, desde que Torrijos entró de lleno en la política, sus amigos le pidieron que se concentrara en ello y “le hemos estado dando plata de las empresas”. ¿Qué significa esto? ¿Que a Martín, el presidenciable, le subsidian la existencia?

Vivian, su esposa, salió en su defensa. “Martín siempre ha estado vinculado al negocio de la construcción y de la agroexportación”.

Sin embargo, Vivian parece no estar muy al corriente. Dice no conocer quiénes son los socios de su esposo en estos negocios y tampoco sabe el nombre de las empresas. “No te las puedo decir porque son sociedades, compañías. No hay una empresa a la que tú vas ahora mismo y tocas la puerta”, admitió.

Las respuestas, siempre generales y sin mucho entusiasmo, continuaron: “Martín ha sido inclaudicable en su liderazgo dentro del PRD y siempre ha encontrado el tiempo para mantener a su familia. Gracias a Dios, el Señor nos cierra una puerta y nos abre dos; siempre nos ha mandado nuestra michita de pan cuando se necesita”, concluyó Vivian, con una sonrisa forzada en el rostro.

Se nota que, de este tema, prefiere no hablar.


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